soñar

Hay algo peligroso en el amor incondicional entre una madre y su hijo. Cuando conocemos a los nuestros, vamos descubriendo sus virtudes, aquello que los mueve, sus pasiones. Pero también somos cómplices de sus carencias. Como madre, me esfuerzo en que mis hijos sean cada día mejores personas. Que luchen por abandonar sus defectos y que se realicen en los dones que Dios les ha dado.

El camino, aunque hermoso, carece de facilidad. Como en toda relación, a la vez que voy conociendo a los míos, ellos también me van descubriendo a mí. Son los que están a mi lado las 24 horas. Me observan en mis mejores y en mis peores momentos. Conocen lo bueno y lo malo que hay en mí. Frente a ellos no puedo usar máscaras ya que de usarlas sería tan absurdo como intentar esconderme de mi misma. Me han visto actuar con mi mayor fortaleza, pero también en los instantes más vulnerables.

Falta darnos un respiro. No por cansancio hacia el otro, no por aburrimiento, no por desazón. Si no, simplemente, por una necesidad lúdica. No puedo contentarme con dejarlos ser. Son mis hijos. Soy su madre. Si el rol de una madre no es educar y guiar a sus hijos, entonces creo estarme perdiendo en un ininteligible laberinto. Si alguno de mis hijos no cree en sí, entonces yo creeré por él a tal punto, que mantendré la esperanza que eventualmente él también creerá. Y si se cae, le tenderé la mano. Y si quiere cerrarme la puerta, la golpearé con tal fuerza que si no la abre, la derrumbo. Porque no estoy dispuesta a rendirme ante ninguno de ellos. Los amo y en ese amor lo que más aspiro es que estén cerca de Dios. Teniéndolo a Él no les faltará nada. Pero en esa batalla por su felicidad, a veces hay que saber detenerse. Dedicarse a la contemplación del momento, del otro y de los demás. Dejarse llevar aunque sea unos instantes por los sentimientos. Hablar. Volverse a reencontrar. Abrazarse. Mirar las nubes e imaginarse historias. Soñar.

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llanto

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Sé que Internet puede ser una maravillosa herramienta. Si no pensara así, cometería un sin sentido enorme al utilizarlo. Pero también presiento que tiene sus cosas nefastas. No he evaluado qué pesa más: si lo positivo o lo negativo. Pero lo cierto es que ahora quiero centrarme en un aspecto en particular. Internet, como muchas otras cosas en la vida (pensemos un poco en materias tan dispersas como un documental, una tesis, un artículo periodístico, etc.) nos muestra una parte de la realidad. Es más, nos da a conocer sólo aquello que el publicador quiere que conozcamos.

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Como madre, veo que existen innumerables páginas Web y blogs de otras madres alrededor del mundo. Casi siempre muestran con orgullo su descendencia y lo maravilloso que es tener hijos. Abundan las fotografías de hijos sonrientes, días de sol o de maravillosas actividades hechas en familia. ¡Woohoo! Estoy totalmente a favor de todo eso. Yo misma lo hago. Porque es obvio, amo a mis hijos y sí, estoy total y absolutamente orgullosa de cada uno de ellos y quiero que les quede plasmado eso en un pequeño cofre virtual al que puedan acceder en el futuro. El dilema es que cuando una madre cualquiera, digamos yo, se pone a leer blog tras blog y lo único que ve es felicidad…bueno, entonces uno comienza a dudar de sus dotes maternales.

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Lo cierto es que con los chicos tenemos nuestros momentos… algunos buenos, otros no tan buenos y otros, de frentón, nefastos. Y a veces no son momentos. Puede ser un día, una semana, un mes o un período. En ocasiones no estoy en la misma frecuencia que mis pequeños. Y me frustro, lloro, dudo, me culpo y pierdo la paciencia de maneras que jamás quisiera perderla. En ocasiones son ellos los que no están en sintonía con su mamá. Y les vienen los arrebatos, las desobediencias, los llantos incontrolados y el caos total. La verdad, es que muchas veces no lo pasamos bien. ¿Los dejo de amar en esos momentos? Ni por un segundo. Aunque a veces me falte espacio y aire, sigo queriéndolos con ímpetu y no puedo imaginar sintiéndome de otra manera frente a ellos.

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Como siempre pasa después de los momentos arduos, viene la calma. Los abrazos, los besos, las promesas de cariño eterno. Ahhhhh y las sonrisas, la felicidad y, por supuesto, la cámara fotográfica para recordar cada uno de esos bellos momentos. Generalmente las fotografías de quienes queremos reflejan belleza, porque es así como queremos recordarlos y como queremos que ellos se vean a sí mismos. Pues bien, he decidido también mantener un registro de los malos momentos. Porque se lo merecen, porque el dolor también es parte de la vida y porque de alguna forma estoy feliz que mis hijos pasen por esos momentos y que tengan la fuerza para no quedarse estancados, para ser felices aunque no todo sea siempre felicidad. Así que aquí va, nuestra oda familiar dedicada a las lágrimas por medio de fotografías caseras. Para que ni ellos ni yo olvidemos que también pasamos por nuestros momentos bajos :).

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eficiencia

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No sé si habrá una ocupación tan poco eficiente como la de ser madre. Sólo imaginemos una escena de la rutina diario: levantarse. Desde que soy madre he tenido que olvidarme de los días en los que me demoraba 30 minutos en la ducha y entre 45 minutos y 1 hora en vestirme. Sí, me preocupaba de cada detalle. Del maquillaje, del acné, del color de mi pelo y de esos miles de millones de vellos indeseados con los que tantas mujeres tenemos que luchar a diario. Pues bien, adiós a mi rutina. En 15 minutos estoy duchada y vestida. A esas alturas ya escucho a mis chicos dando vueltas en sus cunas. Jugando, alegando, hablando en su idioma. Corro al primer piso (de acuerdo, mentira, no corro, pero intento no demorarme tanto) y mientras tomo desayuno parada voy preparando el de los nenes. Finalmente tengo dos mamaderas más el desayuno de Benito y un bocadillo para Agustín. Subo triunfante. Al ser el más pequeño, voy a ver primero a Francisco. Giro a manilla de la puerta y ¡¡puff! me llega de sopetón todo el olor a su humanidad inferior. Levanto las cortinas, abro la ventana y saco al bebé rápidamente. Lo apoyo en el mudador y comienza a llorar. Quiere su mamadera. No la quiere en 5 minutos más, tampoco en 1 minuto más. No, la quiere, es más, la necesita con todo su ser en ese preciso instante (extrañamente cuando estaba solo en su dormitorio jugaba feliz en la cuna). De acuerdo, le paso la mamadera mientras lo mudo. ¡Horror! Está cocido. Debo quitarle la leche (llantos despiadados se escuchan por todo el vecindario) y meterle el trasero en el agua. Finalmente, volvemos al mudador y lo puedo vestir mientras él succiona con ímpetu su mamadera. Dejo a mi hermoso hijo encima de una alfombra en el piso y voy a ver a Benito y Agustín. Entro sonriente, porque sí, amo ver a mis hijos. Pero mi sonrisa se desvanece a medida que mi nariz comienza a absorber lo que hay a su alrededor. Toco el pijama de Benito y está empapado con orina. Me acerco a Agustín y emana fuertes olores. Aguanto la respiración y raudamente abro la ventana. Asomo la cabeza al exterior y respiro profunda y largamente. Los chicos me miran… tienen hambre. De acuerdo, les cambio el pañal lo más rápido que puedo y finalmente pueden saborear su desayuno (y mi nariz vuelve a respirar con normalidad). Los visto y preparo un bolso con mudas. Estamos por bajar las escaleras cuando algo vuelve a llamar la atención de mi desgastada nariz. Quiero creer que el olfato me está jugando una mala pasada, que mi mente comienza a imaginar cosas. Pero el aroma es demasiado evidente. Ahora es el turno de Benito. Dejo mis bolsos y corro una vez más al mudador. Finalmente todo parece estar en orden. Bajamos las escaleras y cerramos la casa. En “sólo” 2 horas logro tener a los chicos arriba del auto listos para disfrutar el día. Ahhh qué delicia los recuerdos de aquellos días en que salir de la casa era tan sencillo como tomar la cartera. Pero mientras recorro la ciudad con mis tres fieles compañeros de viaje debo admitir que no cambiaría ni un minuto de la vida que tengo con ellos por nada. Hay días en que me canso, en que el sueño y esta enorme panza que me va creciendo me juegan malas pasadas y mi estado de ánimo flaquea, pero aún así hay algo que no logro olvidar jamás: amo a mis hijos y sólo junto a ellos logro ser quien soy: su madre.