el engaño

Oigo el primer estornudo. Luego el segundo… el tercero viene acompañado de un sospechoso líquido transparente que cae de su diminuta nariz. Trato de ignorarlo. Quiero creer que es alergia. Después de todo es primavera y dicen que en esta época aumentan las alergias. Sí, eso debe ser, alergia. Siguen los estornudos. Los ojos llorosos, decaimiento… ¡¿tos?! Sigo coqueteando con la idea de la alergia. Se tropieza y comienza el llorar. Lo tomo en brazos y beso su frente para calmarlo. De acuerdo, debo afrontarlo, adiós a mi teoría de la alergia. Esa suave piel que conozco tan bien está afiebrada. Se viene el resfriado. Bichos por aquí y por acá. Cuido a M para que K no lo contagie. Miro a T. No hay mucho que hacer. K y T duermen en el mismo dormitorio. Finalmente cae la noche. Dejo a K para que descanse… y a su lado T. Escucho los estornudos, la tos, y sigo creyendo en mi ingenuidad que T se salvará de esta. 3 días más tarde cae T con los mismos síntomas de K. Paciencia. M sigue intacto. Y luego, un par de días después me toca a mí. CAOS.

Durante el poco tiempo que T fue hijo único escuchaba a las madres multíparas dar por hecho que cuando se enferma uno de los chicos todos en la casa caen. Cuando estaba esperando a K mi ginecólogo estaba resfriado, su hijo lo había contagiado. Lo encontré irónico. Ahora simplemente creo que así son las cosas. Aunque los chicos tengan dormitorios separados, lo cierto es que están todo el día juntos. Juegan, comparten juguetes, se tosen unos encima de otros y, bueno, alguien tiene que limpiarles los mocos ¿no? (adivinen quién). Dentro de lo que uno puede hacer, intenta siempre salvar al más pequeño. Gracias a Dios hasta el momento M no se ha contagiado. Y, como pocas veces, mi marido tampoco… esperemos que por ahora la cifra se mantenga en 3-2. Sería terrible perder 5-0.