la monarquía del caos

photo(5)

Y porque los milagros también existen, finalmente pude tener tiempo para estar a solas con Francisco. Ahora ESO no pasa muy a menudo. Es más, no recuerdo si alguna vez había podido estar realmente sola con él. Pues bien, cosas de la vida, Pío dormía y Javier salió con los 2 chicos más grandes. Así que estuve con mi tercer pequeño. Me sentó en el suelo y se puso entre mis piernas para que le leyera sus libros favoritos… una y otra vez. A la tercera repetición ya estaba lista para arrojar los libros por la ventana, pero Francisco parecía una máquina insaciable de la repetición y monotonía literaria.

Cuando nos aproximábamos a la cuarta ronda, decidí tomar cartas sobre el asunto. Saqué los bloques plásticos y nos pusimos a armar torres. Ahí estuvimos un buen rato. Como pocas veces, Francisco estaba tranquilo. Adiós a los llantos, a los gritos y a los quejidos. Reinaba la paz. Pusimos música infantil y mi delicioso hijo bailaba y aplaudía al ritmo de Mazapán.

En esa estábamos cuando llegaron Benito y Agustín con su padre. Transformación total. Gritos desenfrenados y llantos injustificados invadieron mis desgastados oídos. Pero entremedio de ese alboroto, también pude oír esos gritos alegres que sólo los niños saben dar. Esas risas contagiosas que emanan de sus bocas sin razón alguna. Los miré y ahí estaban: los ojitos chispeantes que me inundan de alegría. Sí, volvió el caos, volvió el alboroto y los desquiciados gritos que hacen de esta casa un manicomio. Pero junto a ello, volvió mi equilibrio y mi alegría. Sé que este estilo de vida en donde el desorden parece ser el gran dictador no es para todos, pero es para mí… es para mi familia, es para nosotros. Porque detrás de ese aparente desorden hay un orden, nuestro orden, nuestro centro y sin él la vida pierde sentido.

¡espuma!

photo(1)

Siguiendo con los panoramas de verano… Me cuesta salir de casa. Gracias a Dios tengo los medios para movilizarme con los 4 chicos, pero la verdad es que aún no se me hace tan fácil ni cómodo debido a que Pío está muy pequeño (cumplirá 6 meses en febrero). Mi marido trabaja así que tampoco puedo pedirle que falte a sus labores para que nos acompañe en aventuras fuera de casa. Básicamente las salidas las dejamos para algunos fines de semana o cuando tenemos visitas.

En el día a día me encuentro en casa con los chicos. Como toda madre sabe, eso puede ser un poco complicado cuando se tienen niños que lo único que quieren es experimentar nuevos y emocionantes sucesos. Intento hacer lo que se pueda con lo que tengo. Y ahí es donde el calor vuelve a darme una mano (¿seré muy mal agradecida por no querer al verano a pesar de todos sus beneficios?).

En invierno uno baña a los niños lo justo y lo necesario. No deben estar mucho rato dentro del agua porque sus cuerpecitos se pueden enfriar. Y cuando los sacamos de la tina, lo hacemos a la velocidad de la luz para que el cambio de temperatura no les haga daño (o al menos eso dicen que hay que hacer, admito que quizás soy demasiado despreocupada en este último punto). Pero en verano, ahhhh, la cosa cambia. Largos de baños de espuma acompañados de los juguetes adecuados. Para felicidad mía, mis hijos también tienen la opción de acompañarse entre ellos. Los baño de a dos. La espuma por sí sola basta para darles varios minutos de entretención. Luego, los juguetes… y más encima la amistad que comparten entre ellos. Eso es suficiente para que estén bastante rato entretenidos sin mayores preocupaciones para esta madre. Por supuesto que no les saco los ojos de encima (sentido común: están en un espacio con agua), pero mientras los chicos estén felices, también lo estoy yo. Y todos nos relajamos.

No exagero cuando digo que los peques han pasado casi una hora metidos en la tina. Cuando las temperaturas están sobre los 25 C no me tengo que preocupar de la temperatura del agua ni que ellos estén pasando frío. Los dejo disfrutar y jugar. Eso sí, debo advertir, dos inconvenientes: el piso del baño quedará hecho una piscina y, para terminar, la salida de la tina será una batalla campal. Los niños se entretienen tanto, que después no quieren salir. En ocasiones se producen algunas discusiones familiares subidas de tono (yo tratando de hacerlos entrar en razón mientras ellos gritan por sacarlos del agua), pero nada que un buen beso de buenas noches no pueda solucionar.

¡jugar!

tyk

Cualquier madre con mediano sentido común sabe que tener un hijo es la bendición más grande que uno puede tener. Es un regalo que Dios ha puesto en nuestro camino con el fin de amarlo siempre reconociéndolo como alguien distinto a uno. Bien es sabido que tener familia es un trabajo, un esfuerzo por el que uno lucha día a día sin menospreciar las enormes gratificaciones que ello conlleva. A la vez, si uno pone el mínimo de tiempo con los hijos, rápidamente se dará cuenta que en gran medida hay que recordar lo que es jugar. Volver a ser niño. Sentarse en el suelo, armar historias y mundos fantásticos y, aunque a veces cueste, saber relajarse. Entender que los niños son, bueno, niños. Que para ellos las reglas no están establecidas como lo están para uno. Que si uno quiso jugar al barco pirata pero resulta que el niño decidió que el barco era en realidad una nave espacial, entonces hay que dejarse guiar por el pequeño.

Gracias a mis hermosos chicos he recuperado la niñez que la vida no me permitió completar. Sí, en reiteradas ocasiones aflora mi sentido adulto y me canso de los juegos, pero hay algunas entretenciones que simplemente no me logran aburrir. Una de ellas son los lego. Cuando pequeña jamás tuve legos. Sabía de su existencia, pero en realidad fue mi marido quien me introdujo en el fascinante mundo de esas pequeñas y maravillosas piezas plásticas. Hoy alucino con la línea “Duplo” y, para deleite mío, a los chicos también les encantan. Pueden armar y desarmar (lamentablemente cuando son muy pequeños el “desarmar” generalmente termina en frustración porque no pueden “armar” nuevamente, pero con el tiempo van aprendiendo la destreza necesaria y sienten una enorme gratificación cuando logran dominar el juego) y crear lo que ellos quieran. Casas, autos, cohetes, barcos, árboles, en fin, la imaginación es el límite. Con los chicos podemos estar fácil una hora o más jugando con estos fascinantes pedazos plásticos.

Otra actividad que disfrutamos con los chicos son las historias. Generalmente nuestras mañanas implican estar al menos unos buenos 40 minutos leyendo cuentos, poniéndoles efectos especiales con sonidos y relacionándolos con los juguetes que tienen en casa. En otras ocasiones las lecturas son más calmadas (esas son las que en estos instantes le gustan a Agustín y que admito me derriten el corazón). El pequeño se sienta entre mis piernas y apoya su cabecita en mi cuerpo y comenzamos a leer. Cuando logro verle el rostro me sorprende lo concentrado que está escuchando y viendo los dibujos. Realmente vale la pena leer los mismos cuentos una y otra vez cuando uno percibe cuánto lo disfrutan los chicos.

Para terminar, simplemente mencionaré el colorear o pintar. No conozco niño que no lo disfrute. Las diferencias de caracteres afloran en esta manualidad. Benito quiere que yo le dibuje los objetos que él me atrae; en muy pocas ocasiones toma él los colores y le da rienda suelta a su creatividad. Al principio me afligía un poco esta situación, pero luego algo me hizo recordar que yo era igual. Me encantaba ver cómo los adultos lograban plasmar objetos en el papel a partir de simples líneas (mis padres eran bastante buenos para el arte, y para quienes viven en Chile, una de las pocas cosas que me gustaban del profesor Rosa era cuando dibujaba en su atril). Agustín por su parte anda “robando” crayolas y tengo que correr detrás de él para no encontrarme con una extraña sorpresa en algún muro de la casa. También debo tener máxima precaución con el suelo, ya que si el gateador de Francisco pilla algún lápiz de color, inmediatamente lo toma en sus manos para echárselo a la boca.

Si alguien me preguntara qué es lo que hace más feliz a mis hijos, diría sin dudar que jugar con sus padres. A veces pueden jugar solos o entre ellos, pero las veces en que los he visto rebosar de alegría ha sido cuando mi marido o yo nos sentamos con ellos y jugamos prestándoles el 100% de nuestra atención (eso implica dejar de lado el celular o cualquier distracción “adulta”). No siempre es fácil entrar en el mundo lúdico. En ocasiones falta imaginación, ánimo, energía, juventud, etc. Pero nadie dijo que tener hijos fuera jauja. Dicen por ahí que los niños crecen más rápido de lo que uno quisiera y con mis pocos años de maternidad encima me atrevo a confirmar esa afirmación. El día de mañana no quiero que recuerden el hogar como un lugar pulcro, ordenado y limpio. Quiero que recuerden que sus padres estuvieron ahí con ellos, que los amaron incondicionalmente, que jugaron y se rieron con ellos, que aún cuando estaban cansados o con otras obligaciones supieron dejar todo de lado porque sabían que los hijos son lo más importante. Todo lo demás intento que se vaya solucionando en el día a día.

tv detox

minoru

Recuerdo que mi niñez fue bastante solitaria. Si bien es cierto que tenía (y gracias a Dios aún tengo) dos hermanos, jamás compartimos mucho nuestros mundos. Siendo ellos hombres y yo la única mujer y más encima la menor, simplemente no coincidíamos en nuestros juegos. Tengo uno que otro vago recuerdo de mi hermano del medio jugando conmigo o, cuando ya era más grande, los tres jugando “La gran capital” hasta que el mismo hermano del medio se desesperaba porque iba perdiendo y lanzaba lejos el tablero que nos había acompañado durante días. Pero esos recuerdos los siento como excepciones que disfrutaba al máximo cuando se daban. Lo que si tengo como una constante es estar sentada sola en el piso de mi dormitorio jugando con mis muñecas. Inventando mundos, historias y dramas que dejarían chico hasta a Corín Tellado. Sí, había momentos en que me sentía sola o en que me aburría de mis propias historietas, pero generalmente lograba pasar el día entretenida jugando. Lo que no logro percibir es desde qué edad son esos recuerdos.

Hoy veo a mis hijos y los dos más pequeños (Agustín de 21 meses y Francisco de 10 meses) logran entretenerse gran parte del día. Hay momentos en que necesitan a su madre, y por supuesto que ahí trato de estar (dentro de lo que una casa, 3 hijos y un embarazo me permiten), pero también puedo confiar en que no requieren que su madre esté todo el día con ellos. Sin embargo Benito, de 3 años, es otra historia. Cuando quiere puede jugar solo o con Agustín, pero lo cierto es que es extremadamente dependiente de su madre. No puedo echarle la culpa a él, seguramente se ha dado porque siendo el primero y yo viniendo de la familia que vengo, lo he sobreprotegido con creces. Es un niño encantador, con un corazón de oro y con una gran capacidad para percibir las cosas. Pero si su madre no está 100% pendiente de él, se transforma. Se pone irritable, llora, pelea, hace destrozos. Cualquier cosa para llamar la atención. He intentado retarlo, castigarlo, hablarle calmadamente e ignorarlo. Lo único que algo me ha servido es el ignorarlo (digo más o menos porque en ocasiones sirve y en otras el llanto simplemente no cesa). Para colmo, su frustración se traspasa a los más pequeños. Finalmente termino con tres niños llorando sin que ninguno tenga un motivo real para hacerlo.

He aquí mi confesión: en mi desesperación he recurrido a la televisión. Nada contra ver una serie o una película de vez en cuando, pero en el último tiempo he pegado a mis chicos a la pantalla. Me ha permitido tener algo de tiempo para mí, tenerlos a ellos tranquilos y hacer las cosas que se requieren para al menos mantener una casa decentemente. Pero ayer mi marido se dio cuenta que la situación se está saliendo de las manos. Los chicos no están siendo niños. Francisco es el que más se salva porque al ser tan pequeño no tiene tanta capacidad de concentración. Agustín de vez en cuando se aburre y sale al jardín a explorar (cosa que debería estar haciendo gran parte del día). Benito por su parte, comienza a perder la capacidad de imaginar. Pide una y otra vez las mismas películas. Al sabérselas de memoria, ya no las mira. Pero de alguna forma explota si se las cambio (cosa que igual hago para que no se quede pegado con lo mismo). Para colmo, cuando juega lo que hace es imitar lo que ve en la TV. Sí, se ha transformado en un problema. Quiero revertir la situación. Mi marido me ha dicho que deje más de lado la casa, la verdad es que no sé si pueda hacer eso (objetivamente hago lo mínimo para que la casa pueda seguir funcionando), pero lo que sí puedo hacer es ingeniármelas para encontrar nuevas actividades para que los chicos hagan.

Indagando en el oráculo (a.k.a. Google), encontré algunas ideas que proponen otras madres de familias numerosas (debo admitir cierta vergüenza al ver que hay mujeres que tienen el doble o más de hijos que yo y parecen no colapsar, pero bueno, cada quien tiene su carácter).

He aquí algunos descubrimientos que puedo agregar a los que ya había escrito en otra ocasión (para revisar el antiguo post, ver aquí):

  1. Que los chicos escriban un libro. De acuerdo, esto con suerte lo podría hacer Benito a estas alturas ya que los otros dos están demasiado pequeños. Pero quizás podrían inventar una historia con dibujos hechos por ellos o con recortes de revistas. Habrá que intentarlo.
  2. Actuar un libro. La idea me parece fascinante, pero me falta que al menos uno de ellos hable. De lo contrario, quizás se pueda reemplazar si la mamá (ejem, YO), actúa y ellos me imitan.
  3. Comprarles libros con audio. Nunca lo he hecho, pero sí les leo bastante durante el día, especialmente a Agustín que ha descubierto hace poco el encanto de la literatura.
  4. Hacer una casa club (en el jardín o en la casa). Esta idea me gustó mucho. Creí que los chicos disfrutarían mucho metiéndose en una carpa casera. La verdad es que a Francisco le encantó, Benito simplemente la miró y mi querido Agustín fue corriendo para abalanzarse sobre ella (tiene una fascinación por las sábanas, almohadas, plumones, colchones y todo lo relacionado con el dormir… no puede evitar NO tirarse encima).
  5. Hacer una obra de teatro con títeres o peluches. Genial, aunque nuevamente, por la edad y la falta de lenguaje, tendré que ingeniármelas yo. Pero sé que lo disfrutarán.
  6. Hacer un picnic o una fiesta de té en la casa o en el jardín. ¡Sí!
  7. Que jueguen con plasticina. ¡Genial!
  8. Que ayuden a hacer las labores de la casa. Con Benito es con el único que por ahora me funciona. Aunque al poco rato empieza a limpiar a su manera, admito que lo disfruta.
  9. ¡Bailar!
  10. Que hagan obras de arte. Nada mejor los Picassos infantiles. Hoy me auto-regalé el primer cuadro de Benito hecho con plumones (siempre usa crayolas o témpera).
  11. Invitar a un amigo o amiga de los chicos.
  12. Cambiar los muebles de sus dormitorios de posición, dejando que ellos decidan el orden de éstos.
  13. Que hagan cosas con cajas de cartón (pueden ser castillos, barcos, naves espaciales, etc.)
  14. Esconderles cosas y que tengan que ir a buscarlas haciéndoles un mapa escrito o con dibujos si no saben leer. TENGO que intentarlo.
  15. Que ayuden a cocinar. La idea me parece genial, pero aún no logro encontrar algo en lo que puedan ayudar siendo tan pequeños, más que mal, la cocina está llena de peligros.
  16. Que no hagan nada. Entiendo el punto. La vida no es jauja y es bueno que ellos aprendan a tener iniciativa propia… sólo pido la paciencia que no tengo para no colapsar en el intento.

Esto es lo que he encontrado por ahora. Seguiré buscando, indagando, leyendo y preguntando. Porque bueno, con los chicos, uno puede partir con la idea de hacer algo determinado y resulta que ese algo termina en cualquier cosa menos en lo que debía ser. Admito que a veces me frustro un poco con eso, pero todo el malestar se disipa cuando veo lo bien que lo están pasando ellos. Después de todo, esto de las actividades es para que ellos se entretengan y, si se puede, aprendan compartiendo.

había una vez dos hermanos…

grito

*Para Benito, Agustín y Francisco, quienes aún en su silencio llenan mis días de alegría… y un especial agradecimiento a mi queridísima amiga y comadre Maga por la idea.

Había una vez dos hermanos que no querían hablar. Habían logrado tal cercanía que se comunicaban entre ellos mediante sonidos y gestos que articulaban de la misma manera. Sus padres, desesperados, intentaron de todo para incentivarlos a hablar. Les leían muchos libros, les hablaban todo el día, les cantaban y se aseguraron de enseñarles nuevas palabras con la esperanza de que alguna de ellas les fuera a caer en gracias e intentaran decirla. Pero nada funcionaba.

Entonces los padres tomaron decisiones aún más drásticas. Pensaron que dándoles un gran impacto la cosa cambiaría. Los llevaron a la luna, a recorrer el mundo en bote, a sumergirse en las profundidades del mar, a volar como las aves, y, cuando nada de eso parecía tener efecto, les hicieron una gran fiesta sorpresa. Pero no lograron disipar el silencio de los hermanos.

Los pequeños dejaron de ser tan pequeños pero sus labios seguían sellados. De alguna extraña forma los chicos lograban hacerse entender, incluso con personas que no los conocían tan bien. La situación comenzó a ser insostenible, pero los padres, sin saber qué hacer, decidieron darles un tiempo. El padre tenía la certeza en su corazón que sus hijos hablarían cuando estuvieran listos, pero la madre no era tan optimista. Simplemente no podía imaginar el día en que los chicos fueran a hablar. Mamá estaba tan acostumbrada a percibir el silencio de sus hijos que en su cabeza no le cuadraba que algún día fuera a escuchar la voz de los pequeños.

En las noches la madre soñaba que escuchaba la voz de sus hijos. Cuando despertaba y se daba cuenta que todo había sido una ilusión, sentía cierta pena no porque no amara a sus pequeños, si no por la incertidumbre que le causaba la situación de la mudez. A veces lloraba, sintiendo vergüenza por la duda que la invadía ya que sabía que debía estar agradecida por los maravillosos hijos que tenía.

El más pequeño de los niños no se daba cuenta de la preocupación de sus padres, pero el mayor a veces percibía lo que sus padres sentían. En esos escasos momentos miraba fijamente a sus padres e intentaba pronunciar algo, pero no lograba articular palabra. Cansados, los padres decidieron no presionarlos más.

Pasaron las semanas, los meses y los años. El mayor tenía 3 años y el menor casi 2. El hogar, que había sido un lugar lleno de risas y anécdotas, comenzó a apagarse. Los niños no hablaban por lo que la madre no tenía con quién conversar. Papá trabajaba gran parte del día así que tampoco él podía aportar con sus palabras. Nació el tercero de los pequeños y sus padres no se cuestionaron si hablaría o no, daban por hecho que sería mudo como sus hermanos. Ahora la cosa se ponía más oscura: los chicos ya no lograban hacerse entender. Sus padres, desgastados con la situación, tampoco intentaban comprenderlos. El silencio comenzó a incomodar a la familia. Los hermanos estaban más sensibles por lo que lloraban constantemente. Cansada, mamá se puso aún más silenciosa. Cuando las cosas parecían no tener vuelta atrás, el mayor de los niños se dio cuenta que tenía que hacer algo. Si nadie hablaba en casa entonces el silencio sería lo único que tendrían. Desesperado, comenzó a gritar “AAAAAAAAAAA”. Su madre lo miró sin entender. Al ver que no tenía respuesta, siguió con la “B”… y así con todo el abecedario. Sorprendida hasta los huesos, la madre no dijo nada, pero empezó a cantar esperando que su hijo se le uniera. Felices, los chicos imitaron a su madre y se pusieron a cantar con ella. No lograron terminar la canción cuando los hermanos mayores comenzaron a hablar como loros parlanchines. Desde ese día, los niños jamás volvieron a ser mudos, es más, nadie recuerda los días de su inagotable silencio. Sus padres los miran y no logran recordar cómo era la vida cuando sus hijos no hablaban. Es que hoy, simplemente no hay quién los haga guardar silencio. Y así, la dulce voz de los chicos ha llenado el hogar del más hermoso sonido y de las risas más contagiosas. Aunque dicen por ahí que las estrellas, siempre tan asiduas al silencio, sólo salen en las noches. Ahí cuidan a los pequeños y los contemplan mientras duermen profunda y silenciosamente.