la muerte

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La muerte. Me golpeó la cara a los diez años. Mi primer recuerdo de tenerla cerca fue a los nueve cuando tuve una vaga intuición de que la gente se moría y me dio pánico pensar que existía la remota posibilidad de quedarme sola en el mundo. Benito tiene 5 años y desde que estaba en el vientre que le vengo hablando de la muerte. Hace ya un tiempo que ya no soy yo la que habla del tema si no que él me pregunta a mí. A ratos notaba que sopesaba lo que era que alguien muriera y lo veía acongojado. Para Pascua les ponemos videos a los chicos sobre la muerte y resurrección de Cristo y Benito hace un par de años que lagrimea con las imágenes.

Hace unas dos semanas murió una perrita que vivía en la cuadra. Era una perra callejera, no pertenecía a ninguna casa, pero, de alguna forma, parecía que el barrio entero se preocupaba de ella: le daban comida y agua. Le construyeron una casa y hace poco incluso le habían remodelado esa casa con pintura y frazadas nuevas. Las veces en que salía a caminar con los chicos, el animalito nos acompañaba como si fuera nuestra mascota.

Cuando Benito supo de su muerte se quedó mirando en silencio y luego, como un grito incontrolable, se lanzó a llorar con toda su pequeña y hermosa humanidad. Entendió que jamás vería a la perrita de nuevo. Mi marido intentó explicarle que era normal sentir dolor cuando moría un ser al que le teníamos cariño. Lo trató de consolar diciéndole que aún estaba nuestro gatito para que lo cuidara y que tratara de recordar los momentos bellos vividos con la perrita. Pensé que Benito estaría con desazón un tiempo y lo encontré válido y sano.

Pero el fallecimiento de la perrita abrió la puerta de la materialidad de la muerte. La muerte dejó de ser algo abstracto y Benito pudo verla a la cara. La perrita ya no esta aquí. Cada vez que Benito sale a caminar ve la casa vacía del animal y recuerda que murió. También entendió que mi madre murió cuando yo era niña y, lo que es más, comprendió que yo, su madre, también puedo morir. Un día se aferró a mí llorando diciéndome que me iba a morir. Y sí, le dije, me iba a morir… y él también, al igual que todos los seres vivos.

¿Por qué me he empecinado en que la muerte esté presente en la vida de mis hijos? No es por un afán morboso ni sádico, es más bien porque los amo:

  1. Cristo falleció en la cruz. Por amor Jesucristo se sacrificó y murió. ¿Dolió? Por supuesto que sí, es cosa de ver las llagas en Su cuerpo y la sangre brotando de Su frente. Y su madre, la Virgen María, con una espada atravesando su corazón. Pero Cristo vence a la muerte y ahí está la esperanza. Si permitimos que Cristo esté en nuestras vidas y nos aferramos a la infinita misericordia de Dios, todos tenemos la posibilidad de salvarnos. Ese mensaje quiero que les quede grabado a mis hijos: en su mente pero, más importante aún, en su corazón.
  2. La muerte es algo natural y no quiero que los tome de sorpresa. A todos nos tocará irnos de este mundo. El día en que alguno de mis hijos se tope con la muerte de un ser querido quiero que sufran todo lo que tengan que sufrir, pero también quiero que se levanten y que no le cierren las puertas a Cristo por estar atravesando un dolor que, si no es bien explicado, puede ser incomprensible.
  3. Como he dicho, mi madre falleció antes que mis hijos pudieran conocerla. Quiero que sin verla la conozcan y recen por ella. Y así, que también recen por todas las personas que quieren.

Hay culturas en que la muerte se presenta como algo obvio. De donde vengo yo, no es así. Es algo tabú. A los niños no se les habla de “esas cosas”. Sin divinizar la muerte, creo que lo más sano es hablar de ella. Así como muchos padres se han dado cuenta que es bueno hablarles (prudentemente) a los hijos respecto a la sexualidad y el respeto al cuerpo, creo que también es necesario que nuestros hijos sepan que la muerte llega: a grandes y pequeños también. No podemos librar a nuestros hijos del sufrimiento, lo único que podemos hacer es prepararlos de la mejor manera posible para afrontarlo.

el dolor

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Mirando hacia atrás, me doy cuenta que a los adultos les cuesta comunicarse con los niños cuando se trata del dolor. Quizás se deba a que muchas veces a los propios adultos nos cuesta abarcarlo y entenderlo. ¿Cómo le explicamos lo que se nos hace incomprensible a un niño? Con los años me he dado cuenta que uno de los grandes dilemas del dolor es encontrarle sentido. A veces ese sentido escapa a nuestro entendimiento. Ahí es cuando realmente cuesta aceptarlo. Pero si logramos dejarlo en manos de Dios, entonces el dolor siempre tendrá sentido y propósito.

Cuando perdí a mi madre y años después a mi abuelo, quienes me rodeaban trataron, con buen corazón, de consolarme diciéndome, “Dios sabe lo que hace”. No niego que la intención era buena. Pero a mis 10 años lo único que eso logró fue que Cristo se me apareciera como un ser lejano, incomprensible y cruel. ¡Cuán errada estaba! Por eso, he tratado de escribir un cuento pensando en mis hijos. Como madre, le pido a Dios día a día que libre a mis hijos del dolor, pero sea como sea, el dolor es inevitable a la condición humana y espero que cuando a mis hijos les toque sentirlo que no se rebelen ni permitan que la ira los domine. Me la juego porque serán capaces de abrir sus corazones y encontrarle el sentido a su sufrimiento así como Cristo fue capaz de sacrificarse por nosotros.

Pues bien, aquí unas palabras pensando en los hermosos chicos que Dios ha puesto en mi camino…

Benjamín y la Muerte

Benjamín perdió a sus padres un sábado en la tarde. Salieron en coche y nunca más volvieron. Cuando Benjamín supo la noticia, lloró por muchos días. Con el paso del tiempo la pena se transformó en dolor físico. Así, le fue dando paso a la rabia. Benjamín no podía entender por qué le había pasado “eso” a sus padres. No comprendía a la Muerte y la odiaba por eso.

La Muerte miraba a Benjamín desde la distancia y sentía pena por el niño. Por eso, un día se acercó a conversar con él.

“¿Me vienes a llevar a mí también?” le preguntó Benjamín enojado.

“Todavía no,” le contestó la Muerte, “vine a hacerte compañía.”

Benjamín no podía creer que la Muerte estuviera tan cerca de él. Arrebatado, le gritó que se fuera, que no quería su compañía si no la de sus padres. Le exigió a la Muerte que trajera de vuelta a su papá y a su mamá.

“No puedo…” le respondío con tristeza la Muerte. “Una vez que me llevo a alguien no tengo manera de traerlo de vuelta.”

“¿Por qué te llevas a la gente entonces?”

“Porque, desde que nacen, todos los seres vivos se encaminan hacia la muerte. Yo sólo guio un poco su camino cuando ese momento llega. Es algo inevitable. Pero eso no es lo importante, YO no soy lo importante. Lo que importa es lo que viene después.”

“¿Qué viene después?”

“Ahhhh, eso despende de Dios y de los hombres. Quienes han tenido un corazón noble suelen estar muy cerca de Dios. Los demás, aquellos que no han sabido amar, están muy lejos de Él.”

La Muerte y Benjamín hablaron mucho rato. Benjamín fue entendiendo lo que había pasado con sus padres. Pero aún había algo que no podía comprender.

“¿Por qué tuvieron que morir ahora? ¿Por qué no cuando yo fuera grande? ¿Por qué quiso Dios dejarme solo?”

La Muerte se quedó callada un momento. Quería responderle a Benjamín con la verdad.

“Iremos por parte mi querido amigo. Dios no te ha dejado solo.”

Benjamín quiso interrumpir a la Muerte, pero ésta no lo dejó.

“Déjame seguir… no estás solo. Jamás lo has estado y jamás lo estarás. Cuentas con la eterna compañía de Cristo, de la Virgen y, no lo olvides nunca, de tu Ángel de la Guarda. Si te sientes solo es porque no has abierto tu corazón. Dios siempre está ahí cuidándote y esperando a que le abras las puertas de tu interior. Déjalo acercarse y verás como nunca más sabrás lo que es la soledad.”

Benjamín no dijo nada. Sabía que la Muerte tenía razón. Sí, se sentía solo, eso era cierto. Pero por primera vez entendió que no fue Jesús quien lo abandonó, si no que fue él quien apartó a Dios de su vida.

“Pero ¿por qué tengo que pasar por esto? ¿Tan malo he sido que Dios me ha castigado?”

“Benjamín, Dios no te ha castigado. Si bien nadie es perfecto y has cometido tus errores como todos, Dios no está buscando hacerte sufrir en vano. Hay algo que quizás no entiendas ahora, pero te lo trataré de explicar. Tu dolor, como el de tantas personas en el mundo, tiene un sentido. Tu inocencia apagada por tu sufrimiento tiene de por sí el valor de la redención y se une a Cristo en la cruz. Cristo murió por los hombres. Si tú logras usar bien tu dolor, entonces te darás cuenta que puedes hacer mucho bien. Mi pequeño, se te viene un gran desafío, pero si logras aferrarte a Jesús con todas tus fuerzas, verás que saldrás caminando con la cabeza en alto, y, lo más importante, serás una persona feliz que está agradecida del precioso regalo que es la vida.”

“Prefiero volver al pasado y no saber nada de esto.”

“Lo sé. Nadie dice que es fácil. Sólo piensa en esto, lo más bello está en lo más difícil. No te rindas.”

Benjamín agachó la cabeza tratando de esconder sus lágrimas. Cuando volvió a levantar la vista la Muerte se había ido. Quiso enojarse. Quiso seguir sintiendo rabia. Pero de alguna forma ya no encontraba el espacio para esos sentimientos. Recordó las palabras de la Muerte. Era Jesús quien tocaba su puerta. ¿Le abriría? Dudó, no sabía si estaba listo. Pensó en sus padres, en lo que ellos hubiesen querido.

Dios le había dado libertad para que él tomará las decisiones libremente. Era hora de hacer buen uso de ese don. Dejó que Cristo entrara. Nunca más le cerró las puertas. ¿Fue la vida fácil para Benjamín desde ese momento en adelante? No. Fue dura, muy dura. Pero su alma y su corazón estaban en paz porque Benjamín sabía que contaba con el mejor apoyo posible: los brazos de Cristo y de Su madre.

la madre sin madre

Perdí a mi madre a los 10 años. Fue demasiado el tiempo en que la necesité con rabia. El tiempo y Dios fueron los únicos capaces de sanar esa herida. Como ocurre con la mayoría de las personas, al crecer, ya no tuve esa necesidad insaciable de tener a mi madre conmigo. Sin embargo, creo que jamás la extrañé tanto como cuando nació mi primer hijo… el segundo y el tercero también. Probablemente volveré a extrañarla cuando llegue el cuarto. Porque hay algo que sólo una madre le puede transmitir a una hija que acaba de dar a luz. Sin importar el cariño y las buenas intenciones de las demás personas, la madre es irremplazable. Quizás porque es ella la que nos parió, quizás porque sólo ella nos conoce en lo más íntimo, o quizás porque ese cordón que nos unió a ella durante 40 semanas se corta pero no desaparece.

Cuando nació Takashi Benito escribí algo al respecto…

Te miro a través de la ventana mientras le doy espacio al humo del cigarrillo que se escapa de mi boca y se enreda en mi pelo. Veo cuan delicado eres. Quiero romper ese vidrio y tenerte en mis brazos. Perderme en tus ojos que me recuerdan incansablemente al amor de mi vida. Quiero tenerte cerca. Sentir tu cuerpo junto al mío y que nuestros latidos se fundan en uno. Quiero tomarte y calmar tu mirada ansiosa. Pero esa maldita barrera de cristal me impide acercarme. Tengo que contemplarte de lejos. Mis temores son el gran impedimento para amarte libremente. Pero ahí estás tú. Silencioso, atento, esperando con paciencia infinita que supere los miedos y acuda a tu encuentro. Decido apagar el cigarrillo a medio camino y me levanto. Me acerco un poco más al ventanal. Estás tendido en la cama y estiras ambos brazos hacia arriba. Quieres agarrar algo o a alguien. No lo sé bien. ¿Me estarás buscando a mí? Me aterra tu necesidad y sin embargo necesito sentirla. Necesito saber que dependes de mí así como yo dependo de ti. Hay un lazo inquebrantable que me hace amarte con locura. Ya no eres parte de mi cuerpo pero sigues siendo parte de mí. Siento que no hay salida. Estás aquí para quedarte y esa es mi bendición. Necesito a mi madre. Sí, es a ella a quien busco para que tomando mi mano me guíe a tu encuentro. Cierro los ojos para no seguir buscándote. Me empapo de calor. No sé de dónde viene esa sensación cuando el otoño ya asoma sus primeros rayos. Pero me dejo llevar. Sigo con los ojos cerrados y lloro sin derramar lágrimas. Finalmente la veo… más bien, la siento. Me da ese abrazo que tanto necesito. Me susurra las palabras de amor que sólo una madre es capaz de dar. Emulando a una marioneta, ella va dirigiendo mis pasos. Me aleja de la ventana y me permite entrar. Me acerca a ti. Me sonríe y me dice que le recuerda a la primera vez que me tuvo en sus brazos. Me hace abrir los ojos y toparme contigo. Sigues ahí, indefenso, moviendo tus brazos y tus piernas tratando de alcanzar un cuerpo amigo. Aunque temo quebrarte, te tomo. Doy un gran respiro y te acerco a mi cuerpo. Estoy completamente perdida en ti. Tu pequeñez tiene una grandeza indescriptible. Ahora sí salen las lágrimas. Te abrazo con fuerza, beso tu cara y vuelvo a buscarla a ella. Quiero agradecerle. Pero ya se ha ido. Ha vuelto a desaparecer. No importa, ahora te tengo a ti. Sin estar aquí ella logró traerme a tu encuentro. Y ahora que te tengo no te vuelvo a soltar. Este abrazo que nos une aquí y ahora no se puede romper ni con la distancia más grande. Eres mi aliento.