desorden

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No hace mucho tiempo atrás, en esta misma calle, vivían cuatro niños. Eran hermanos y estaban todo el día juntos. Se querían sólo como los hermanos saben hacerlo. Aunque a veces peleaban (como los hermanos lo hacen), la mayor parte del día se la pasaban jugando.

Imaginaban ser marinos y navegaban en mares tormentosos. Luego eran pilotos y volaban por los cielos de la Tierra. A veces querían ir más lejos y se subían en su nave espacial para visitar otros planetas. Cuando la distancia no era grande, manejaban sus automóviles imaginarios hasta llegar a su destino pensado.

Pero no todo era juego. En ciertas ocasiones debían ser policías y atrapar a los bandidos que acechaban el jardín. Siempre estaban listos para encaramarse en su camión de bomberos y apagar los incendios en las calurosas tardes de verano. Y si alguno se enfermaba, entonces hacían las veces de doctores y se sanaban entre ellos.

No había límite para la imaginación de los pequeños y sus aventuras eran un deleite para su mamá que día a día estaba con ellos.

Pero con el tiempo surgió un grave problema. El conflicto fue tan grande que impedía que los hermanos jugaran. ¿Y su nombre? DESORDEN. Los niños olvidaron ordenar sus juguetes luego de usarlos. Día a día se fueron desparramando por toda la casa.

Autos, naves espaciales, libros, puzles, en fin, todo lo que se le pueda ocurrir a un niño, estaban dando vueltas en los lugares más extraños. Una vez papá encontró un autito en uno de sus zapatos de trabajo y mamá se topó con un cohete en su cartera. Pero eso no era lo más terrible. Las cosas se complicaron cuando los niños tenían que apagar un árbol que se incendiaba y no encontraron su camión de bomberos. Las llamas arrasaron con todo lo que tenían pensado. Luego los bandidos entraron a su territorio y no tuvieron las herramientas policiales para detenerlos. La situación llegó a su límite cuando un dragón rebelde atacó el castillo medieval… ¡y el caballero no estaba en casa para impedirlo!

Mamá los observaba y comenzó a inquietarse con tanto caos. Los niños no la habían escuchado cuando ella les decía que ordenaran. De seguir así, mamá y papá se iban a deshacer de todos los juguetes. Felizmente, los niños comprendieron su error.

Decidieron hacer una reunión, una de esas juntas que sólo los hermanos saben tener. Querían solucionar el problema rápido. Luego de discutirlo y elaborar un plan de acción, pusieron manos a la obra: ¡a ordenar!

Jamás pensaron lograrlo tan rápido. Trabajar juntos incluso fue entretenido. Desde ese día mantuvieron sus cosas ordenadas. Cuando una aventura nueva se presenta, ahora saben dónde encontrar todo lo que necesitan para ella.

¡jugar!

tyk

Cualquier madre con mediano sentido común sabe que tener un hijo es la bendición más grande que uno puede tener. Es un regalo que Dios ha puesto en nuestro camino con el fin de amarlo siempre reconociéndolo como alguien distinto a uno. Bien es sabido que tener familia es un trabajo, un esfuerzo por el que uno lucha día a día sin menospreciar las enormes gratificaciones que ello conlleva. A la vez, si uno pone el mínimo de tiempo con los hijos, rápidamente se dará cuenta que en gran medida hay que recordar lo que es jugar. Volver a ser niño. Sentarse en el suelo, armar historias y mundos fantásticos y, aunque a veces cueste, saber relajarse. Entender que los niños son, bueno, niños. Que para ellos las reglas no están establecidas como lo están para uno. Que si uno quiso jugar al barco pirata pero resulta que el niño decidió que el barco era en realidad una nave espacial, entonces hay que dejarse guiar por el pequeño.

Gracias a mis hermosos chicos he recuperado la niñez que la vida no me permitió completar. Sí, en reiteradas ocasiones aflora mi sentido adulto y me canso de los juegos, pero hay algunas entretenciones que simplemente no me logran aburrir. Una de ellas son los lego. Cuando pequeña jamás tuve legos. Sabía de su existencia, pero en realidad fue mi marido quien me introdujo en el fascinante mundo de esas pequeñas y maravillosas piezas plásticas. Hoy alucino con la línea “Duplo” y, para deleite mío, a los chicos también les encantan. Pueden armar y desarmar (lamentablemente cuando son muy pequeños el “desarmar” generalmente termina en frustración porque no pueden “armar” nuevamente, pero con el tiempo van aprendiendo la destreza necesaria y sienten una enorme gratificación cuando logran dominar el juego) y crear lo que ellos quieran. Casas, autos, cohetes, barcos, árboles, en fin, la imaginación es el límite. Con los chicos podemos estar fácil una hora o más jugando con estos fascinantes pedazos plásticos.

Otra actividad que disfrutamos con los chicos son las historias. Generalmente nuestras mañanas implican estar al menos unos buenos 40 minutos leyendo cuentos, poniéndoles efectos especiales con sonidos y relacionándolos con los juguetes que tienen en casa. En otras ocasiones las lecturas son más calmadas (esas son las que en estos instantes le gustan a Agustín y que admito me derriten el corazón). El pequeño se sienta entre mis piernas y apoya su cabecita en mi cuerpo y comenzamos a leer. Cuando logro verle el rostro me sorprende lo concentrado que está escuchando y viendo los dibujos. Realmente vale la pena leer los mismos cuentos una y otra vez cuando uno percibe cuánto lo disfrutan los chicos.

Para terminar, simplemente mencionaré el colorear o pintar. No conozco niño que no lo disfrute. Las diferencias de caracteres afloran en esta manualidad. Benito quiere que yo le dibuje los objetos que él me atrae; en muy pocas ocasiones toma él los colores y le da rienda suelta a su creatividad. Al principio me afligía un poco esta situación, pero luego algo me hizo recordar que yo era igual. Me encantaba ver cómo los adultos lograban plasmar objetos en el papel a partir de simples líneas (mis padres eran bastante buenos para el arte, y para quienes viven en Chile, una de las pocas cosas que me gustaban del profesor Rosa era cuando dibujaba en su atril). Agustín por su parte anda “robando” crayolas y tengo que correr detrás de él para no encontrarme con una extraña sorpresa en algún muro de la casa. También debo tener máxima precaución con el suelo, ya que si el gateador de Francisco pilla algún lápiz de color, inmediatamente lo toma en sus manos para echárselo a la boca.

Si alguien me preguntara qué es lo que hace más feliz a mis hijos, diría sin dudar que jugar con sus padres. A veces pueden jugar solos o entre ellos, pero las veces en que los he visto rebosar de alegría ha sido cuando mi marido o yo nos sentamos con ellos y jugamos prestándoles el 100% de nuestra atención (eso implica dejar de lado el celular o cualquier distracción “adulta”). No siempre es fácil entrar en el mundo lúdico. En ocasiones falta imaginación, ánimo, energía, juventud, etc. Pero nadie dijo que tener hijos fuera jauja. Dicen por ahí que los niños crecen más rápido de lo que uno quisiera y con mis pocos años de maternidad encima me atrevo a confirmar esa afirmación. El día de mañana no quiero que recuerden el hogar como un lugar pulcro, ordenado y limpio. Quiero que recuerden que sus padres estuvieron ahí con ellos, que los amaron incondicionalmente, que jugaron y se rieron con ellos, que aún cuando estaban cansados o con otras obligaciones supieron dejar todo de lado porque sabían que los hijos son lo más importante. Todo lo demás intento que se vaya solucionando en el día a día.

el juego

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Hay algo indudable: a los niños les gusta jugar. Mediante el juego conocen el mundo, adquieren conocimiento y obtienen nuevas destrezas. Para ellos el juego es, bueno, juego. Lúdico, sin trabas, sin reglas ni orden. En el juego son 100% ellos mismos. No existen los miedos ni las obligaciones. La creatividad y la imaginación son los únicos límites. Muchas veces, quizás más de las que me gustaría admitir, el juego implica “meter las manos en la masa”. Correr, gritar, caerse, golpearse, llorar, ensuciarse. Mientras ellos hacen de las suyas, yo los miro. Pienso en todos los infinitos peligros a los que son expuestos. Todas aquellas posibles enfermedades gastrointestinales que pueden agarrar debido al sinnúmero de objetos que se meten en sus bocas. Infecciones de toda índoles. Golpes que pueden terminar en machucones, esguinces, sangramientos. Los miro y respiro profundo. Debo dejarlos ser. Soy algo obsesionada con el orden y la limpieza, no me es fácil hacerme un lado. Debo morderme la lengua para no gritarles una y otra vez que tengan cuidado o que no hagan tal y cual cosa. Debo amarrar mis manos para no tomarlos en brazos y sacarlos de ahí. Debo anclar mis piernas para no ir corriendo tras ellos y asegurarme, en mi estúpida obsesión, que no están haciendo nada peligroso. Sufro. No lo puedo negar. Sufro como loca. Se me viene a la mente la el cuadro “El grito” de Edvard Munch. Finalmente, después de lo que parece un tiempo infinito, se aburren y vuelven a mi lado. Me cuesta reconocerlos tras el barro y la mugre que llevan pegados a sus cuerpos. Están helados debido al agua que se ha ido enfriando en sus pequeños cuerpos. “¡Genial! ¡Se agarrarán un catarro!” pienso sin decir palabra. Luego les miro sus caritas. Esas sonrisas que no logran desprender de sus rostros. Ahí está todo lo que necesito. Sólo ahí entiendo que ni el peor de los resfriados puede superar a la alegría de mis chicos siendo niños. Sonrío con ellos, aunque sé que la próxima vez volveré a sufrir hasta que nuevamente llegue ese momento en que logro mirar la dicha en sus ojos por haber ido a jugar libremente.

perdidos en altamar

Los niños tienen esa increíble capacidad de joder con nuestra percepción del tiempo. Con solo mirarlos se nos viene encima el peso de los años. ¿Cómo fue que alguna vez nosotros fuimos tan pequeños y ahora somos los padres de estas criaturas? La vida nos comienza a pasar la cuenta. Ya no nos queda tanto tiempo. Si Dios nos lo permite, nos iremos de este mundo pero quedarán nuestros hijos.

Sin embargo, en otras oportunidades nos hacen viajar hacia atrás en el tiempo. Gracias a ellos somos niños una vez más. Estábamos en el jardín con Takashi Benito y Kenzo Agustín. Takatan se tiraba una y otra vez por el resbalín mientras Kenzo se escondía en una caja de cartón y jugaba a desaparecer. Me metí en la caja con Kenzo y le dije a Takashi que estábamos navegando. ¡En un gran barco! ¡Sumergidos en las desconocidas profundidades del mar! Los ojos de Takashi brillaron de emoción y abrió su labios en asombro. “¡¡¡Haaa!!!” me gritó. Y luego, la sirena del barco. No había vuelta atrás. Estábamos mar adentro y teníamos que volver sanos y salvos a tierra. Con cautela comenzamos a girar nuestra embarcación. ¡Cuidado! Se aproxima una tormenta. Hay que remar a toda velocidad. Uno, dos y tres… los bracitos de Takashi se movían para llegar a puerto y salvarnos.  Kenzo Agustín no quiso afrontar la realidad. Siguió desapareciendo en su imaginación mientras su hermano mayor llevaba el peso de la gran travesía. El tiempo se detuvo y por un minuto pensamos que todo estaba perdido. En eso, las nubes comenzaron a despejar el camino y finalmente apareció el sol. Ahí estaba, frente a nuestros ojos, ¡tierra firme! Con el último esfuerzo dirigimos el barco hacia la playa. ¡Takamarino fue nuestro héroe! Gracias a su esfuerzo llegamos de vuelta a casa…