había una vez dos hermanos…

grito

*Para Benito, Agustín y Francisco, quienes aún en su silencio llenan mis días de alegría… y un especial agradecimiento a mi queridísima amiga y comadre Maga por la idea.

Había una vez dos hermanos que no querían hablar. Habían logrado tal cercanía que se comunicaban entre ellos mediante sonidos y gestos que articulaban de la misma manera. Sus padres, desesperados, intentaron de todo para incentivarlos a hablar. Les leían muchos libros, les hablaban todo el día, les cantaban y se aseguraron de enseñarles nuevas palabras con la esperanza de que alguna de ellas les fuera a caer en gracias e intentaran decirla. Pero nada funcionaba.

Entonces los padres tomaron decisiones aún más drásticas. Pensaron que dándoles un gran impacto la cosa cambiaría. Los llevaron a la luna, a recorrer el mundo en bote, a sumergirse en las profundidades del mar, a volar como las aves, y, cuando nada de eso parecía tener efecto, les hicieron una gran fiesta sorpresa. Pero no lograron disipar el silencio de los hermanos.

Los pequeños dejaron de ser tan pequeños pero sus labios seguían sellados. De alguna extraña forma los chicos lograban hacerse entender, incluso con personas que no los conocían tan bien. La situación comenzó a ser insostenible, pero los padres, sin saber qué hacer, decidieron darles un tiempo. El padre tenía la certeza en su corazón que sus hijos hablarían cuando estuvieran listos, pero la madre no era tan optimista. Simplemente no podía imaginar el día en que los chicos fueran a hablar. Mamá estaba tan acostumbrada a percibir el silencio de sus hijos que en su cabeza no le cuadraba que algún día fuera a escuchar la voz de los pequeños.

En las noches la madre soñaba que escuchaba la voz de sus hijos. Cuando despertaba y se daba cuenta que todo había sido una ilusión, sentía cierta pena no porque no amara a sus pequeños, si no por la incertidumbre que le causaba la situación de la mudez. A veces lloraba, sintiendo vergüenza por la duda que la invadía ya que sabía que debía estar agradecida por los maravillosos hijos que tenía.

El más pequeño de los niños no se daba cuenta de la preocupación de sus padres, pero el mayor a veces percibía lo que sus padres sentían. En esos escasos momentos miraba fijamente a sus padres e intentaba pronunciar algo, pero no lograba articular palabra. Cansados, los padres decidieron no presionarlos más.

Pasaron las semanas, los meses y los años. El mayor tenía 3 años y el menor casi 2. El hogar, que había sido un lugar lleno de risas y anécdotas, comenzó a apagarse. Los niños no hablaban por lo que la madre no tenía con quién conversar. Papá trabajaba gran parte del día así que tampoco él podía aportar con sus palabras. Nació el tercero de los pequeños y sus padres no se cuestionaron si hablaría o no, daban por hecho que sería mudo como sus hermanos. Ahora la cosa se ponía más oscura: los chicos ya no lograban hacerse entender. Sus padres, desgastados con la situación, tampoco intentaban comprenderlos. El silencio comenzó a incomodar a la familia. Los hermanos estaban más sensibles por lo que lloraban constantemente. Cansada, mamá se puso aún más silenciosa. Cuando las cosas parecían no tener vuelta atrás, el mayor de los niños se dio cuenta que tenía que hacer algo. Si nadie hablaba en casa entonces el silencio sería lo único que tendrían. Desesperado, comenzó a gritar “AAAAAAAAAAA”. Su madre lo miró sin entender. Al ver que no tenía respuesta, siguió con la “B”… y así con todo el abecedario. Sorprendida hasta los huesos, la madre no dijo nada, pero empezó a cantar esperando que su hijo se le uniera. Felices, los chicos imitaron a su madre y se pusieron a cantar con ella. No lograron terminar la canción cuando los hermanos mayores comenzaron a hablar como loros parlanchines. Desde ese día, los niños jamás volvieron a ser mudos, es más, nadie recuerda los días de su inagotable silencio. Sus padres los miran y no logran recordar cómo era la vida cuando sus hijos no hablaban. Es que hoy, simplemente no hay quién los haga guardar silencio. Y así, la dulce voz de los chicos ha llenado el hogar del más hermoso sonido y de las risas más contagiosas. Aunque dicen por ahí que las estrellas, siempre tan asiduas al silencio, sólo salen en las noches. Ahí cuidan a los pequeños y los contemplan mientras duermen profunda y silenciosamente.

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