un arcoiris para los volantines

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Y ahora la historia de 5 hermanos, un mes de septiembre al sur del mundo y unos volantines que no encontraban su espacio en un cielo sin lluvia. Es que en Chile septiembre equivale a decir el mes de la patria. Mientras la mayoría de los adultos se desenfrenan comiendo y bebiendo alcohol, los niños participan de folclóricas actividades como bailes nacionales, colorear banderas, cantar cuecas y algunos juegos típicos como lo es encumbrar volantines.

Es aquí donde aparecen los 5 hermanos. Todos pequeños, todos hombres, y todos ansiosos por presenciar por primera vez el vuelo de los volantines. No se sabe bien por qué, pero esta hermosa práctica suele reservarse sólo para el mes de septiembre. ¿Será que el viento juega a favor? ¿Será que los primeros rayos de sol se asoman luego del duro invierno? O, ¿será simplemente que aquello que es especial se reserva para momentos importantes? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que los 5 hermanos sabían que tenían que esperar hasta septiembre para encumbrar volantines y que finalmente septiembre había llegado.

Sí, había llegado septiembre, pero la lluvia no quería irse. Corría el viento perfecto opacado por los cántaros de agua que no cesaban de caer del cielo. Los hermanos miraban por la ventana. Apuntaban sus volantines a su padre y agachaban con tristeza la cabeza cuando su papá les explicaba que no se podían encumbrar volantines con lluvia.

Pasaron los días. Pasaron las semanas. Llovía y llovía como sólo puede llover al sur del sur del mundo. Los niños siempre pegados a la ventana. Sus volantines en sus manos comenzaban a resquebrajarse de tanto que los apretaban. Pero las oscuras nubes no dejaban la ciudad. Llegó Fiestas Patrias. Nadie celebraba. Los adultos no podían hacer sus asados, los niños no podían jugar en los parques y los volantines se deterioraban por falta de uso. Los pequeños dejaron de mirar por la ventana. Ya no corrían en busca de sus volantines. Habían dejado de creer en su vuelo.

Llegó el último día de celebración nacional. El pasto aún guardaba el rocío de la lluvia. Pero el cielo había abierto sus brazos y el sol se asomaba. Un leve viento generaba un baile cantado en las hojas de los árboles.

El papá de los pequeños sonrío. Ahí estaba, el tímido arco iris que despedía a la incesante lluvia. Corrió a despertar a sus hijos y les entregó los volantines. Los niños, entre gritos y risas de alegría, fueron con su papá al jardín. Finalmente. Tomaron sus volantines y los lanzaron con furia hacia el cielo, pero éstos cayeron. Hicieron lo mismo una y otra vez sin éxito.

Los hermanos, cansados de no hallar la solución, fueron llorando donde papá. Al verles su tristeza, el padre decidió intentar algo nuevo. Afiló a los pequeños uno al lado del otro e hizo que con una mano sujetaran el hilo de sus volantines y que con la otra sostuvieran la mano del hermano que tenían al lado. Luego, ¡a correr! Los chicos se movieron con todas sus fuerzas. Poco a poco notaron que el volantín tiraba más y más fuerte. Cuando ya no podían sostenerlo con una sola mano, soltaron a su hermano y dándose vuelta quedaron maravillados. Ahí, en medio de la claridad del cielo estaban los 5 volantines. Bailando al ritmo del viento. Mostrando sus hermosos colores. Perdiéndose con el canto de la alegría de los niños. Pasaron las horas y llegó la noche. Los volantines estaban cansados. Los niños también. Los hermanos pararon el vuelo y dejaron descansar a sus nuevos amigos. Esa noche soñaron con volantines, con el viento y con papá que les susurraba al oído que no olvidaran que los volantines siempre los podrían acompañar cuando se apagara la lluvia y bailara el viento.

el dolor

jesus

Mirando hacia atrás, me doy cuenta que a los adultos les cuesta comunicarse con los niños cuando se trata del dolor. Quizás se deba a que muchas veces a los propios adultos nos cuesta abarcarlo y entenderlo. ¿Cómo le explicamos lo que se nos hace incomprensible a un niño? Con los años me he dado cuenta que uno de los grandes dilemas del dolor es encontrarle sentido. A veces ese sentido escapa a nuestro entendimiento. Ahí es cuando realmente cuesta aceptarlo. Pero si logramos dejarlo en manos de Dios, entonces el dolor siempre tendrá sentido y propósito.

Cuando perdí a mi madre y años después a mi abuelo, quienes me rodeaban trataron, con buen corazón, de consolarme diciéndome, “Dios sabe lo que hace”. No niego que la intención era buena. Pero a mis 10 años lo único que eso logró fue que Cristo se me apareciera como un ser lejano, incomprensible y cruel. ¡Cuán errada estaba! Por eso, he tratado de escribir un cuento pensando en mis hijos. Como madre, le pido a Dios día a día que libre a mis hijos del dolor, pero sea como sea, el dolor es inevitable a la condición humana y espero que cuando a mis hijos les toque sentirlo que no se rebelen ni permitan que la ira los domine. Me la juego porque serán capaces de abrir sus corazones y encontrarle el sentido a su sufrimiento así como Cristo fue capaz de sacrificarse por nosotros.

Pues bien, aquí unas palabras pensando en los hermosos chicos que Dios ha puesto en mi camino…

Benjamín y la Muerte

Benjamín perdió a sus padres un sábado en la tarde. Salieron en coche y nunca más volvieron. Cuando Benjamín supo la noticia, lloró por muchos días. Con el paso del tiempo la pena se transformó en dolor físico. Así, le fue dando paso a la rabia. Benjamín no podía entender por qué le había pasado “eso” a sus padres. No comprendía a la Muerte y la odiaba por eso.

La Muerte miraba a Benjamín desde la distancia y sentía pena por el niño. Por eso, un día se acercó a conversar con él.

“¿Me vienes a llevar a mí también?” le preguntó Benjamín enojado.

“Todavía no,” le contestó la Muerte, “vine a hacerte compañía.”

Benjamín no podía creer que la Muerte estuviera tan cerca de él. Arrebatado, le gritó que se fuera, que no quería su compañía si no la de sus padres. Le exigió a la Muerte que trajera de vuelta a su papá y a su mamá.

“No puedo…” le respondío con tristeza la Muerte. “Una vez que me llevo a alguien no tengo manera de traerlo de vuelta.”

“¿Por qué te llevas a la gente entonces?”

“Porque, desde que nacen, todos los seres vivos se encaminan hacia la muerte. Yo sólo guio un poco su camino cuando ese momento llega. Es algo inevitable. Pero eso no es lo importante, YO no soy lo importante. Lo que importa es lo que viene después.”

“¿Qué viene después?”

“Ahhhh, eso despende de Dios y de los hombres. Quienes han tenido un corazón noble suelen estar muy cerca de Dios. Los demás, aquellos que no han sabido amar, están muy lejos de Él.”

La Muerte y Benjamín hablaron mucho rato. Benjamín fue entendiendo lo que había pasado con sus padres. Pero aún había algo que no podía comprender.

“¿Por qué tuvieron que morir ahora? ¿Por qué no cuando yo fuera grande? ¿Por qué quiso Dios dejarme solo?”

La Muerte se quedó callada un momento. Quería responderle a Benjamín con la verdad.

“Iremos por parte mi querido amigo. Dios no te ha dejado solo.”

Benjamín quiso interrumpir a la Muerte, pero ésta no lo dejó.

“Déjame seguir… no estás solo. Jamás lo has estado y jamás lo estarás. Cuentas con la eterna compañía de Cristo, de la Virgen y, no lo olvides nunca, de tu Ángel de la Guarda. Si te sientes solo es porque no has abierto tu corazón. Dios siempre está ahí cuidándote y esperando a que le abras las puertas de tu interior. Déjalo acercarse y verás como nunca más sabrás lo que es la soledad.”

Benjamín no dijo nada. Sabía que la Muerte tenía razón. Sí, se sentía solo, eso era cierto. Pero por primera vez entendió que no fue Jesús quien lo abandonó, si no que fue él quien apartó a Dios de su vida.

“Pero ¿por qué tengo que pasar por esto? ¿Tan malo he sido que Dios me ha castigado?”

“Benjamín, Dios no te ha castigado. Si bien nadie es perfecto y has cometido tus errores como todos, Dios no está buscando hacerte sufrir en vano. Hay algo que quizás no entiendas ahora, pero te lo trataré de explicar. Tu dolor, como el de tantas personas en el mundo, tiene un sentido. Tu inocencia apagada por tu sufrimiento tiene de por sí el valor de la redención y se une a Cristo en la cruz. Cristo murió por los hombres. Si tú logras usar bien tu dolor, entonces te darás cuenta que puedes hacer mucho bien. Mi pequeño, se te viene un gran desafío, pero si logras aferrarte a Jesús con todas tus fuerzas, verás que saldrás caminando con la cabeza en alto, y, lo más importante, serás una persona feliz que está agradecida del precioso regalo que es la vida.”

“Prefiero volver al pasado y no saber nada de esto.”

“Lo sé. Nadie dice que es fácil. Sólo piensa en esto, lo más bello está en lo más difícil. No te rindas.”

Benjamín agachó la cabeza tratando de esconder sus lágrimas. Cuando volvió a levantar la vista la Muerte se había ido. Quiso enojarse. Quiso seguir sintiendo rabia. Pero de alguna forma ya no encontraba el espacio para esos sentimientos. Recordó las palabras de la Muerte. Era Jesús quien tocaba su puerta. ¿Le abriría? Dudó, no sabía si estaba listo. Pensó en sus padres, en lo que ellos hubiesen querido.

Dios le había dado libertad para que él tomará las decisiones libremente. Era hora de hacer buen uso de ese don. Dejó que Cristo entrara. Nunca más le cerró las puertas. ¿Fue la vida fácil para Benjamín desde ese momento en adelante? No. Fue dura, muy dura. Pero su alma y su corazón estaban en paz porque Benjamín sabía que contaba con el mejor apoyo posible: los brazos de Cristo y de Su madre.

había una vez dos hermanos…

grito

*Para Benito, Agustín y Francisco, quienes aún en su silencio llenan mis días de alegría… y un especial agradecimiento a mi queridísima amiga y comadre Maga por la idea.

Había una vez dos hermanos que no querían hablar. Habían logrado tal cercanía que se comunicaban entre ellos mediante sonidos y gestos que articulaban de la misma manera. Sus padres, desesperados, intentaron de todo para incentivarlos a hablar. Les leían muchos libros, les hablaban todo el día, les cantaban y se aseguraron de enseñarles nuevas palabras con la esperanza de que alguna de ellas les fuera a caer en gracias e intentaran decirla. Pero nada funcionaba.

Entonces los padres tomaron decisiones aún más drásticas. Pensaron que dándoles un gran impacto la cosa cambiaría. Los llevaron a la luna, a recorrer el mundo en bote, a sumergirse en las profundidades del mar, a volar como las aves, y, cuando nada de eso parecía tener efecto, les hicieron una gran fiesta sorpresa. Pero no lograron disipar el silencio de los hermanos.

Los pequeños dejaron de ser tan pequeños pero sus labios seguían sellados. De alguna extraña forma los chicos lograban hacerse entender, incluso con personas que no los conocían tan bien. La situación comenzó a ser insostenible, pero los padres, sin saber qué hacer, decidieron darles un tiempo. El padre tenía la certeza en su corazón que sus hijos hablarían cuando estuvieran listos, pero la madre no era tan optimista. Simplemente no podía imaginar el día en que los chicos fueran a hablar. Mamá estaba tan acostumbrada a percibir el silencio de sus hijos que en su cabeza no le cuadraba que algún día fuera a escuchar la voz de los pequeños.

En las noches la madre soñaba que escuchaba la voz de sus hijos. Cuando despertaba y se daba cuenta que todo había sido una ilusión, sentía cierta pena no porque no amara a sus pequeños, si no por la incertidumbre que le causaba la situación de la mudez. A veces lloraba, sintiendo vergüenza por la duda que la invadía ya que sabía que debía estar agradecida por los maravillosos hijos que tenía.

El más pequeño de los niños no se daba cuenta de la preocupación de sus padres, pero el mayor a veces percibía lo que sus padres sentían. En esos escasos momentos miraba fijamente a sus padres e intentaba pronunciar algo, pero no lograba articular palabra. Cansados, los padres decidieron no presionarlos más.

Pasaron las semanas, los meses y los años. El mayor tenía 3 años y el menor casi 2. El hogar, que había sido un lugar lleno de risas y anécdotas, comenzó a apagarse. Los niños no hablaban por lo que la madre no tenía con quién conversar. Papá trabajaba gran parte del día así que tampoco él podía aportar con sus palabras. Nació el tercero de los pequeños y sus padres no se cuestionaron si hablaría o no, daban por hecho que sería mudo como sus hermanos. Ahora la cosa se ponía más oscura: los chicos ya no lograban hacerse entender. Sus padres, desgastados con la situación, tampoco intentaban comprenderlos. El silencio comenzó a incomodar a la familia. Los hermanos estaban más sensibles por lo que lloraban constantemente. Cansada, mamá se puso aún más silenciosa. Cuando las cosas parecían no tener vuelta atrás, el mayor de los niños se dio cuenta que tenía que hacer algo. Si nadie hablaba en casa entonces el silencio sería lo único que tendrían. Desesperado, comenzó a gritar “AAAAAAAAAAA”. Su madre lo miró sin entender. Al ver que no tenía respuesta, siguió con la “B”… y así con todo el abecedario. Sorprendida hasta los huesos, la madre no dijo nada, pero empezó a cantar esperando que su hijo se le uniera. Felices, los chicos imitaron a su madre y se pusieron a cantar con ella. No lograron terminar la canción cuando los hermanos mayores comenzaron a hablar como loros parlanchines. Desde ese día, los niños jamás volvieron a ser mudos, es más, nadie recuerda los días de su inagotable silencio. Sus padres los miran y no logran recordar cómo era la vida cuando sus hijos no hablaban. Es que hoy, simplemente no hay quién los haga guardar silencio. Y así, la dulce voz de los chicos ha llenado el hogar del más hermoso sonido y de las risas más contagiosas. Aunque dicen por ahí que las estrellas, siempre tan asiduas al silencio, sólo salen en las noches. Ahí cuidan a los pequeños y los contemplan mientras duermen profunda y silenciosamente.