soñar

Hay algo peligroso en el amor incondicional entre una madre y su hijo. Cuando conocemos a los nuestros, vamos descubriendo sus virtudes, aquello que los mueve, sus pasiones. Pero también somos cómplices de sus carencias. Como madre, me esfuerzo en que mis hijos sean cada día mejores personas. Que luchen por abandonar sus defectos y que se realicen en los dones que Dios les ha dado.

El camino, aunque hermoso, carece de facilidad. Como en toda relación, a la vez que voy conociendo a los míos, ellos también me van descubriendo a mí. Son los que están a mi lado las 24 horas. Me observan en mis mejores y en mis peores momentos. Conocen lo bueno y lo malo que hay en mí. Frente a ellos no puedo usar máscaras ya que de usarlas sería tan absurdo como intentar esconderme de mi misma. Me han visto actuar con mi mayor fortaleza, pero también en los instantes más vulnerables.

Falta darnos un respiro. No por cansancio hacia el otro, no por aburrimiento, no por desazón. Si no, simplemente, por una necesidad lúdica. No puedo contentarme con dejarlos ser. Son mis hijos. Soy su madre. Si el rol de una madre no es educar y guiar a sus hijos, entonces creo estarme perdiendo en un ininteligible laberinto. Si alguno de mis hijos no cree en sí, entonces yo creeré por él a tal punto, que mantendré la esperanza que eventualmente él también creerá. Y si se cae, le tenderé la mano. Y si quiere cerrarme la puerta, la golpearé con tal fuerza que si no la abre, la derrumbo. Porque no estoy dispuesta a rendirme ante ninguno de ellos. Los amo y en ese amor lo que más aspiro es que estén cerca de Dios. Teniéndolo a Él no les faltará nada. Pero en esa batalla por su felicidad, a veces hay que saber detenerse. Dedicarse a la contemplación del momento, del otro y de los demás. Dejarse llevar aunque sea unos instantes por los sentimientos. Hablar. Volverse a reencontrar. Abrazarse. Mirar las nubes e imaginarse historias. Soñar.

la madre sin madre

Perdí a mi madre a los 10 años. Fue demasiado el tiempo en que la necesité con rabia. El tiempo y Dios fueron los únicos capaces de sanar esa herida. Como ocurre con la mayoría de las personas, al crecer, ya no tuve esa necesidad insaciable de tener a mi madre conmigo. Sin embargo, creo que jamás la extrañé tanto como cuando nació mi primer hijo… el segundo y el tercero también. Probablemente volveré a extrañarla cuando llegue el cuarto. Porque hay algo que sólo una madre le puede transmitir a una hija que acaba de dar a luz. Sin importar el cariño y las buenas intenciones de las demás personas, la madre es irremplazable. Quizás porque es ella la que nos parió, quizás porque sólo ella nos conoce en lo más íntimo, o quizás porque ese cordón que nos unió a ella durante 40 semanas se corta pero no desaparece.

Cuando nació Takashi Benito escribí algo al respecto…

Te miro a través de la ventana mientras le doy espacio al humo del cigarrillo que se escapa de mi boca y se enreda en mi pelo. Veo cuan delicado eres. Quiero romper ese vidrio y tenerte en mis brazos. Perderme en tus ojos que me recuerdan incansablemente al amor de mi vida. Quiero tenerte cerca. Sentir tu cuerpo junto al mío y que nuestros latidos se fundan en uno. Quiero tomarte y calmar tu mirada ansiosa. Pero esa maldita barrera de cristal me impide acercarme. Tengo que contemplarte de lejos. Mis temores son el gran impedimento para amarte libremente. Pero ahí estás tú. Silencioso, atento, esperando con paciencia infinita que supere los miedos y acuda a tu encuentro. Decido apagar el cigarrillo a medio camino y me levanto. Me acerco un poco más al ventanal. Estás tendido en la cama y estiras ambos brazos hacia arriba. Quieres agarrar algo o a alguien. No lo sé bien. ¿Me estarás buscando a mí? Me aterra tu necesidad y sin embargo necesito sentirla. Necesito saber que dependes de mí así como yo dependo de ti. Hay un lazo inquebrantable que me hace amarte con locura. Ya no eres parte de mi cuerpo pero sigues siendo parte de mí. Siento que no hay salida. Estás aquí para quedarte y esa es mi bendición. Necesito a mi madre. Sí, es a ella a quien busco para que tomando mi mano me guíe a tu encuentro. Cierro los ojos para no seguir buscándote. Me empapo de calor. No sé de dónde viene esa sensación cuando el otoño ya asoma sus primeros rayos. Pero me dejo llevar. Sigo con los ojos cerrados y lloro sin derramar lágrimas. Finalmente la veo… más bien, la siento. Me da ese abrazo que tanto necesito. Me susurra las palabras de amor que sólo una madre es capaz de dar. Emulando a una marioneta, ella va dirigiendo mis pasos. Me aleja de la ventana y me permite entrar. Me acerca a ti. Me sonríe y me dice que le recuerda a la primera vez que me tuvo en sus brazos. Me hace abrir los ojos y toparme contigo. Sigues ahí, indefenso, moviendo tus brazos y tus piernas tratando de alcanzar un cuerpo amigo. Aunque temo quebrarte, te tomo. Doy un gran respiro y te acerco a mi cuerpo. Estoy completamente perdida en ti. Tu pequeñez tiene una grandeza indescriptible. Ahora sí salen las lágrimas. Te abrazo con fuerza, beso tu cara y vuelvo a buscarla a ella. Quiero agradecerle. Pero ya se ha ido. Ha vuelto a desaparecer. No importa, ahora te tengo a ti. Sin estar aquí ella logró traerme a tu encuentro. Y ahora que te tengo no te vuelvo a soltar. Este abrazo que nos une aquí y ahora no se puede romper ni con la distancia más grande. Eres mi aliento.