sistema solar

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Hace varias lunas que Benito anda intrigado con los planetas, las estrellas, el sol y la luna. El sistema solar ha logrado cautivar su atención. En verano logré visitar a mi hermano por una semana en Santiago. Aprovechando que el Planetario está nuevamente en circulación, llevé a los 2 chicos más grandes. Alucinaron (y yo también). Fue tanta la emoción que Benito lloraba. Agustín, con su carácter más fuerte, se dedicó a despedirse de los planetas con sus manitos mientras mi hermano lo abrazaba. La obsesión planetaria aumentó.

Hoy comenzó el día algo flojo. Agustín está haciendo de las suyas en las noches y con mi marido tenemos que levantarnos unas 4 veces durante la noche para que vuelva a su cama a dormir. Sí, somos de esos padres que no queremos terminar con los chicos amontonados en nuestra cama y nosotros sin privacidad, sin intimidad y, en fin, sin vida matrimonial. Así que salvo si alguno está enfermo, el dormitorio de los padres sólo abre sus puertas después de las 07:00 horas. Y claro, las levantadas en las noches nos están matando al punto de amanecer cansados. Pero ya dicen por ahí que todo pasa, supongo que esto también.

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Para no desviarme más, resumiré que ando como zombi. Mi creatividad prácticamente no existe y mi cabeza parece estar eternamente abombada. Para colmo, se nos ocurrió la brillante idea de, justo ahora, tratar de eliminar la mayor cantidad de televisión posible. A ratos, estoy simplemente acabada y no tengo energía para nada. Así andaba cuando decidí que algo teníamos que hacer. Mientras Pío dormía su siesta mañanera (quién como él) nos pusimos manos a la obra. Sacamos un pedazo de papel, colores, un libro que tiene National Geographic sobre el sistema solar y nos pusimos a dibujar. Agustín y Francisco daban vueltas por la casa mientras Benito disfrutaba viendo los planetas en el libro y coloreándolos en su papel. Luego les pusimos número, sus nombres y algunas de las numerosas lunas. Después de esa experiencia, Benito prácticamente puede identificar todos los planetas, entiende que algunos planetas están más lejos del sol que otros y que salvo los primeros dos planetas, todos los demás tienen más lunas que la Tierra. Sabe que Jupiter tiene una tormenta que ha durado por cientos de años y que Neptuno tiene una cicatriz de una gran tormenta que alguna vez tuvo.

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Después de eso, el pequeño quiso armar un puzle del sistema solar. Para rematar con su emoción, se las ingenió para disfrazarse de planeta. Logramos disfrutar gran parte del día con los ingenios planetarios. Benito le mostraba con orgullo a su padre su obra maestra. Una vez más, veo que a veces las mejores cosas son las que no están programadas.

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los pintores

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Al parecer el verano terminó por enfadarse. Ayer comenzó el día con un calor infernal. Sólo estar en el exterior y uno sentía el aire estático y caliente. Pues bien, resulta que pasado medio día, llegó la “camanchaca”. Nunca había escuchado el término, pero justo habían dos penquistas en casa que me explicaron que en Concepción nunca hace mucho calor. Cuando las temperaturas son muy elevadas, arremete la famosa “camanchaca” con sus vientos costeros, su niebla y su frío. Adiós al calor. Adiós al sol. Hoy parece día de otoño.

Pero le daré el mérito que seguimos en pleno verano y que el calor pronto regresará. Siguiendo con esa tónica, otro clásico panorama exterior es pintar. Por más que he intentado que nuestra casa sea el paraíso para los chicos, aún no logro encontrar un lugar adecuado dentro de ella para que puedan expresar sus dotes artísticas libremente. Soy fan de la témpera y de los niños sucios, pero de alguna forma ese gusto no se me hace muy llamativo cuando se traslada a sillones, muros y mesas. Por eso, aprovecho que los chicos usen sus pinceles en el jardín cuando el tiempo lo permite.

Benito ya había tenido la experiencia de pintar, pero esta fue la primera vez para Agustín. El pequeño miraba a su hermano para saber qué hacer. Con atención seguía paso a paso lo que Benito le iba indicando y fue creciendo la obra de Agustín. Pero su carácter pudo más que el arte. En el par de minutos que me demoré en ir al baño, Agustín había dado vuelta las témperas y figuraba tomándose el agua donde los chicos limpiaban sus pinceles. No niego mi espanto cuando lo vi, pero de alguna forma me contuve y dejé que siguiera experimentando. No quedó mucho de las obras de arte, pero me gusta pensar que quedó bastante de la experiencia.

días de sol

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No me gusta el verano. La sensación de calor simplemente no va conmigo. Extrañamente tampoco soy buena para arroparme. Se me hace macabro que el vestuario me quite movilidad. Prefiero pasar frío. De acuerdo, no seamos exagerados, no estoy hablando ni de morir calcinada ni de hipotermia… simplemente me refiero a un verano e invierno cualquiera.

En mi ideal, Concepción tiene el clima perfecto. Inviernos largos y lluviosos que invitan a la introspección, al silencio, a leer y a escribir. Pero lo cierto es que hoy, gracias a Dios, mi vida no sólo vale por mí si no que vale por esos cuatro porotos que me siguen a todas partes. Y claro, ahí el clima penquista no es de mucha ayuda. Los niños están demasiados meses encerrados mirando con ansias cuando salen los pocos rayos de sol invernal para jugar en el jardín. Para colmo, la humedad siempre está presente para apagar cualquier intento de fiesta exterior.

Así queda en evidencia la alegría de mis chicos cuando llega el verano. Días de parques, plazas, jardín y agua. Embarrarse, correr y gritar libremente… está bien, seré sincera una vez más, no todo es jauja en verano. Hay más días de los que quisiera admitir en que el sol brilla y los chicos no están de lo más entretenidos. Pero si uno tiene paciencia y disposición se puede hacer mucho. Y como quiero intentar revertir en algo mi rechazo a estos días de verano, trataré de sacar provecho del sol y dedicaré algunas entradas a hablar sobre las actividades que los niños han podido hacer gracias a este caluroso clima.

Por ahora me limitaré a escribir sobre el agua. No conozco niño que no le guste jugar con ella y en esta casa mis hijos no son una excepción. No tenemos piscina, así que los chicos calmaron el calor con un par de envases de helados vacíos que llenaron del tan preciado líquido. ¡Partió la entretención! Los chicos estuvieron más de dos horas lavando sus juguetes (creían estar en un servicio de lavados de automóviles), hicieron moldes de tierra, regaron las plantas y se salpicaron agua entre ellos. Tuvieron una tarde increíble. Fue tanto así, que aunque siempre me mantengo cerca, no pidieron estar con su mamá en todo ese tiempo. Una bendición, ¿no?