el juego

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Hay algo indudable: a los niños les gusta jugar. Mediante el juego conocen el mundo, adquieren conocimiento y obtienen nuevas destrezas. Para ellos el juego es, bueno, juego. Lúdico, sin trabas, sin reglas ni orden. En el juego son 100% ellos mismos. No existen los miedos ni las obligaciones. La creatividad y la imaginación son los únicos límites. Muchas veces, quizás más de las que me gustaría admitir, el juego implica “meter las manos en la masa”. Correr, gritar, caerse, golpearse, llorar, ensuciarse. Mientras ellos hacen de las suyas, yo los miro. Pienso en todos los infinitos peligros a los que son expuestos. Todas aquellas posibles enfermedades gastrointestinales que pueden agarrar debido al sinnúmero de objetos que se meten en sus bocas. Infecciones de toda índoles. Golpes que pueden terminar en machucones, esguinces, sangramientos. Los miro y respiro profundo. Debo dejarlos ser. Soy algo obsesionada con el orden y la limpieza, no me es fácil hacerme un lado. Debo morderme la lengua para no gritarles una y otra vez que tengan cuidado o que no hagan tal y cual cosa. Debo amarrar mis manos para no tomarlos en brazos y sacarlos de ahí. Debo anclar mis piernas para no ir corriendo tras ellos y asegurarme, en mi estúpida obsesión, que no están haciendo nada peligroso. Sufro. No lo puedo negar. Sufro como loca. Se me viene a la mente la el cuadro “El grito” de Edvard Munch. Finalmente, después de lo que parece un tiempo infinito, se aburren y vuelven a mi lado. Me cuesta reconocerlos tras el barro y la mugre que llevan pegados a sus cuerpos. Están helados debido al agua que se ha ido enfriando en sus pequeños cuerpos. “¡Genial! ¡Se agarrarán un catarro!” pienso sin decir palabra. Luego les miro sus caritas. Esas sonrisas que no logran desprender de sus rostros. Ahí está todo lo que necesito. Sólo ahí entiendo que ni el peor de los resfriados puede superar a la alegría de mis chicos siendo niños. Sonrío con ellos, aunque sé que la próxima vez volveré a sufrir hasta que nuevamente llegue ese momento en que logro mirar la dicha en sus ojos por haber ido a jugar libremente.