educar en casa: la opción ausente en la actual reforma educacional

il_340x270.719458582_qj6tEsta es la primera entrada que escribimos con mi marido. No sé si vendrán otras a futuro, pero me alegra que la primera sea respecto a un tema que aborda a toda la familia: la educación de los hijos.

Muchas veces creemos que ante problemas de fondo su solución es directamente proporcional a la magnitud de aquellos. En el caso de la educación, si bien hay bemoles en lo que se ha planteado y discutido hasta la saciedad, lo cierto es que prevalece en el ciudadano medio y ante todo en los padres que la mejora de la educación es una labor tan grande y difícil de realizar que el pesimismo e incluso conformismo son frecuentes de escuchar en conversaciones de sobremesa. Por ejemplo: la educación es muy costosa, pero es lo mejor que podemos dar a nuestros hijos. Este modo de afrontar la educación de los hijos es anteponer a la respuesta que se busca otro problema ajeno al problema original, ya que lo urgente no es lo mismo que lo importante. ¿Qué es más importante? Que seamos propiamente padres y madres, lo cual incluye asumir el compromiso de su educación. De lo contrario, es propio asumir que no queremos ser padres, ya sea porque privilegiamos más nuestra carrera profesional, el pago de deudas, los intereses personales, etc. O, como tanto ocurre en nuestra sociedad, dejamos la educación en manos de niñeras. Ser padre y madre no es un trabajo o una actividad que tiene fecha de término y por la cual se recibe una remuneración. Porque se es padre y madre somos primaria y propiamente educadores de nuestra extensión más íntima: nuestros hijos.

Pues bien, qué pasa si ante esos mismos padres les planteamos el hecho que sí es factible educar en casa. No me extrañaría que la argumentación insista en anteponer lo urgente por sobre lo importante. La necesidad de los cónyuges de recibir ingresos, el deseo del niño o niña de ir al colegio, el capricho de algunas madres o padres de simplemente tener unas horas solos, la imposibilidad de saber todas las materias que les imparten a los niños en colegio, la falta de infraestructura, la supuesta poca sociabilización, y un largo etcétera que sintetizo en la siguiente pregunta: ¿qué tanto aman a sus hijos? El amor implica donar, o mejor dicho, donarse por quienes amamos. Educar implica un acto de amor. Y eso incluye también reconocer que somos limitados, que efectivamente no podemos saberlo todo. Más aún, educar no tiene que ver con cuánto sabemos, sino para qué educamos. Los grandes maestros no son quienes ostentan la erudición, sino quienes saben encaminar, encauzar nuestras vidas. ¿No es lo más propio que un hijo pida consejo a sus padres antes situaciones importantes? Creo, honestamente, que la pregunta que planteo incide en mirarse a uno mismo –o mejor aún, mirarse en el esposo(a)- y experimentar el miedo, el saber que educar es una tarea tan importante que muchos no se sienten capaz de realizarlo. ¿No es acaso similar lo que experimentamos cuando estamos prontos a contraer matrimonio?: ¿nos amaremos todos los días del mismo modo que ahora?, ¿qué pasará con la relación ante el nacimiento de nuestro primer hijo?, ¿cómo lo voy a cuidar?, ¿qué debo hacer? La humildad se cruza con la gratuidad de los hijos que se nos han dado como base propicia para reconocer la natural inclinación que debe surgir de todo padre y madre por educar a sus propios hijos. Educar es acoger con disposición solícita, reconociendo quiénes somos, pero dispuestos a darnos por completo.

Pero el mundo no piensa así, ni tampoco fomenta este tipo de reflexiones. En efecto, la concepción moderna en la cual vivimos, marcadamente instrumentalista, nos ha hecho creer que los hijos deben entrar lo más tempranamente posible al mundo en el cual se irán a desenvolver. Nuevamente, lo urgente por sobre lo importante. Los tiempos se articulan de tal manera que urge por mandar a nuestros hijos fuera del hogar. Cuál una confusa idea de un proceso entendido como progreso. ¿Cuánto tiempo destinamos a nuestra familia, a nuestros hijos de los 7 días de la semana? Paradójicamente el tiempo que dedicamos a nuestras tareas profesionales es inversamente proporcional al tiempo dedicado a nuestros seres más queridos.

Que los hombres seamos seres sociales, para vivir unos con otros, que necesitemos de otros para desarrollarnos, no implica que la preparación y formación sea ajena al hogar. Al contrario, la familia es el primer núcleo social, y por ello mismo, el punto de partida debe estar en el hogar y luego, como consecuencia de lo primero, se producirá de manera gradual la natural inserción en círculos más amplios. La familia es parte de la sociedad y no una realidad ajena a ella. Educar en casa es cuestionar al mundo en el que vivimos y fomentar que las actividades se adecuen a quienes somos y no al revés.

En verdad, educar en casa no es una reforma, ni tampoco una revolución en la educación. Creo que no hay caso feliz de una revolución que llegó a feliz término. Es lo que desde tiempos previos al modelo formal de educación que conocemos se hizo en quienes buscaron educar a sus hijos. De entre los muchos casos, dos interesante y hoy casi olvidados que vale la pena recordar: Marcela Paz, quien fue durante varios años educada en casa por tutores, y el segundo caso, Tomás Moro quien educó a sus hijos.

¿Qué relación hay entre Marcela Paz y Tomás Moro? Muy simple, educar en casa es un fenómeno amplio, de vasto alcance, universal, tal como lo es la familia. En tiempos donde el discurso se ha centrado en debates desgastados, ideológicamente parciales, donde el peligro de una uniformidad amenaza la sana singularidad de cada núcleo familiar, es bueno escuchar a la historia y preguntarnos qué tan dispuestos estamos como padres a asumir el desafío de educar a nuestros hijos. El problema no está en la institución llamada “colegio”, sino en la institución llamada “familia”. La crisis de la educación es en el fondo una crisis de la familia.

Probablemente, no todas las familias puedan cumplir con el tiempo, ambiente y el apoyo para llevar a cabo dicha tarea. Pese a ello, es una opción que ya varias familias a lo largo de Chile de manera silenciosa han iniciado, apelando a lo más simple: ser padre y madre.

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