aventura en pañales

caravana-moderna_2

Después de más de un año de planificación y tratando de que todas las aristas se alineen de manera correcta (para que al final nos diéramos cuenta que nunca encajarán todas las piezas por lo que o tomábamos la decisión o la dejábamos pasar), en marzo comenzaremos nuestra aventura.

Nos despedimos de la vida que siempre hemos tenido y nos embarcaremos con los cinco chicos a recorrer por tierra nuestro país y, quizás, otros lugares. En medio, sigue viento en popa el tema de educar en casa. Por lo que dicen los entendidos cambiamos el concepto de “homeschool” por el de “road school”.

Siguen dando vueltas las incertidumbres y temores de lo que hemos decidido hacer. ¿Qué haremos cuando se enfermen los chicos? ¿Cómo lavaremos la ropa de siete personas? ¿Cómo seguiremos con el aspecto más formal de la educación de los niños? ¿Cómo es dormir en la mitad de la nada? Y, no menos importante, ¿cuál es la sensación de, literalmente, tirar con nuestro auto nuestro nuevo hogar? A fin de cuentas, ¿cómo es vivir sin tener un lugar fijo donde llegar?

A pesar de lo anterior, creemos en lo maravilloso de esta experiencia para los chicos, para nosotros como matrimonio, y para todos como familia. Hemos leído innumerables testimonios de familias que lo hacen o que lo han hecho. Los beneficios son absurdos. Conocer otros lugares, otras realidades, relacionarse con personas de toda índole, disfrutar realmente de la naturaleza en su totalidad. Sentir que cada día es uno totalmente distinto al anterior. Aprender a vivir de manera más simple y valorar lo importante opacando lo nimio. Atreverse a ir hacia lo desconocido. Ser capaz de salir de diversas e impensables dificultades. Poder hacer todo eso, juntos, como familia… simplemente es una bendición y un regalo que no somos capaces de dejar escapar.

Algunas personas que nos quieren han manifestado sus propios fantasmas intentando demostrarnos que lo que queremos hacer es una absurdo:

  1. “¡Los asaltarán!” Como si el riesgo de ser asaltado no existiera más en las grandes ciudades que en las afueras… y, también tomemos en consideración que dentro de lo posible tomaremos las medidas para quedarnos en lugares denominados “seguros”.
  2. ¿Qué harán si los chicos se enferman? Aunque como padres esto siempre es una preocupación (pensemos en esos botiquines absurdamente gigantes que preparamos cuando vamos de vacaciones con los chicos), haremos lo mismo que hacemos acá. Cuidarlos, darles medicamente cuando lo requieran y, en última instancia si la cosa no anda bien, llevarlos a urgencia o pedir hora a algún doctor si el tema no requiere atención inmediata. Aunque la familia nos trata de visitar y ayudar cuando pueden, lo cierto es que en el día a día nos hemos tenido que batir solos. Y así como en otras ocasiones los cinco peques se han enfermado y hemos tenido que llevarlos al doctor, lo mismo será ahora. Obvio que está la incertidumbre dado que estaremos en lugares menos familiares, pero no olvidemos que la gente se enferma en todo el mundo. Salvo que sea una enfermedad catastrófica, creo que simplemente hay que atreverse.
  3. “¿Y la educación de los chicos?” Pues ya encontraremos una “rutina”. Pero saquémosle provecho al tema de que se están educando en casa.
  4. “No los veremos.” Creo que ahí la gente se equivoca. Quizás hasta nos veamos más. La diferencia será en que el lugar de encuentro irá cambiando. Un beneficio para todos ¿no?
  5. “¿De qué vivirán?” Sin ahondar en detalles, espero que al menos entiendan que nosotros, más que nadie, tomamos en consideración que nos corresponde cuidar, educar y amar a cinco niños. Si no tuviéramos el tema del dinero medianamente cubierto para darles el cuidado necesario a los chicos (y digo medianamente porque uno puede perder hasta un trabajo convencional de nueve a cinco) no haríamos esto.
  6. ¿De qué sirvió todo el esfuerzo que hicieron para llegar hasta donde están? Hay algo que los economistas llaman el “costo hundido”. Pues esto es algo así. Lo sacrificado hacia atrás o el esfuerzo por llegar hasta lo de hoy, es algo del pasado. No podemos aferrarnos a eso para tomar decisiones sobre el futuro. De manera complementaria, también se puede decir que, por muy cliché que suene, todo lo que hicimos nos ayudó a madurar y darle vida a esta decisión y a este nuevo proyecto (que de pasada nos tiene absurdamente emocionados y ansiosos).

Aunque como tantos nos han dicho, no va a ser perfecto (nada lo es). Lo cierto es que curiosamente el desafío más grande para darle vida a este proyecto no ha sido el proyecto en sí, si no el tener que afrontar los obstáculos que nos han dado algunas de nuestras personas cercanas. Varios nos han apoyado y se han alegrado por nosotros, pero son los menos. Si bien entendemos que es su manera de manifestar el amor y preocupación que nos tienen a nosotros y a los niños, también ha sido difícil asumir que nuestra felicidad se ve opacada ante los ojos de algunos de los que nos importan.

Después de muchas conversaciones entre nosotros y con Dios, tomamos una decisión. Si ustedes tuvieran la oportunidad de vivir uno de sus sueños, ¿lo hacen o lo dejan ir por los temores o lo poco convencional que pueda ser?

es que a mi hijo le gusta el jardín…

DPP_0326

De acuerdo. Lo entiendo. Queremos ver a nuestros hijos felices. Queremos que tengan una infancia idílica. Queremos que nada les duela. Los queremos ver reír, jugar y vivir una vida sin preocupaciones. Sí, habría que ser una bestia para no desear eso para los hijos.

Me he topado con más de un padre o madre a quien, al decirle que nuestra opción es la educación en casa, para las antenas y dispara, casi atacando, diciendo que ellos jamás podrían hacer eso porque sus hijos aman el jardín infantil (pre-kínder o kínder). Y en cierta forma, lo entiendo. Yo también quiero ver a mis hijos felices. También deseo darles lo mejor del universo. Y sí, su felicidad es mi meta última en cuanto a ser madre se refiere. Pues bien. Habiendo aclarado eso, ¿de dónde sacan los padres que los hijos tienen la capacidad de elegir lo mejor? Si mi hijo cree que es entretenido empujar a su hermano por la escalera, ¿lo dejaré hacerlo? O si cree que no hay nada que lo haga más feliz que saltar de un camarote al otro, ¿también lo permitiré? Los niños son niños. Por supuesto que son personas dignas de todo el respeto del mundo. Merecen ser amadas y valoradas como cualquier otro ser humano. Pero son niños. No les podemos pedir a ellos que elijan lo mejor. No es justo para ellos. Los niños merecen vivir su niñez de manera pura. Y para ello necesitan de sus padres. Son los padres quienes deben elegir lo mejor para sus hijos. Es lo que los padres, como padres deben hacer y es lo que los hijos, como hijos, desean. No sé si les ha tocado conocer a niños o adultos que en su niñez no tuvieron límites. Personas a las que les fue permitido hacer lo que quisieran. La verdad, el panorama no es muy prometedor. Generalmente son personas con falta de autoestima, carentes de cariño, buscando satisfacer ese vacío en los peores lugares.

Nuestros hijos nos necesitan. Aunque se enojen, nos “disparen” con sus armas invisibles, griten o pataleen, lo cierto es que se sienten seguros cuando les ponemos límites. Los niños tienen la necesidad de saber que sus padres o cuidadores saben lo que están haciendo y que les pueden brindar la seguridad y el soporte emocional que ellos no son capaces de darse por sí mismos debido a lo pequeños que son.

No estoy diciendo que el homeschool sea para todos. Pero no me vengan con la excusa de que no pueden optar por esa opción porque sus hijos disfrutan ir al jardín infantil o al colegio. Dejemos que los niños sean niños. Resguardemos su inocencia y su seguridad. Permitámosle apoyarse 100% en sus padres y darles la tranquilidad de que aunque a veces no estén de lo más contentos que sientan la certeza de que efectivamente los padres están haciendo lo mejor por ellos. Ya tendrán la madurez para tomar sus propias decisiones, mientras tanto, no les tiremos más carga de la que les corresponde.

soñar

Hay algo peligroso en el amor incondicional entre una madre y su hijo. Cuando conocemos a los nuestros, vamos descubriendo sus virtudes, aquello que los mueve, sus pasiones. Pero también somos cómplices de sus carencias. Como madre, me esfuerzo en que mis hijos sean cada día mejores personas. Que luchen por abandonar sus defectos y que se realicen en los dones que Dios les ha dado.

El camino, aunque hermoso, carece de facilidad. Como en toda relación, a la vez que voy conociendo a los míos, ellos también me van descubriendo a mí. Son los que están a mi lado las 24 horas. Me observan en mis mejores y en mis peores momentos. Conocen lo bueno y lo malo que hay en mí. Frente a ellos no puedo usar máscaras ya que de usarlas sería tan absurdo como intentar esconderme de mi misma. Me han visto actuar con mi mayor fortaleza, pero también en los instantes más vulnerables.

Falta darnos un respiro. No por cansancio hacia el otro, no por aburrimiento, no por desazón. Si no, simplemente, por una necesidad lúdica. No puedo contentarme con dejarlos ser. Son mis hijos. Soy su madre. Si el rol de una madre no es educar y guiar a sus hijos, entonces creo estarme perdiendo en un ininteligible laberinto. Si alguno de mis hijos no cree en sí, entonces yo creeré por él a tal punto, que mantendré la esperanza que eventualmente él también creerá. Y si se cae, le tenderé la mano. Y si quiere cerrarme la puerta, la golpearé con tal fuerza que si no la abre, la derrumbo. Porque no estoy dispuesta a rendirme ante ninguno de ellos. Los amo y en ese amor lo que más aspiro es que estén cerca de Dios. Teniéndolo a Él no les faltará nada. Pero en esa batalla por su felicidad, a veces hay que saber detenerse. Dedicarse a la contemplación del momento, del otro y de los demás. Dejarse llevar aunque sea unos instantes por los sentimientos. Hablar. Volverse a reencontrar. Abrazarse. Mirar las nubes e imaginarse historias. Soñar.

educar en casa: la opción ausente en la actual reforma educacional

il_340x270.719458582_qj6tEsta es la primera entrada que escribimos con mi marido. No sé si vendrán otras a futuro, pero me alegra que la primera sea respecto a un tema que aborda a toda la familia: la educación de los hijos.

Muchas veces creemos que ante problemas de fondo su solución es directamente proporcional a la magnitud de aquellos. En el caso de la educación, si bien hay bemoles en lo que se ha planteado y discutido hasta la saciedad, lo cierto es que prevalece en el ciudadano medio y ante todo en los padres que la mejora de la educación es una labor tan grande y difícil de realizar que el pesimismo e incluso conformismo son frecuentes de escuchar en conversaciones de sobremesa. Por ejemplo: la educación es muy costosa, pero es lo mejor que podemos dar a nuestros hijos. Este modo de afrontar la educación de los hijos es anteponer a la respuesta que se busca otro problema ajeno al problema original, ya que lo urgente no es lo mismo que lo importante. ¿Qué es más importante? Que seamos propiamente padres y madres, lo cual incluye asumir el compromiso de su educación. De lo contrario, es propio asumir que no queremos ser padres, ya sea porque privilegiamos más nuestra carrera profesional, el pago de deudas, los intereses personales, etc. O, como tanto ocurre en nuestra sociedad, dejamos la educación en manos de niñeras. Ser padre y madre no es un trabajo o una actividad que tiene fecha de término y por la cual se recibe una remuneración. Porque se es padre y madre somos primaria y propiamente educadores de nuestra extensión más íntima: nuestros hijos.

Pues bien, qué pasa si ante esos mismos padres les planteamos el hecho que sí es factible educar en casa. No me extrañaría que la argumentación insista en anteponer lo urgente por sobre lo importante. La necesidad de los cónyuges de recibir ingresos, el deseo del niño o niña de ir al colegio, el capricho de algunas madres o padres de simplemente tener unas horas solos, la imposibilidad de saber todas las materias que les imparten a los niños en colegio, la falta de infraestructura, la supuesta poca sociabilización, y un largo etcétera que sintetizo en la siguiente pregunta: ¿qué tanto aman a sus hijos? El amor implica donar, o mejor dicho, donarse por quienes amamos. Educar implica un acto de amor. Y eso incluye también reconocer que somos limitados, que efectivamente no podemos saberlo todo. Más aún, educar no tiene que ver con cuánto sabemos, sino para qué educamos. Los grandes maestros no son quienes ostentan la erudición, sino quienes saben encaminar, encauzar nuestras vidas. ¿No es lo más propio que un hijo pida consejo a sus padres antes situaciones importantes? Creo, honestamente, que la pregunta que planteo incide en mirarse a uno mismo –o mejor aún, mirarse en el esposo(a)- y experimentar el miedo, el saber que educar es una tarea tan importante que muchos no se sienten capaz de realizarlo. ¿No es acaso similar lo que experimentamos cuando estamos prontos a contraer matrimonio?: ¿nos amaremos todos los días del mismo modo que ahora?, ¿qué pasará con la relación ante el nacimiento de nuestro primer hijo?, ¿cómo lo voy a cuidar?, ¿qué debo hacer? La humildad se cruza con la gratuidad de los hijos que se nos han dado como base propicia para reconocer la natural inclinación que debe surgir de todo padre y madre por educar a sus propios hijos. Educar es acoger con disposición solícita, reconociendo quiénes somos, pero dispuestos a darnos por completo.

Pero el mundo no piensa así, ni tampoco fomenta este tipo de reflexiones. En efecto, la concepción moderna en la cual vivimos, marcadamente instrumentalista, nos ha hecho creer que los hijos deben entrar lo más tempranamente posible al mundo en el cual se irán a desenvolver. Nuevamente, lo urgente por sobre lo importante. Los tiempos se articulan de tal manera que urge por mandar a nuestros hijos fuera del hogar. Cuál una confusa idea de un proceso entendido como progreso. ¿Cuánto tiempo destinamos a nuestra familia, a nuestros hijos de los 7 días de la semana? Paradójicamente el tiempo que dedicamos a nuestras tareas profesionales es inversamente proporcional al tiempo dedicado a nuestros seres más queridos.

Que los hombres seamos seres sociales, para vivir unos con otros, que necesitemos de otros para desarrollarnos, no implica que la preparación y formación sea ajena al hogar. Al contrario, la familia es el primer núcleo social, y por ello mismo, el punto de partida debe estar en el hogar y luego, como consecuencia de lo primero, se producirá de manera gradual la natural inserción en círculos más amplios. La familia es parte de la sociedad y no una realidad ajena a ella. Educar en casa es cuestionar al mundo en el que vivimos y fomentar que las actividades se adecuen a quienes somos y no al revés.

En verdad, educar en casa no es una reforma, ni tampoco una revolución en la educación. Creo que no hay caso feliz de una revolución que llegó a feliz término. Es lo que desde tiempos previos al modelo formal de educación que conocemos se hizo en quienes buscaron educar a sus hijos. De entre los muchos casos, dos interesante y hoy casi olvidados que vale la pena recordar: Marcela Paz, quien fue durante varios años educada en casa por tutores, y el segundo caso, Tomás Moro quien educó a sus hijos.

¿Qué relación hay entre Marcela Paz y Tomás Moro? Muy simple, educar en casa es un fenómeno amplio, de vasto alcance, universal, tal como lo es la familia. En tiempos donde el discurso se ha centrado en debates desgastados, ideológicamente parciales, donde el peligro de una uniformidad amenaza la sana singularidad de cada núcleo familiar, es bueno escuchar a la historia y preguntarnos qué tan dispuestos estamos como padres a asumir el desafío de educar a nuestros hijos. El problema no está en la institución llamada “colegio”, sino en la institución llamada “familia”. La crisis de la educación es en el fondo una crisis de la familia.

Probablemente, no todas las familias puedan cumplir con el tiempo, ambiente y el apoyo para llevar a cabo dicha tarea. Pese a ello, es una opción que ya varias familias a lo largo de Chile de manera silenciosa han iniciado, apelando a lo más simple: ser padre y madre.

¿unschool?

photo(8)

Tengo la imagen idílica de la vida que tanto mi marido como yo queremos entregarle a nuestros hijos. Que sean parte real de la naturaleza, que no tengan necesidad de desprenderse de nada porque jamás se han aferrado al mundo material. Que crezcan en sabiduría, en alma y en corazón. Que sean felices y agradecidos. Que jamás dejen de maravillarse y de sorprenderse. Que disfruten lo sencillo ya que eso es lo valioso. Que no teman caerse ya que tendrán la certeza de poderse levantar. Y, lo más importante, que tengan a Dios presente en sus vidas siempre. Que no conozcan el significado de la palabra soledad porque no estará en ellos darle la espalda a Dios y a nuestra querida Madre Universal.

El cómo llevar a cabo este proyecto es lo que cuesta. Porque tanto mi marido como yo somos adultos. Hemos vivido toda nuestra vida insertos en la gran ciudad o en los parámetros que ésta exige. Nos aferramos a estupideces. Nos molestan tonteras que nos dejan enfrascados en nimiedades. Queremos salir de esa rutina por el bien de nosotros mismos, pero más importante aún, por el bien de los chicos.

Hay muchos planes y sueños que tenemos con respecto a eso. Entre ellos ha aparecido una nueva arista… el famoso “unschooling”. Es algo que en mi mente citadina se me aparece como radical y hasta descabellado. Pero hay un autor que todos quienes siguen esta tendencia citan una y otra vez: John Holt. Jamás se casó ni tuvo hijos, pero dedicó su vida a tratar el tema de la educación y a enseñarle a hijos de otros. Con la experiencia acumulada a través de los años, se dio cuenta que el lugar de los niños no está en los colegios si no que en sus casas, con sus padres. Es ahí donde se debe educar realmente. Pero fue aún más allá. Entendió que los niños, por naturaleza, tienen el instinto y el deseo innato de aprender. Si uno deja a un niño solo, éste aprenderá por si mismo todo lo que tiene que saber. Cuando realmente le interese y tenga una necesidad real de aprender los números, entonces lo hará. Y así sucesivamente con las letras, artes, historia, ciencia, etc. Los padres y el hogar en su totalidad tienen la función de servir de apoyo.

Pues me ha sucedido algo extraño con esto. No lo he hablado con mi marido aún porque me cuesta hilar bien las ideas. Está demasiado fresco. Quizás por lo mismo lo escribo. A pesar de encontrarlo una locura, he tenido la fascinación de leer del tema. Cuando logro romper los esquemas de mi mente, me ha fascinado. Le encuentro sentido. Me gusta. Siento que ahí está parte importante de lo que deseo para mis hijos. Que sean ellos. Que se desarrollen en las áreas que realmente les interesa. Mientras se encaminen hacia el Bien, dejarlos ser y que encuentren su equilibrio y sus pasiones dentro de sí mismos y no coartarlos por medio de un currículum, libros y datos memorizables que más temprano que tarde olvidarán. ¿Qué aprendí realmente del colegio? La verdad, nada. Mis pasiones las desarrollé en la privacidad de mi hogar (básicamente la literatura y todo lo que ella implica y en algún loco momento de auto-terapia me habré tirado para el lado de las artes). Pero no tengo grandes recuerdos de las clases a las que asistí y a las que sobreviví con calificaciones bastante decentes. Si había que estudiar, lo hacía. Eso jamás lo cuestioné. Pero tampoco me pregunté qué estaba aprendiendo de esas largas horas de estudio.

Lo que realmente me aportó el colegio fue darme cobijo y comprensión cuando no los sentía en mi hogar. Me permitió relacionarme con hermosas amistades y con algunos profesores que marcaron la diferencia porque se interesaron en mi como persona y no como alumna. Pero si uno lo piensa objetivamente, no es necesario ir al colegio para tener amigos. Por otro lado, es bastante antinatural encontrar esa necesidad de pertenencia en algún profesor y no en la familia.

¿Y si el día de mañana quieren ir a la universidad? Pues bien, la verdad es que creo en mis hijos. En sus capacidades y en su inteligencia. Si tienen el incentivo, podrán estudiar y tomar los llamados “exámenes libres”. Muchos lo han hecho, no serán mis hijos los primeros. Pero por ahora tengo esa intuición de quererlos dejar libres. Que vuelen donde tengan que volar. Y si algún día quieren aterrizar, ahí estaremos con mi marido para recibirlos y quererlos como siempre lo hemos hecho.

homeschool concepción

photo-1

He hablado en otras ocasiones sobre el homeschool. Aunque con mi marido tenemos la convicción que es lo mejor que le podemos ofrecer a nuestros hijos, surge de vez en cuando el temor… el temor a lo desconocido, el temor frente a la incertidumbre de nuestros familiares, el temor ya que nadie en nuestro entorno ha tomado ni planea tomar esta decisión. En fin, a veces todo parece apuntar hacia el temor. Ese temor constante a veces nos hace flaquear y querer correr. No hemos dudado del camino escogido, pero la mente a veces se encarga de jugarnos malas pasadas y ponernos trabas donde no las existen.

En medio del tumulto de incertidumbres que se nos da al haber tomado la decisión de educar a nuestros hijos en casa, se nos asomó un respiro. Fuimos amablemente recibidos por la Señora Kathleen McCurdy en su casa en Concepción. Como ella misma se denomina, es la “abuela del homeschool en Chile”. Es una señora encantadora. Sólo con la expresión que emanan sus ojos deslumbra con su experiencia. Educó a sus cinco hijos en casa y explica que pocas cosas son tan gratificantes para un padre que ser partícipe de la adquisición de conocimiento de sus hijos.

Pero por ahora no hablaré directamente de la Señora McCurdy. Intuyo que su historia da para escribir varios libros. Quiero plasmar la experiencia y sentimientos que me dejó el encuentro con ella.

Fue como recibir una bocanada de aire que me permite respirar tranquila nuevamente. Un reafirmarme que efectivamente no es una locura. Que educar a los chicos no sólo es lo mejor que podemos hacer, si no que es totalmente asible. Es la tranquilidad de tener frente a mí la voz de la experiencia y que esa experiencia, a pesar de haber tomado cinco desenlaces distintos por los cinco hijos que tuvo, fue simplemente lo mejor para esa familia. Vi en la cara de la señora McCurdy la tranquilidad y la certeza de quien ha hecho lo correcto.

Quedan mil interrogantes. No sé qué ocurrirá mañana. No sé cómo terminará esta historia para mis hijos. Pero es lo natural. Nadie sabe cómo crecerán sus hijos, pero así como hay padres que dan lo mejor por llevar a sus hijos a tal o cual colegio, nosotros nos la jugamos por darles lo mejor posible educándolos en casa. Sé que como a cualquier padre, tendremos mil porrazos. Sé que habrá que ir aprendiendo y mejorando muchas cosas en el camino. Sé que a veces nos equivocaremos y quizás ni nos demos cuenta de nuestros errores. Pero, tal como nos aconsejó hoy la señora McCurdy, lo fascinante será ir “estudiando” y conociendo a nuestros hijos para ir educándolos de acuerdo a sus características individuales. Será un desafío enorme porque Dios sabe cuán distinto es cada niño por muy hermanos que sean. Pero algo en mi corazón me dice que ese ir aprendiendo de los chicos y conociéndolos será la base para tener una hermosa relación con ellos que, con todos sus altos y bajos, los ayudará a ser el tipo de persona que con mi marido aspiramos que sean.

Por ahora me queda rezar para que Cristo y Su madre iluminen nuestro andar como padres. También, agradecer a Dios por el increíble hombre que puso en mi camino para que fuera mi esposo y por los maravillosos hijos que tengo y que día a día me sorprenden. Y aunque a veces no logro entender bien qué hacemos en Concepción, agradezco estar aquí ya que gracias a ello hoy pudimos conocer a una mujer que no sólo educó a sus hijos en casa si no que se dedica a propagar y a ayudar a los padres que tienen ese mismo interés en estos confines del mundo.

Algunos links…

1. La página Web de la Sra. McCurdy: Organización Familia Escolar

2. Una antigua entrada respecto a la decisión de educar en casa: la entrega

let kids be kids

kids

Tengo una carcaza que impide que las personas se acerquen. No me gusta que se metan en mi vida. Jamás me ha gustado y durante demasiados años tuve que permitir que esa condición fuera violada. Por eso ahora defiendo mi privacidad con fuerza. Pero tampoco soy intocable, hay ciertas personas a las que les he permitido (para gran dicha mía) conocerme. Y son esas las personas que saben que con mi marido queremos hacer homeschool (educar en casa, educar en familia, unschooling, en fin, como quieran llamarlo). Pues bien, por mucho amor y cariño que haya de por medio, varios se han opuesto. Su gran argumento: el homeschool produce falta de sociabilización por lo que los chicos vivirán en una burbuja.

Sólo un par de cosas: no me vengan con que sólo en el colegio se sociabiliza. Las amistades no están limitadas a un establecimiento educacional y tampoco sé qué tanta sociabilización se puede dar en las aulas cuando los alumnos tienen que pasar gran parte del día sentados escuchando lo que dice el profesor.

En cuanto a la burbuja, pues bien, la vida no se agota en el colegio. Es más, el colegio no es nada comparado con la realidad. Si me preguntan a mí, todo lo que tuve que aprender de la vida lo aprendí fuera de clases. Los dolores más fuertes y las alegrías más grandes se me dieron en cualquier contexto menos en el colegio.

Dejando eso de lado, creo que siendo prudentes, es bueno que los niños vivan en una especie de burbuja. Que mantengan su inocencia y que ésta no les sea arrebatada por el mundo. Por muy cliché que parezca, hay demasiados casos de abusos sexuales, promiscuidad, drogadicción, alcoholismo y adicciones al tabaco en chicos jóvenes como para no preocuparme. NO, no quiero que mis hijos estén expuestos a eso hasta que tengan la capacidad de discernir y de tomar sus decisiones libremente. Si la persona no tiene el conocimiento, la madurez o la capacidad para absorber ciertas cosas, entonces no está listo para elegir porque será incapaz de elegir a consciencia. No sólo mis hijos, pero todo niño merece la oportunidad de vivir inocentemente. Es más, no hay nada más hermoso que conocer a personas de edad que aún mantienen esa inocencia tan propia de los niños. No son muchos los que tienen ese privilegio, pero por Dios que es bello toparse con esos especímenes. Por lo mismo, dentro de mis posibilidades, cuidaré y defenderé la inocencia de mis hijos hasta el último de mis días.

Como tan bien lo dicen los gringos: “let kids be kids”.