es que a mi hijo le gusta el jardín…

DPP_0326

De acuerdo. Lo entiendo. Queremos ver a nuestros hijos felices. Queremos que tengan una infancia idílica. Queremos que nada les duela. Los queremos ver reír, jugar y vivir una vida sin preocupaciones. Sí, habría que ser una bestia para no desear eso para los hijos.

Me he topado con más de un padre o madre a quien, al decirle que nuestra opción es la educación en casa, para las antenas y dispara, casi atacando, diciendo que ellos jamás podrían hacer eso porque sus hijos aman el jardín infantil (pre-kínder o kínder). Y en cierta forma, lo entiendo. Yo también quiero ver a mis hijos felices. También deseo darles lo mejor del universo. Y sí, su felicidad es mi meta última en cuanto a ser madre se refiere. Pues bien. Habiendo aclarado eso, ¿de dónde sacan los padres que los hijos tienen la capacidad de elegir lo mejor? Si mi hijo cree que es entretenido empujar a su hermano por la escalera, ¿lo dejaré hacerlo? O si cree que no hay nada que lo haga más feliz que saltar de un camarote al otro, ¿también lo permitiré? Los niños son niños. Por supuesto que son personas dignas de todo el respeto del mundo. Merecen ser amadas y valoradas como cualquier otro ser humano. Pero son niños. No les podemos pedir a ellos que elijan lo mejor. No es justo para ellos. Los niños merecen vivir su niñez de manera pura. Y para ello necesitan de sus padres. Son los padres quienes deben elegir lo mejor para sus hijos. Es lo que los padres, como padres deben hacer y es lo que los hijos, como hijos, desean. No sé si les ha tocado conocer a niños o adultos que en su niñez no tuvieron límites. Personas a las que les fue permitido hacer lo que quisieran. La verdad, el panorama no es muy prometedor. Generalmente son personas con falta de autoestima, carentes de cariño, buscando satisfacer ese vacío en los peores lugares.

Nuestros hijos nos necesitan. Aunque se enojen, nos “disparen” con sus armas invisibles, griten o pataleen, lo cierto es que se sienten seguros cuando les ponemos límites. Los niños tienen la necesidad de saber que sus padres o cuidadores saben lo que están haciendo y que les pueden brindar la seguridad y el soporte emocional que ellos no son capaces de darse por sí mismos debido a lo pequeños que son.

No estoy diciendo que el homeschool sea para todos. Pero no me vengan con la excusa de que no pueden optar por esa opción porque sus hijos disfrutan ir al jardín infantil o al colegio. Dejemos que los niños sean niños. Resguardemos su inocencia y su seguridad. Permitámosle apoyarse 100% en sus padres y darles la tranquilidad de que aunque a veces no estén de lo más contentos que sientan la certeza de que efectivamente los padres están haciendo lo mejor por ellos. Ya tendrán la madurez para tomar sus propias decisiones, mientras tanto, no les tiremos más carga de la que les corresponde.

Advertisements

soñar

Hay algo peligroso en el amor incondicional entre una madre y su hijo. Cuando conocemos a los nuestros, vamos descubriendo sus virtudes, aquello que los mueve, sus pasiones. Pero también somos cómplices de sus carencias. Como madre, me esfuerzo en que mis hijos sean cada día mejores personas. Que luchen por abandonar sus defectos y que se realicen en los dones que Dios les ha dado.

El camino, aunque hermoso, carece de facilidad. Como en toda relación, a la vez que voy conociendo a los míos, ellos también me van descubriendo a mí. Son los que están a mi lado las 24 horas. Me observan en mis mejores y en mis peores momentos. Conocen lo bueno y lo malo que hay en mí. Frente a ellos no puedo usar máscaras ya que de usarlas sería tan absurdo como intentar esconderme de mi misma. Me han visto actuar con mi mayor fortaleza, pero también en los instantes más vulnerables.

Falta darnos un respiro. No por cansancio hacia el otro, no por aburrimiento, no por desazón. Si no, simplemente, por una necesidad lúdica. No puedo contentarme con dejarlos ser. Son mis hijos. Soy su madre. Si el rol de una madre no es educar y guiar a sus hijos, entonces creo estarme perdiendo en un ininteligible laberinto. Si alguno de mis hijos no cree en sí, entonces yo creeré por él a tal punto, que mantendré la esperanza que eventualmente él también creerá. Y si se cae, le tenderé la mano. Y si quiere cerrarme la puerta, la golpearé con tal fuerza que si no la abre, la derrumbo. Porque no estoy dispuesta a rendirme ante ninguno de ellos. Los amo y en ese amor lo que más aspiro es que estén cerca de Dios. Teniéndolo a Él no les faltará nada. Pero en esa batalla por su felicidad, a veces hay que saber detenerse. Dedicarse a la contemplación del momento, del otro y de los demás. Dejarse llevar aunque sea unos instantes por los sentimientos. Hablar. Volverse a reencontrar. Abrazarse. Mirar las nubes e imaginarse historias. Soñar.

educar en casa: la opción ausente en la actual reforma educacional

il_340x270.719458582_qj6tEsta es la primera entrada que escribimos con mi marido. No sé si vendrán otras a futuro, pero me alegra que la primera sea respecto a un tema que aborda a toda la familia: la educación de los hijos.

Muchas veces creemos que ante problemas de fondo su solución es directamente proporcional a la magnitud de aquellos. En el caso de la educación, si bien hay bemoles en lo que se ha planteado y discutido hasta la saciedad, lo cierto es que prevalece en el ciudadano medio y ante todo en los padres que la mejora de la educación es una labor tan grande y difícil de realizar que el pesimismo e incluso conformismo son frecuentes de escuchar en conversaciones de sobremesa. Por ejemplo: la educación es muy costosa, pero es lo mejor que podemos dar a nuestros hijos. Este modo de afrontar la educación de los hijos es anteponer a la respuesta que se busca otro problema ajeno al problema original, ya que lo urgente no es lo mismo que lo importante. ¿Qué es más importante? Que seamos propiamente padres y madres, lo cual incluye asumir el compromiso de su educación. De lo contrario, es propio asumir que no queremos ser padres, ya sea porque privilegiamos más nuestra carrera profesional, el pago de deudas, los intereses personales, etc. O, como tanto ocurre en nuestra sociedad, dejamos la educación en manos de niñeras. Ser padre y madre no es un trabajo o una actividad que tiene fecha de término y por la cual se recibe una remuneración. Porque se es padre y madre somos primaria y propiamente educadores de nuestra extensión más íntima: nuestros hijos.

Pues bien, qué pasa si ante esos mismos padres les planteamos el hecho que sí es factible educar en casa. No me extrañaría que la argumentación insista en anteponer lo urgente por sobre lo importante. La necesidad de los cónyuges de recibir ingresos, el deseo del niño o niña de ir al colegio, el capricho de algunas madres o padres de simplemente tener unas horas solos, la imposibilidad de saber todas las materias que les imparten a los niños en colegio, la falta de infraestructura, la supuesta poca sociabilización, y un largo etcétera que sintetizo en la siguiente pregunta: ¿qué tanto aman a sus hijos? El amor implica donar, o mejor dicho, donarse por quienes amamos. Educar implica un acto de amor. Y eso incluye también reconocer que somos limitados, que efectivamente no podemos saberlo todo. Más aún, educar no tiene que ver con cuánto sabemos, sino para qué educamos. Los grandes maestros no son quienes ostentan la erudición, sino quienes saben encaminar, encauzar nuestras vidas. ¿No es lo más propio que un hijo pida consejo a sus padres antes situaciones importantes? Creo, honestamente, que la pregunta que planteo incide en mirarse a uno mismo –o mejor aún, mirarse en el esposo(a)- y experimentar el miedo, el saber que educar es una tarea tan importante que muchos no se sienten capaz de realizarlo. ¿No es acaso similar lo que experimentamos cuando estamos prontos a contraer matrimonio?: ¿nos amaremos todos los días del mismo modo que ahora?, ¿qué pasará con la relación ante el nacimiento de nuestro primer hijo?, ¿cómo lo voy a cuidar?, ¿qué debo hacer? La humildad se cruza con la gratuidad de los hijos que se nos han dado como base propicia para reconocer la natural inclinación que debe surgir de todo padre y madre por educar a sus propios hijos. Educar es acoger con disposición solícita, reconociendo quiénes somos, pero dispuestos a darnos por completo.

Pero el mundo no piensa así, ni tampoco fomenta este tipo de reflexiones. En efecto, la concepción moderna en la cual vivimos, marcadamente instrumentalista, nos ha hecho creer que los hijos deben entrar lo más tempranamente posible al mundo en el cual se irán a desenvolver. Nuevamente, lo urgente por sobre lo importante. Los tiempos se articulan de tal manera que urge por mandar a nuestros hijos fuera del hogar. Cuál una confusa idea de un proceso entendido como progreso. ¿Cuánto tiempo destinamos a nuestra familia, a nuestros hijos de los 7 días de la semana? Paradójicamente el tiempo que dedicamos a nuestras tareas profesionales es inversamente proporcional al tiempo dedicado a nuestros seres más queridos.

Que los hombres seamos seres sociales, para vivir unos con otros, que necesitemos de otros para desarrollarnos, no implica que la preparación y formación sea ajena al hogar. Al contrario, la familia es el primer núcleo social, y por ello mismo, el punto de partida debe estar en el hogar y luego, como consecuencia de lo primero, se producirá de manera gradual la natural inserción en círculos más amplios. La familia es parte de la sociedad y no una realidad ajena a ella. Educar en casa es cuestionar al mundo en el que vivimos y fomentar que las actividades se adecuen a quienes somos y no al revés.

En verdad, educar en casa no es una reforma, ni tampoco una revolución en la educación. Creo que no hay caso feliz de una revolución que llegó a feliz término. Es lo que desde tiempos previos al modelo formal de educación que conocemos se hizo en quienes buscaron educar a sus hijos. De entre los muchos casos, dos interesante y hoy casi olvidados que vale la pena recordar: Marcela Paz, quien fue durante varios años educada en casa por tutores, y el segundo caso, Tomás Moro quien educó a sus hijos.

¿Qué relación hay entre Marcela Paz y Tomás Moro? Muy simple, educar en casa es un fenómeno amplio, de vasto alcance, universal, tal como lo es la familia. En tiempos donde el discurso se ha centrado en debates desgastados, ideológicamente parciales, donde el peligro de una uniformidad amenaza la sana singularidad de cada núcleo familiar, es bueno escuchar a la historia y preguntarnos qué tan dispuestos estamos como padres a asumir el desafío de educar a nuestros hijos. El problema no está en la institución llamada “colegio”, sino en la institución llamada “familia”. La crisis de la educación es en el fondo una crisis de la familia.

Probablemente, no todas las familias puedan cumplir con el tiempo, ambiente y el apoyo para llevar a cabo dicha tarea. Pese a ello, es una opción que ya varias familias a lo largo de Chile de manera silenciosa han iniciado, apelando a lo más simple: ser padre y madre.

¿unschool?

photo(8)

Tengo la imagen idílica de la vida que tanto mi marido como yo queremos entregarle a nuestros hijos. Que sean parte real de la naturaleza, que no tengan necesidad de desprenderse de nada porque jamás se han aferrado al mundo material. Que crezcan en sabiduría, en alma y en corazón. Que sean felices y agradecidos. Que jamás dejen de maravillarse y de sorprenderse. Que disfruten lo sencillo ya que eso es lo valioso. Que no teman caerse ya que tendrán la certeza de poderse levantar. Y, lo más importante, que tengan a Dios presente en sus vidas siempre. Que no conozcan el significado de la palabra soledad porque no estará en ellos darle la espalda a Dios y a nuestra querida Madre Universal.

El cómo llevar a cabo este proyecto es lo que cuesta. Porque tanto mi marido como yo somos adultos. Hemos vivido toda nuestra vida insertos en la gran ciudad o en los parámetros que ésta exige. Nos aferramos a estupideces. Nos molestan tonteras que nos dejan enfrascados en nimiedades. Queremos salir de esa rutina por el bien de nosotros mismos, pero más importante aún, por el bien de los chicos.

Hay muchos planes y sueños que tenemos con respecto a eso. Entre ellos ha aparecido una nueva arista… el famoso “unschooling”. Es algo que en mi mente citadina se me aparece como radical y hasta descabellado. Pero hay un autor que todos quienes siguen esta tendencia citan una y otra vez: John Holt. Jamás se casó ni tuvo hijos, pero dedicó su vida a tratar el tema de la educación y a enseñarle a hijos de otros. Con la experiencia acumulada a través de los años, se dio cuenta que el lugar de los niños no está en los colegios si no que en sus casas, con sus padres. Es ahí donde se debe educar realmente. Pero fue aún más allá. Entendió que los niños, por naturaleza, tienen el instinto y el deseo innato de aprender. Si uno deja a un niño solo, éste aprenderá por si mismo todo lo que tiene que saber. Cuando realmente le interese y tenga una necesidad real de aprender los números, entonces lo hará. Y así sucesivamente con las letras, artes, historia, ciencia, etc. Los padres y el hogar en su totalidad tienen la función de servir de apoyo.

Pues me ha sucedido algo extraño con esto. No lo he hablado con mi marido aún porque me cuesta hilar bien las ideas. Está demasiado fresco. Quizás por lo mismo lo escribo. A pesar de encontrarlo una locura, he tenido la fascinación de leer del tema. Cuando logro romper los esquemas de mi mente, me ha fascinado. Le encuentro sentido. Me gusta. Siento que ahí está parte importante de lo que deseo para mis hijos. Que sean ellos. Que se desarrollen en las áreas que realmente les interesa. Mientras se encaminen hacia el Bien, dejarlos ser y que encuentren su equilibrio y sus pasiones dentro de sí mismos y no coartarlos por medio de un currículum, libros y datos memorizables que más temprano que tarde olvidarán. ¿Qué aprendí realmente del colegio? La verdad, nada. Mis pasiones las desarrollé en la privacidad de mi hogar (básicamente la literatura y todo lo que ella implica y en algún loco momento de auto-terapia me habré tirado para el lado de las artes). Pero no tengo grandes recuerdos de las clases a las que asistí y a las que sobreviví con calificaciones bastante decentes. Si había que estudiar, lo hacía. Eso jamás lo cuestioné. Pero tampoco me pregunté qué estaba aprendiendo de esas largas horas de estudio.

Lo que realmente me aportó el colegio fue darme cobijo y comprensión cuando no los sentía en mi hogar. Me permitió relacionarme con hermosas amistades y con algunos profesores que marcaron la diferencia porque se interesaron en mi como persona y no como alumna. Pero si uno lo piensa objetivamente, no es necesario ir al colegio para tener amigos. Por otro lado, es bastante antinatural encontrar esa necesidad de pertenencia en algún profesor y no en la familia.

¿Y si el día de mañana quieren ir a la universidad? Pues bien, la verdad es que creo en mis hijos. En sus capacidades y en su inteligencia. Si tienen el incentivo, podrán estudiar y tomar los llamados “exámenes libres”. Muchos lo han hecho, no serán mis hijos los primeros. Pero por ahora tengo esa intuición de quererlos dejar libres. Que vuelen donde tengan que volar. Y si algún día quieren aterrizar, ahí estaremos con mi marido para recibirlos y quererlos como siempre lo hemos hecho.

homeschool concepción

photo-1

He hablado en otras ocasiones sobre el homeschool. Aunque con mi marido tenemos la convicción que es lo mejor que le podemos ofrecer a nuestros hijos, surge de vez en cuando el temor… el temor a lo desconocido, el temor frente a la incertidumbre de nuestros familiares, el temor ya que nadie en nuestro entorno ha tomado ni planea tomar esta decisión. En fin, a veces todo parece apuntar hacia el temor. Ese temor constante a veces nos hace flaquear y querer correr. No hemos dudado del camino escogido, pero la mente a veces se encarga de jugarnos malas pasadas y ponernos trabas donde no las existen.

En medio del tumulto de incertidumbres que se nos da al haber tomado la decisión de educar a nuestros hijos en casa, se nos asomó un respiro. Fuimos amablemente recibidos por la Señora Kathleen McCurdy en su casa en Concepción. Como ella misma se denomina, es la “abuela del homeschool en Chile”. Es una señora encantadora. Sólo con la expresión que emanan sus ojos deslumbra con su experiencia. Educó a sus cinco hijos en casa y explica que pocas cosas son tan gratificantes para un padre que ser partícipe de la adquisición de conocimiento de sus hijos.

Pero por ahora no hablaré directamente de la Señora McCurdy. Intuyo que su historia da para escribir varios libros. Quiero plasmar la experiencia y sentimientos que me dejó el encuentro con ella.

Fue como recibir una bocanada de aire que me permite respirar tranquila nuevamente. Un reafirmarme que efectivamente no es una locura. Que educar a los chicos no sólo es lo mejor que podemos hacer, si no que es totalmente asible. Es la tranquilidad de tener frente a mí la voz de la experiencia y que esa experiencia, a pesar de haber tomado cinco desenlaces distintos por los cinco hijos que tuvo, fue simplemente lo mejor para esa familia. Vi en la cara de la señora McCurdy la tranquilidad y la certeza de quien ha hecho lo correcto.

Quedan mil interrogantes. No sé qué ocurrirá mañana. No sé cómo terminará esta historia para mis hijos. Pero es lo natural. Nadie sabe cómo crecerán sus hijos, pero así como hay padres que dan lo mejor por llevar a sus hijos a tal o cual colegio, nosotros nos la jugamos por darles lo mejor posible educándolos en casa. Sé que como a cualquier padre, tendremos mil porrazos. Sé que habrá que ir aprendiendo y mejorando muchas cosas en el camino. Sé que a veces nos equivocaremos y quizás ni nos demos cuenta de nuestros errores. Pero, tal como nos aconsejó hoy la señora McCurdy, lo fascinante será ir “estudiando” y conociendo a nuestros hijos para ir educándolos de acuerdo a sus características individuales. Será un desafío enorme porque Dios sabe cuán distinto es cada niño por muy hermanos que sean. Pero algo en mi corazón me dice que ese ir aprendiendo de los chicos y conociéndolos será la base para tener una hermosa relación con ellos que, con todos sus altos y bajos, los ayudará a ser el tipo de persona que con mi marido aspiramos que sean.

Por ahora me queda rezar para que Cristo y Su madre iluminen nuestro andar como padres. También, agradecer a Dios por el increíble hombre que puso en mi camino para que fuera mi esposo y por los maravillosos hijos que tengo y que día a día me sorprenden. Y aunque a veces no logro entender bien qué hacemos en Concepción, agradezco estar aquí ya que gracias a ello hoy pudimos conocer a una mujer que no sólo educó a sus hijos en casa si no que se dedica a propagar y a ayudar a los padres que tienen ese mismo interés en estos confines del mundo.

Algunos links…

1. La página Web de la Sra. McCurdy: Organización Familia Escolar

2. Una antigua entrada respecto a la decisión de educar en casa: la entrega

arrebatos

photo(4)

Los niños requieren atención de sus padres. Todos los días. Todo el día. Son unas pequeñas máquinas insaciables que sólo logran estar en paz cuando reciben todo el amor y el cuidado que sus pequeños cuerpos demandan. Por decirlo lisa y llanamente: la demanda en estos casos es infinita. Y los amo por eso. Amo que al más mínimo problema sientan que su madre es su refugio, que cuando algo les duele un beso mío puede sanarlo casi todo. Me encanta acurrucarlos en mis brazos y sentir sus corazones latiendo fuerte contra el mío cuando los abrazo.

Pero tengo un solo problema: son cuatro. Cuatro chicos que necesitan que su madre les preste toda la atención del mundo. Cuatro pequeños que no están dispuestos aún a entender que el mundo no gira en torno a ellos. Por eso, a veces enloquezco. Y ellos también. Por razones humanamente obvias no puedo cumplir con todas sus exigencias. Por razones humanamente entendibles ellos no logran captar eso y se frustran. Para liberar esa frustración, se ponen violentamente destructivos. Comienzan a volar los juguetes. Los empujones se ponen más fuertes y las lágrimas caen cual cascada de sus ojos. Debo admitir que mi temperamento no ayuda mucho. Soy arrebatada. Impulsiva. Iracunda e irritable. Mala combinación para estar criando y educando niños. O al menos eso creen algunos. La verdad es que aunque trato de controlarme, ser así también me ayuda a entenderlos más a ellos. No olvidemos que los niños son en gran parte emoción, así que al menos puedo sentir cierto grado de empatía aún cuando estoy pegando el grito al cielo.

Pero volviendo al tema de la demanda infinita de los niños, con mi marido tratamos de brindarles atención personalizada a nuestros pequeños y valiosos clientes. Dentro de lo que podemos, cada cierto tiempo, al menos uno de los dos está a solas con alguno de los chicos. Hace unos días Javier salió con Benito y Francisco. Pío dormía su siesta por lo que, como pocas veces, me quedé en casa sola con Agustín.

Agustín es la alegría del hogar. Tiene unos ojos chispeantes que cautivan a cualquiera. Su sonrisa emula a un rayo de sol y tiene un corazón enorme. Es el más expresivo y cariñoso de los chicos. Donde vaya anda pendiente de buscar flores para regalármelas. Si no encuentra flores, es capaz de traerme pasto o piedras. Lo que sea, con tal de obsequiarle amor a su mamá. Pero para equilibrar las cosas, esa misma intensidad de ternura que tiene, también la tiene para ser arrebatado, desobediente, travieso e impaciente. Me he dado cuenta que últimamente está pidiendo más atención y al no obtenerla con facilidad, abundan las intensidades negativas. Es un desafió enorme que se me ha presentado. Por un lado, quiero que Benito avance en sus deseos de ir aprendiendo, pero, por otro lado, no quiero que Agustín (y los demás pequeños) sienta que nadie le presta atención. El dilema es que no le puedo pedir a Agustín que se interese por las mismas cosas que Benito. ¿Qué se hace? Actividades distintas. De acuerdo, pero en la práctica me he percatado que al ser tan pequeños, necesitan supervisión continua, y no es tan fácil guiar actividades paralelas sin que uno de los dos se desconcentre y quiera meter las manos en lo que está haciendo su hermano.

De más está decir que traté de sacarle provecho a los valiosos minutos que tuve para estar a solas con Agustín. Sacamos papel y témpera para dedos. Traté de presentarle los colores primarios (siendo el rojo su favorito) y luego lo dejé que él guiara el barco. Me pedía, con su clásica impaciencia, que le pintara las manitos una y otra vez. Y lo vi disfrutar. Se deleitaba no sólo por lo que sus manos iban creando si no que también porque hace mucho tiempo que no lograba tener mi atención en un 100%. De hecho, cuando llegó Francisco, inmediatamente le cambió el carácter y volvió a ser Agustín el destrozón.

Dicen que todos los días se aprende algo nuevo en la vida. No sé si es tan literal, pero claramente aquí hay una lección. Una tarea pendiente que tenemos con mi marido. No nos podemos dejar estar. Los chicos necesitan tiempo a solas con sus padres y, de alguna forma, nos las tenemos que ingeniar para darles eso. Creo que los pros de tener una familia numerosa son superiores a los pros de tener una pequeña. Pero como todos sabemos, la vida no es perfecta. Como padres lo único que realmente tratamos cada día, es de darles lo mejor a nuestros hijos. Lamentablemente a veces lo que tenemos para dar no es lo más apropiado, pero confiamos en que Dios nos sabrá ir iluminando para que al menos les quede en algún remoto rincón de sus recuerdos el sentimiento de que todo lo que hicimos siempre fue con amor.

kumon

photo(3)

Una vez establecido lo obvio (amo los libros), debo admitir que no es fácil vitrinear, leer y elegir libros para avanzar en la educación que le queremos dar a los chicos en casa. Queremos que sean bilingües, por lo que siempre estoy buscando libros en inglés en Amazon (no compro muchos libros de educación en español básicamente porque creo que al ser su lengua nativa, irán aprendiendo los conceptos en español por sí solos).

Pero eso no es suficiente para limitar el universo de material disponible. Es más, estoy segura que se ha editado infinitamente más sobre educación en Estados Unidos que en todos los países de habla hispana juntos. Así que hay para todos los gustos. Con J, mi marido, estamos tratando de brindarles una educación a los chicos que cumpla con los contenidos mínimos del Ministerio de Educación chileno. Pero queremos algo más que eso. Queremos que los pequeños realmente aprendan a amar el estudio. Queremos que su curiosidad innata los lleve a cuestionarse todo y a querer saberlo todo. Queremos que ese mismo ímpetu los guie para que siempre sean capaces de encontrar la Verdad.

Ya he escrito sobre esto anteriormente (véase la entrada let kids be kids), pero no puedo evitar repetirlo. Muchas personas que han sabido sobre nuestro proyecto de educar en casa temen por la falta de sociabilización que tendrán los chicos y lo poco preparados que estarán para el mundo. Pues bien, ante eso, 2 cosas, la sociabilización de una persona no pasa necesariamente por un recinto educacional formal (¿por qué tiene que ser el colegio el único ente socializador?). En segundo lugar, no nos interesa preparar a los chicos para este mundo. Mirando las cosas fríamente, no es como que el mundo ande muy bien. Quizás queremos que vivan como nunca vivimos nosotros: con las miras en Dios, reconociendo la Verdad y amando el mundo no por el mundo en sí si no por el regalo que Dios nos ha dado.

Y con todo eso en mente, viene otro factor más. No queremos reproducir la educación que entregan los colegios (de ser así, sería más fácil enviarlos a cualquier colegio ¿no?). Esto principalmente porque queremos mantener vivo el interés de los chicos. Queremos que no pierdan la chispa que tienen hoy. Si los tapizamos con formalidades el aprender pasará a ser una vil “tarea” y como tal, será, indudablemente, despreciada. Si, en cambio, logramos que el aprendizaje se haga con pasión entonces la educación pierde su connotación tediosa y aburrida y pasa a ser un juego.

Por lo mismo, he tratado de tener cuidado a la hora de comprar material. He tenido algunos bajones en los que más habría valido poner esos dólares en el basurero. Pero dentro de todo, creo que hasta el momento no nos ha ido tan mal con la elección de libros. Uno de los últimos que compré son los “Kumon Worbook”.Es la historia de un padre y profesor japonés (Toru Kumon) que en su momento se vio enfrentado al desafío de enseñarle a su hijo matemáticas ya que estaba atrasado para su nivel escolar. Así, el señor Kumon se las ingenió para hacerle pequeños ejercicios de 20 minutos diarios a su hijo. Con cada ejercicio la materia se iba poniendo más difícil, por lo que Takeshi, el hijo, no sólo fue aprendiendo por sí solo si no que también fue ganando confianza. Como es de esperarse, la historia tiene un final feliz, Takeshi logró hacer cálculo cuando aún estaba en sexto básico. Ha sido tal el éxito del método del Señor Kumon, que no sólo tiene libros, también cuenta con “Kumon Centers” en algunos lugares.

Pues bien, se me hizo atractiva la idea del aprendizaje por sí solo. Algo parecido un poco al método Montessori. Así que compré varios workbooks y la verdad es que me ha ido bastante bien con Benito. En algunas cosas lo dejo 100% solo (como en el caso de aprender a cortar y de aprender a escribir las letras mayúsculas), pero en otros casos lo voy guiando ya que aún le falta aprender más (en el área de los números aún estamos aprendiendo a aprender juntos).

Me ha sorprendido gratamente el señor Kumon. Tenía mis dudas respecto a qué tan buenos serían los libros ya que trato de evitar el tema de las hojas de trabajo (worksheets, lo escribo en inglés porque no estoy segura de estar haciendo bien la traducción). Pero la verdad es que se escapa bastante al trabajo tradicional. A demás, no puedo dejar de mencionar la calidad de las hojas y la atractiva estética que tienen los libros.

En las actividades que más disfruta Benito, tengo que pararlo y decirle que sigamos mañana. Porque creo que si fuera por él, estaría todo el día haciendo lo mismo. Ahora bien, falta motivarlo más en las áreas que aún no le interesan mucho. Pero supongo que ese trabajo me corresponde a mí y no al señor Kumon. Quizás algunos educadores en casa más progresistas me dirían que no fuerce a Benito a indagar en las temáticas que no son de su interés y que solo preguntará por ellas cuando esté listo. Me encantaría tener esa mentalidad, pero también debo ser fiel a quien soy. Quizás en unos años más logre ese nivel de relajo. Por ahora, Benito tendrá que afrontar las consecuencias de ser el primogénito (con todo lo bueno y lo malo que eso pueda acarrear).

Previous Older Entries