soñar

Hay algo peligroso en el amor incondicional entre una madre y su hijo. Cuando conocemos a los nuestros, vamos descubriendo sus virtudes, aquello que los mueve, sus pasiones. Pero también somos cómplices de sus carencias. Como madre, me esfuerzo en que mis hijos sean cada día mejores personas. Que luchen por abandonar sus defectos y que se realicen en los dones que Dios les ha dado.

El camino, aunque hermoso, carece de facilidad. Como en toda relación, a la vez que voy conociendo a los míos, ellos también me van descubriendo a mí. Son los que están a mi lado las 24 horas. Me observan en mis mejores y en mis peores momentos. Conocen lo bueno y lo malo que hay en mí. Frente a ellos no puedo usar máscaras ya que de usarlas sería tan absurdo como intentar esconderme de mi misma. Me han visto actuar con mi mayor fortaleza, pero también en los instantes más vulnerables.

Falta darnos un respiro. No por cansancio hacia el otro, no por aburrimiento, no por desazón. Si no, simplemente, por una necesidad lúdica. No puedo contentarme con dejarlos ser. Son mis hijos. Soy su madre. Si el rol de una madre no es educar y guiar a sus hijos, entonces creo estarme perdiendo en un ininteligible laberinto. Si alguno de mis hijos no cree en sí, entonces yo creeré por él a tal punto, que mantendré la esperanza que eventualmente él también creerá. Y si se cae, le tenderé la mano. Y si quiere cerrarme la puerta, la golpearé con tal fuerza que si no la abre, la derrumbo. Porque no estoy dispuesta a rendirme ante ninguno de ellos. Los amo y en ese amor lo que más aspiro es que estén cerca de Dios. Teniéndolo a Él no les faltará nada. Pero en esa batalla por su felicidad, a veces hay que saber detenerse. Dedicarse a la contemplación del momento, del otro y de los demás. Dejarse llevar aunque sea unos instantes por los sentimientos. Hablar. Volverse a reencontrar. Abrazarse. Mirar las nubes e imaginarse historias. Soñar.

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