aventura en pañales

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Después de más de un año de planificación y tratando de que todas las aristas se alineen de manera correcta (para que al final nos diéramos cuenta que nunca encajarán todas las piezas por lo que o tomábamos la decisión o la dejábamos pasar), en marzo comenzaremos nuestra aventura.

Nos despedimos de la vida que siempre hemos tenido y nos embarcaremos con los cinco chicos a recorrer por tierra nuestro país y, quizás, otros lugares. En medio, sigue viento en popa el tema de educar en casa. Por lo que dicen los entendidos cambiamos el concepto de “homeschool” por el de “road school”.

Siguen dando vueltas las incertidumbres y temores de lo que hemos decidido hacer. ¿Qué haremos cuando se enfermen los chicos? ¿Cómo lavaremos la ropa de siete personas? ¿Cómo seguiremos con el aspecto más formal de la educación de los niños? ¿Cómo es dormir en la mitad de la nada? Y, no menos importante, ¿cuál es la sensación de, literalmente, tirar con nuestro auto nuestro nuevo hogar? A fin de cuentas, ¿cómo es vivir sin tener un lugar fijo donde llegar?

A pesar de lo anterior, creemos en lo maravilloso de esta experiencia para los chicos, para nosotros como matrimonio, y para todos como familia. Hemos leído innumerables testimonios de familias que lo hacen o que lo han hecho. Los beneficios son absurdos. Conocer otros lugares, otras realidades, relacionarse con personas de toda índole, disfrutar realmente de la naturaleza en su totalidad. Sentir que cada día es uno totalmente distinto al anterior. Aprender a vivir de manera más simple y valorar lo importante opacando lo nimio. Atreverse a ir hacia lo desconocido. Ser capaz de salir de diversas e impensables dificultades. Poder hacer todo eso, juntos, como familia… simplemente es una bendición y un regalo que no somos capaces de dejar escapar.

Algunas personas que nos quieren han manifestado sus propios fantasmas intentando demostrarnos que lo que queremos hacer es una absurdo:

  1. “¡Los asaltarán!” Como si el riesgo de ser asaltado no existiera más en las grandes ciudades que en las afueras… y, también tomemos en consideración que dentro de lo posible tomaremos las medidas para quedarnos en lugares denominados “seguros”.
  2. ¿Qué harán si los chicos se enferman? Aunque como padres esto siempre es una preocupación (pensemos en esos botiquines absurdamente gigantes que preparamos cuando vamos de vacaciones con los chicos), haremos lo mismo que hacemos acá. Cuidarlos, darles medicamente cuando lo requieran y, en última instancia si la cosa no anda bien, llevarlos a urgencia o pedir hora a algún doctor si el tema no requiere atención inmediata. Aunque la familia nos trata de visitar y ayudar cuando pueden, lo cierto es que en el día a día nos hemos tenido que batir solos. Y así como en otras ocasiones los cinco peques se han enfermado y hemos tenido que llevarlos al doctor, lo mismo será ahora. Obvio que está la incertidumbre dado que estaremos en lugares menos familiares, pero no olvidemos que la gente se enferma en todo el mundo. Salvo que sea una enfermedad catastrófica, creo que simplemente hay que atreverse.
  3. “¿Y la educación de los chicos?” Pues ya encontraremos una “rutina”. Pero saquémosle provecho al tema de que se están educando en casa.
  4. “No los veremos.” Creo que ahí la gente se equivoca. Quizás hasta nos veamos más. La diferencia será en que el lugar de encuentro irá cambiando. Un beneficio para todos ¿no?
  5. “¿De qué vivirán?” Sin ahondar en detalles, espero que al menos entiendan que nosotros, más que nadie, tomamos en consideración que nos corresponde cuidar, educar y amar a cinco niños. Si no tuviéramos el tema del dinero medianamente cubierto para darles el cuidado necesario a los chicos (y digo medianamente porque uno puede perder hasta un trabajo convencional de nueve a cinco) no haríamos esto.
  6. ¿De qué sirvió todo el esfuerzo que hicieron para llegar hasta donde están? Hay algo que los economistas llaman el “costo hundido”. Pues esto es algo así. Lo sacrificado hacia atrás o el esfuerzo por llegar hasta lo de hoy, es algo del pasado. No podemos aferrarnos a eso para tomar decisiones sobre el futuro. De manera complementaria, también se puede decir que, por muy cliché que suene, todo lo que hicimos nos ayudó a madurar y darle vida a esta decisión y a este nuevo proyecto (que de pasada nos tiene absurdamente emocionados y ansiosos).

Aunque como tantos nos han dicho, no va a ser perfecto (nada lo es). Lo cierto es que curiosamente el desafío más grande para darle vida a este proyecto no ha sido el proyecto en sí, si no el tener que afrontar los obstáculos que nos han dado algunas de nuestras personas cercanas. Varios nos han apoyado y se han alegrado por nosotros, pero son los menos. Si bien entendemos que es su manera de manifestar el amor y preocupación que nos tienen a nosotros y a los niños, también ha sido difícil asumir que nuestra felicidad se ve opacada ante los ojos de algunos de los que nos importan.

Después de muchas conversaciones entre nosotros y con Dios, tomamos una decisión. Si ustedes tuvieran la oportunidad de vivir uno de sus sueños, ¿lo hacen o lo dejan ir por los temores o lo poco convencional que pueda ser?