la madre perfecta (que no soy)

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No sé si a todas las madres les pasará: pero en mi cabeza tengo la imagen de la madre perfecta que quisiera ser para mis hijos. Una mujer inagotable, con paciencia infinita y sin embargo que sepa obtener el respeto y la obediencia debida de sus hijos. Una madre que no alza jamás la voz y que sabe controlar su ira. También me imagino creando una y mil actividades distintas para los pequeños, jugando con ellos constantemente, enseñándoles con amor todo lo que quieran aprender.

Luego me enfrento al día a día, a la realidad y a mí misma. Las cosas son lejos de ser así. Lamentablemente pierdo los estribos más seguido de lo que quisiera, el cansancio me gana la batalla y no siempre tengo ánimo ni ideas nuevas para entretener a los chicos. Con todo lo que los amo, en ocasiones simplemente quiero estar sola. Y luego se aparece uno, dos o todos ellos con alguno de sus numerosos encantos. Puede ser Agustín que viene corriendo a darme un abrazo. O Benito que me mira con sus ojitos pensativos y me tira un beso en el aire. En otras ocasiones es Francisco quien se acerca arrastrándose como una cuncunita para terminar riéndose a mi lado. Cuando más me deleitan es cuando los veo a los tres jugando juntos, riendo y disfrutando la vida. Esas imágenes son más que suficientes para disipar mis ansias de soledad.

Recuerdo que cuando era pequeña mi madre se me hacia perfecta. A pesar de que a veces teníamos nuestras diferencias, no había absolutamente nada que hubiese cambiado en ella. Me pregunto cuántas veces puede perdonarle un hijo los errores a su madre. Cuando lo pienso desde la perspectiva mía, me atrevo a asegurar que estoy dispuesta a olvidar infinitas veces las faltas que mis pequeños puedan cometer, pero creo que desde los ojos de un hijo las cosas no son así. Como hijo uno espera que los padres sean sabios, maduros, y, a fin de cuentas, adultos. Quizás la verdadera sabiduría esté en reconocer los errores, en atreverse a pedir disculpas, en amarlos admitiendo que somos humanos y que por más que lo intentemos seguiremos cometiendo faltas y torpezas. Mi abuelo era un hombre duro y tozudo que veía sólo lo que él quería ver. Sin embargo, en los momentos en que más lo quise y en que más lo admiré fue cuando se acercaba silencioso y cabizbajo a pedirme disculpas por alguna injusticia que había cometido contra mí. Me sentía agradecida de que fuese capaz de admitir sus culpas ante una niña. Yo no soy mi abuelo ni mis hijos son yo, pero algo se puede aprender de eso. Antes de partir el día con los chicos me doy unos minutos para estar sola, agradecerle a Dios por todo lo que me ha dado y le pido que me de la fuerza y el amor que necesito para darle lo mejor a mis hijos. Y como Él siempre escucha, cuanto más sinceramente se lo pido, aún cuando ningún día es perfecto, más fácil es quererlos y hacer de cada día una aventura.