la entrega

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*cuadro de Giotto

o cómo intentamos educar en la fe…

Creo que no hay duda respecto a qué debe hacer un padre con sus hijos: entregarle lo mejor. Y ¿para qué? Esa es la pregunta de fondo. ¿Qué queremos entregarle realmente a nuestros hijos? Porque lo mejor es con respecto a algo. Mis padres me entregaron lo mejor que pudieron para que yo estuviera preparada para el mundo. Cuando falleció mi madre y mi padre pasó a ser aún más ausente de lo que siempre había sido, fueron mis abuelos maternos quienes tomaron ese rol. Y les estoy eternamente agradecidos: a mis padres porque en su momento se esforzaron por darme todo lo que alguien pueda necesitar materialmente y a mis abuelos porque me acogieron cuando estaba en la calle. Ahora yo soy madre y mi marido, obviamente, es padre. Y nos topamos con esa interrogante: el darle lo mejor a nuestros hijos.

Y nuevamente: ¿para qué? Y eso es lo que nos cuesta tanto explicar a los demás. No queremos preparar a nuestros hijos para el mundo. Queremos prepararlos para lo que viene después de esta vida. Y no, no somos de una secta y tampoco somos enfermamente misóginos. Pero Dios nos ha concedido el regalo más hermoso: la fe. Y queremos luchar por ella. Para mí no ha sido fácil encontrarla… o más bien, no fue fácil permitir que la fe entrara en mi. Y ahora la tengo dentro y sé que debo cuidarla porque es frágil y uno se puede perder en el camino. Si bien es cierto que el hombre es tanto alma como cuerpo, quiero desprenderme de la materialidad enfermiza a la que me impulsa el mundo. Valorar lo importante, maravillarme con el mundo al permitir que mis ojos vuelvan a ver como los de una niña. Olvidarme del consumo por el consumo. Entender y vivir de acuerdo a lo que creo. Darle más espacio a Dios en mi vida, en fin, darle todo el espacio. Porque quiero que mis hijos vean eso, que vivan eso, que crean con la fe que tan tarde vine a tener yo.

Pero cómo le explico todo esto a quien no tiene fe. No lo sé. Quizás no se pueda. Quizás lo logre aceptar, pero jamás comprender. Doy gracias a Dios porque con mi marido navegamos hacia el mismo destino. A veces podremos discutir y dejar que las palabras digan más de lo que realmente sentimos, pero al final de todo, queremos lo mismo: para nosotros y para nuestros hijos. Nos encantaría poner a todos nuestros seres queridos dentro de nuestro barco, pero ya han dicho que la fe, como la verdad, no la puede encontrar el hombre, sino que es la fe y la verdad la que encuentra al hombre. Lo que el hombre debe hacer es mantener su corazón dispuesto a recibirla.

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