desorden

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No hace mucho tiempo atrás, en esta misma calle, vivían cuatro niños. Eran hermanos y estaban todo el día juntos. Se querían sólo como los hermanos saben hacerlo. Aunque a veces peleaban (como los hermanos lo hacen), la mayor parte del día se la pasaban jugando.

Imaginaban ser marinos y navegaban en mares tormentosos. Luego eran pilotos y volaban por los cielos de la Tierra. A veces querían ir más lejos y se subían en su nave espacial para visitar otros planetas. Cuando la distancia no era grande, manejaban sus automóviles imaginarios hasta llegar a su destino pensado.

Pero no todo era juego. En ciertas ocasiones debían ser policías y atrapar a los bandidos que acechaban el jardín. Siempre estaban listos para encaramarse en su camión de bomberos y apagar los incendios en las calurosas tardes de verano. Y si alguno se enfermaba, entonces hacían las veces de doctores y se sanaban entre ellos.

No había límite para la imaginación de los pequeños y sus aventuras eran un deleite para su mamá que día a día estaba con ellos.

Pero con el tiempo surgió un grave problema. El conflicto fue tan grande que impedía que los hermanos jugaran. ¿Y su nombre? DESORDEN. Los niños olvidaron ordenar sus juguetes luego de usarlos. Día a día se fueron desparramando por toda la casa.

Autos, naves espaciales, libros, puzles, en fin, todo lo que se le pueda ocurrir a un niño, estaban dando vueltas en los lugares más extraños. Una vez papá encontró un autito en uno de sus zapatos de trabajo y mamá se topó con un cohete en su cartera. Pero eso no era lo más terrible. Las cosas se complicaron cuando los niños tenían que apagar un árbol que se incendiaba y no encontraron su camión de bomberos. Las llamas arrasaron con todo lo que tenían pensado. Luego los bandidos entraron a su territorio y no tuvieron las herramientas policiales para detenerlos. La situación llegó a su límite cuando un dragón rebelde atacó el castillo medieval… ¡y el caballero no estaba en casa para impedirlo!

Mamá los observaba y comenzó a inquietarse con tanto caos. Los niños no la habían escuchado cuando ella les decía que ordenaran. De seguir así, mamá y papá se iban a deshacer de todos los juguetes. Felizmente, los niños comprendieron su error.

Decidieron hacer una reunión, una de esas juntas que sólo los hermanos saben tener. Querían solucionar el problema rápido. Luego de discutirlo y elaborar un plan de acción, pusieron manos a la obra: ¡a ordenar!

Jamás pensaron lograrlo tan rápido. Trabajar juntos incluso fue entretenido. Desde ese día mantuvieron sus cosas ordenadas. Cuando una aventura nueva se presenta, ahora saben dónde encontrar todo lo que necesitan para ella.

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¡jugar!

tyk

Cualquier madre con mediano sentido común sabe que tener un hijo es la bendición más grande que uno puede tener. Es un regalo que Dios ha puesto en nuestro camino con el fin de amarlo siempre reconociéndolo como alguien distinto a uno. Bien es sabido que tener familia es un trabajo, un esfuerzo por el que uno lucha día a día sin menospreciar las enormes gratificaciones que ello conlleva. A la vez, si uno pone el mínimo de tiempo con los hijos, rápidamente se dará cuenta que en gran medida hay que recordar lo que es jugar. Volver a ser niño. Sentarse en el suelo, armar historias y mundos fantásticos y, aunque a veces cueste, saber relajarse. Entender que los niños son, bueno, niños. Que para ellos las reglas no están establecidas como lo están para uno. Que si uno quiso jugar al barco pirata pero resulta que el niño decidió que el barco era en realidad una nave espacial, entonces hay que dejarse guiar por el pequeño.

Gracias a mis hermosos chicos he recuperado la niñez que la vida no me permitió completar. Sí, en reiteradas ocasiones aflora mi sentido adulto y me canso de los juegos, pero hay algunas entretenciones que simplemente no me logran aburrir. Una de ellas son los lego. Cuando pequeña jamás tuve legos. Sabía de su existencia, pero en realidad fue mi marido quien me introdujo en el fascinante mundo de esas pequeñas y maravillosas piezas plásticas. Hoy alucino con la línea “Duplo” y, para deleite mío, a los chicos también les encantan. Pueden armar y desarmar (lamentablemente cuando son muy pequeños el “desarmar” generalmente termina en frustración porque no pueden “armar” nuevamente, pero con el tiempo van aprendiendo la destreza necesaria y sienten una enorme gratificación cuando logran dominar el juego) y crear lo que ellos quieran. Casas, autos, cohetes, barcos, árboles, en fin, la imaginación es el límite. Con los chicos podemos estar fácil una hora o más jugando con estos fascinantes pedazos plásticos.

Otra actividad que disfrutamos con los chicos son las historias. Generalmente nuestras mañanas implican estar al menos unos buenos 40 minutos leyendo cuentos, poniéndoles efectos especiales con sonidos y relacionándolos con los juguetes que tienen en casa. En otras ocasiones las lecturas son más calmadas (esas son las que en estos instantes le gustan a Agustín y que admito me derriten el corazón). El pequeño se sienta entre mis piernas y apoya su cabecita en mi cuerpo y comenzamos a leer. Cuando logro verle el rostro me sorprende lo concentrado que está escuchando y viendo los dibujos. Realmente vale la pena leer los mismos cuentos una y otra vez cuando uno percibe cuánto lo disfrutan los chicos.

Para terminar, simplemente mencionaré el colorear o pintar. No conozco niño que no lo disfrute. Las diferencias de caracteres afloran en esta manualidad. Benito quiere que yo le dibuje los objetos que él me atrae; en muy pocas ocasiones toma él los colores y le da rienda suelta a su creatividad. Al principio me afligía un poco esta situación, pero luego algo me hizo recordar que yo era igual. Me encantaba ver cómo los adultos lograban plasmar objetos en el papel a partir de simples líneas (mis padres eran bastante buenos para el arte, y para quienes viven en Chile, una de las pocas cosas que me gustaban del profesor Rosa era cuando dibujaba en su atril). Agustín por su parte anda “robando” crayolas y tengo que correr detrás de él para no encontrarme con una extraña sorpresa en algún muro de la casa. También debo tener máxima precaución con el suelo, ya que si el gateador de Francisco pilla algún lápiz de color, inmediatamente lo toma en sus manos para echárselo a la boca.

Si alguien me preguntara qué es lo que hace más feliz a mis hijos, diría sin dudar que jugar con sus padres. A veces pueden jugar solos o entre ellos, pero las veces en que los he visto rebosar de alegría ha sido cuando mi marido o yo nos sentamos con ellos y jugamos prestándoles el 100% de nuestra atención (eso implica dejar de lado el celular o cualquier distracción “adulta”). No siempre es fácil entrar en el mundo lúdico. En ocasiones falta imaginación, ánimo, energía, juventud, etc. Pero nadie dijo que tener hijos fuera jauja. Dicen por ahí que los niños crecen más rápido de lo que uno quisiera y con mis pocos años de maternidad encima me atrevo a confirmar esa afirmación. El día de mañana no quiero que recuerden el hogar como un lugar pulcro, ordenado y limpio. Quiero que recuerden que sus padres estuvieron ahí con ellos, que los amaron incondicionalmente, que jugaron y se rieron con ellos, que aún cuando estaban cansados o con otras obligaciones supieron dejar todo de lado porque sabían que los hijos son lo más importante. Todo lo demás intento que se vaya solucionando en el día a día.

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Recuerdo que mi niñez fue bastante solitaria. Si bien es cierto que tenía (y gracias a Dios aún tengo) dos hermanos, jamás compartimos mucho nuestros mundos. Siendo ellos hombres y yo la única mujer y más encima la menor, simplemente no coincidíamos en nuestros juegos. Tengo uno que otro vago recuerdo de mi hermano del medio jugando conmigo o, cuando ya era más grande, los tres jugando “La gran capital” hasta que el mismo hermano del medio se desesperaba porque iba perdiendo y lanzaba lejos el tablero que nos había acompañado durante días. Pero esos recuerdos los siento como excepciones que disfrutaba al máximo cuando se daban. Lo que si tengo como una constante es estar sentada sola en el piso de mi dormitorio jugando con mis muñecas. Inventando mundos, historias y dramas que dejarían chico hasta a Corín Tellado. Sí, había momentos en que me sentía sola o en que me aburría de mis propias historietas, pero generalmente lograba pasar el día entretenida jugando. Lo que no logro percibir es desde qué edad son esos recuerdos.

Hoy veo a mis hijos y los dos más pequeños (Agustín de 21 meses y Francisco de 10 meses) logran entretenerse gran parte del día. Hay momentos en que necesitan a su madre, y por supuesto que ahí trato de estar (dentro de lo que una casa, 3 hijos y un embarazo me permiten), pero también puedo confiar en que no requieren que su madre esté todo el día con ellos. Sin embargo Benito, de 3 años, es otra historia. Cuando quiere puede jugar solo o con Agustín, pero lo cierto es que es extremadamente dependiente de su madre. No puedo echarle la culpa a él, seguramente se ha dado porque siendo el primero y yo viniendo de la familia que vengo, lo he sobreprotegido con creces. Es un niño encantador, con un corazón de oro y con una gran capacidad para percibir las cosas. Pero si su madre no está 100% pendiente de él, se transforma. Se pone irritable, llora, pelea, hace destrozos. Cualquier cosa para llamar la atención. He intentado retarlo, castigarlo, hablarle calmadamente e ignorarlo. Lo único que algo me ha servido es el ignorarlo (digo más o menos porque en ocasiones sirve y en otras el llanto simplemente no cesa). Para colmo, su frustración se traspasa a los más pequeños. Finalmente termino con tres niños llorando sin que ninguno tenga un motivo real para hacerlo.

He aquí mi confesión: en mi desesperación he recurrido a la televisión. Nada contra ver una serie o una película de vez en cuando, pero en el último tiempo he pegado a mis chicos a la pantalla. Me ha permitido tener algo de tiempo para mí, tenerlos a ellos tranquilos y hacer las cosas que se requieren para al menos mantener una casa decentemente. Pero ayer mi marido se dio cuenta que la situación se está saliendo de las manos. Los chicos no están siendo niños. Francisco es el que más se salva porque al ser tan pequeño no tiene tanta capacidad de concentración. Agustín de vez en cuando se aburre y sale al jardín a explorar (cosa que debería estar haciendo gran parte del día). Benito por su parte, comienza a perder la capacidad de imaginar. Pide una y otra vez las mismas películas. Al sabérselas de memoria, ya no las mira. Pero de alguna forma explota si se las cambio (cosa que igual hago para que no se quede pegado con lo mismo). Para colmo, cuando juega lo que hace es imitar lo que ve en la TV. Sí, se ha transformado en un problema. Quiero revertir la situación. Mi marido me ha dicho que deje más de lado la casa, la verdad es que no sé si pueda hacer eso (objetivamente hago lo mínimo para que la casa pueda seguir funcionando), pero lo que sí puedo hacer es ingeniármelas para encontrar nuevas actividades para que los chicos hagan.

Indagando en el oráculo (a.k.a. Google), encontré algunas ideas que proponen otras madres de familias numerosas (debo admitir cierta vergüenza al ver que hay mujeres que tienen el doble o más de hijos que yo y parecen no colapsar, pero bueno, cada quien tiene su carácter).

He aquí algunos descubrimientos que puedo agregar a los que ya había escrito en otra ocasión (para revisar el antiguo post, ver aquí):

  1. Que los chicos escriban un libro. De acuerdo, esto con suerte lo podría hacer Benito a estas alturas ya que los otros dos están demasiado pequeños. Pero quizás podrían inventar una historia con dibujos hechos por ellos o con recortes de revistas. Habrá que intentarlo.
  2. Actuar un libro. La idea me parece fascinante, pero me falta que al menos uno de ellos hable. De lo contrario, quizás se pueda reemplazar si la mamá (ejem, YO), actúa y ellos me imitan.
  3. Comprarles libros con audio. Nunca lo he hecho, pero sí les leo bastante durante el día, especialmente a Agustín que ha descubierto hace poco el encanto de la literatura.
  4. Hacer una casa club (en el jardín o en la casa). Esta idea me gustó mucho. Creí que los chicos disfrutarían mucho metiéndose en una carpa casera. La verdad es que a Francisco le encantó, Benito simplemente la miró y mi querido Agustín fue corriendo para abalanzarse sobre ella (tiene una fascinación por las sábanas, almohadas, plumones, colchones y todo lo relacionado con el dormir… no puede evitar NO tirarse encima).
  5. Hacer una obra de teatro con títeres o peluches. Genial, aunque nuevamente, por la edad y la falta de lenguaje, tendré que ingeniármelas yo. Pero sé que lo disfrutarán.
  6. Hacer un picnic o una fiesta de té en la casa o en el jardín. ¡Sí!
  7. Que jueguen con plasticina. ¡Genial!
  8. Que ayuden a hacer las labores de la casa. Con Benito es con el único que por ahora me funciona. Aunque al poco rato empieza a limpiar a su manera, admito que lo disfruta.
  9. ¡Bailar!
  10. Que hagan obras de arte. Nada mejor los Picassos infantiles. Hoy me auto-regalé el primer cuadro de Benito hecho con plumones (siempre usa crayolas o témpera).
  11. Invitar a un amigo o amiga de los chicos.
  12. Cambiar los muebles de sus dormitorios de posición, dejando que ellos decidan el orden de éstos.
  13. Que hagan cosas con cajas de cartón (pueden ser castillos, barcos, naves espaciales, etc.)
  14. Esconderles cosas y que tengan que ir a buscarlas haciéndoles un mapa escrito o con dibujos si no saben leer. TENGO que intentarlo.
  15. Que ayuden a cocinar. La idea me parece genial, pero aún no logro encontrar algo en lo que puedan ayudar siendo tan pequeños, más que mal, la cocina está llena de peligros.
  16. Que no hagan nada. Entiendo el punto. La vida no es jauja y es bueno que ellos aprendan a tener iniciativa propia… sólo pido la paciencia que no tengo para no colapsar en el intento.

Esto es lo que he encontrado por ahora. Seguiré buscando, indagando, leyendo y preguntando. Porque bueno, con los chicos, uno puede partir con la idea de hacer algo determinado y resulta que ese algo termina en cualquier cosa menos en lo que debía ser. Admito que a veces me frustro un poco con eso, pero todo el malestar se disipa cuando veo lo bien que lo están pasando ellos. Después de todo, esto de las actividades es para que ellos se entretengan y, si se puede, aprendan compartiendo.

había una vez un niño que no quería crecer

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Para mi querido esposo Javier por su inagotable fe. Un especial agradecidimento a la lejana y siempre recordada ¡Melissa! 🙂

Había una vez un niño que no quería crecer. Un día cualquiera decidió que siempre quería ser un bebé. Por más que su mamá se esforzaba por hacerlo cambiar, el niño no era capaz de dejar de lado la mamadera y no quería desprenderse de sus pañales. Cuando le tocaba comer, con dificultad lograba masticar los alimentos y, para qué pensarlo si quiera, se rehusaba a alimentarse solo. Aunque entendía todo lo que sus padres le decían, no quería usar palabras, se comunicaba igual que los bebés: mediante sonidos y llantos. Cuando creía que nadie lo miraba, jugaba, hacía puzles, armaba y desarmaba sus juguetes; pero faltaba que notara la presencia de otra persona y lloraba frustrado dando a entender que no sabía cómo hacer nada solo. Mamá y papá ya no sabían qué hacer. Muchos les dijeron que le faltaba estar con otros niños de su edad, pero cuando lo intentaron por un tiempo, eso tampoco logró tener efecto. El niño interactuaba y jugaba con los demás pero su actitud permaneció exactamente igual. Otros les dijeron que lo ignoraran cuando actuara como bebé, y los padres, un poco al borde de la locura, también lo intentaron. Lo único que lograron con eso fue aumentar aún más los llantos del niño pero no consiguieron que cambiara su actitud ni un ápice.

Mamá y papá ya no sabían qué más hacer. Lo llevaron donde los mejores doctores, pero nadie encontraba nada inusual en el chico. Finalmente, papá decidió sacar el barco de cartón que había pintado con su hijo y se hicieron a la mar. Navegaron sin rumbo alguno, en silencio. En eso se apareció una gaviota y se acercó a los navegantes. Se posó en el hombre de papá y le susurró lo que nadie más que el niño sabía: “el pequeño no quiere crecer”, le dijo, “lo escuché un día mientras jugaba cerca de la ventana de su dormitorio”. Papá estaba asombrado. Jamás imaginó que el “problema” del niño fuese ese. “Pero, ¿por qué?” le preguntó papá al pájaro, pero ya era demasiado tarde, el ave se había marchado volando. Luego de algunos días, decidieron volver a tierra. Papá le contó a mamá lo que la gaviota le había dicho. Ambos pensaron en la situación y luego mamá dijo, “Debes emprender otro viaje con el niño, esta vez, vete volando como el ave, quizás ahí vuelvas a encontrar a la gaviota y te dé más respuestas”.

Papá, que quería mucho a mamá y siempre escuchaba lo que ella le decidía, le hizo caso. Preparó la nave espacial de plástico y se metió en ella con el niño. Accionaron el botón apropiado y comenzó la cuenta regresiva. 3,2,1 ¡Despegue! El niño no podía creer lo rápido que iban. Estaba fascinado con la nave espacial. Subieron cada vez más alto en el cielo. Repentinamente, papá se dio cuenta que en su nerviosismo había apretado demasiado el acelerador. Desde la ventana veía que la gaviota había quedado abajo. ¿Cómo regresarían ahora? Era demasiado tarde para pensar en eso. El cohete estaba saliendo de la órbita para adentrarse en el espacio. “¡Wow!” dijo papá mientras el niño pensaba lo mismo. Jamás habían visto un cielo tan negro y estrellado. Papá pensó parar en la luna para descansar un rato, pero el niño le indicó con su mano que siguieran un poco más lejos. Quería llegar a Marte. Papá decidió complacerlo y volaron durante muchas horas hasta llegar al destino. Se pusieron su traje espacial, sus cascos y sus botas y se bajaron en el planeta. Jugaron una tarde entera, pocas veces el niño había estado tan feliz en su vida. Cansado de tanta acción, se tiró en la rojiza tierra y rápidamente se quedó dormido. Papá se sentó a su lado, esperando que se despertara para que pudieran emprender el regreso a casa. En eso, apareció una extraña criatura. Papá jamás había visto algo así.

“Pero si es mi niño favorito de todo el planeta Tierra”.

“¿Quién eres tú?”, preguntó asustado papá.

“Soy el marciano. Bajo en las noches terrestres a jugar con el niño mientras está en su cuna. ¿Cómo va con su complot de no querer crecer?”

“¿Tú también lo sabes? Pero ¿cómo? Con nosotros no habla”.

“Por supuesto que no hablará con ustedes, de eso se trata el plan. Una noche, mientras lo visitaba, se veía triste. El pregunté qué le pasaba y me dijo que al parecer sus padres ya no lo querían porque lo habían regañado mucho ese día. Cuando le pregunté por qué había pasado eso me dijo que fue por ser el hermano mayor. En mi astucia e inteligencia marciana le di la solución a todos sus problemas: le expliqué que entonces no debía crecer. Si permanecía como un bebé y dejaba que todos sus hermanos crecieran, entonces siempre sería el más pequeño y mamá y papá siempre lo querrían.”

Papá, con paciencia infinita, le explicó al marcianito lo equivocado que estaba. Por supuesto que al ser el mayor el niño tenía obligaciones que sus hermanos pequeños, por su edad, no tenían, pero eso también le permitía tener privilegios que los demás niños no tenían. En una familia terrestre, cada persona tenía su rol respectivo. El marcianito escuchaba atento y mientras papá más hablaba más comprendía su confusión. ¡Debía remediar esta terrible situación de una vez!. Le dio las gracias a papá por toda la explicación y le prometió que haría todo lo posible por revertir el error. Pensativo, el marcianito se marchó a su hogar y el niño comenzó a despertar de su siesta. Papá y niño volvieron a casa. Mamá los abrazó y los mimo durante todo el día, es que simplemente los había extrañado demasiado. Papá no le dijo nada a mamá de la conversación con el marcianito, pero sí le explicó que sentía que el viaje había sido muy provechoso. Esa noche, mientras mamá dormía, papá caminó hacia la habitación del niño. Acercó su oído a la puerta y escuchó murmullos. Sabía que el marcianito había venido. Se fue a acostar feliz y a la mañana siguiente fue el primero en levantarse. Corrió a la habitación de su hijo y lo tomó en brazos.

“¡Buenos días papá!” gritó el pequeño.

“Buenos días hijo,” respondió el padre feliz.

Mamá que escuchaba todo desde su dormitorio no podía borrar la sonrisa de su rostro mientras escuchaba, incrédula, cómo el niño hablaba con su padre y comenzaba a comer por sí solo el delicioso sándwich que su padre le había preparado para el desayuno.

la madre perfecta (que no soy)

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No sé si a todas las madres les pasará: pero en mi cabeza tengo la imagen de la madre perfecta que quisiera ser para mis hijos. Una mujer inagotable, con paciencia infinita y sin embargo que sepa obtener el respeto y la obediencia debida de sus hijos. Una madre que no alza jamás la voz y que sabe controlar su ira. También me imagino creando una y mil actividades distintas para los pequeños, jugando con ellos constantemente, enseñándoles con amor todo lo que quieran aprender.

Luego me enfrento al día a día, a la realidad y a mí misma. Las cosas son lejos de ser así. Lamentablemente pierdo los estribos más seguido de lo que quisiera, el cansancio me gana la batalla y no siempre tengo ánimo ni ideas nuevas para entretener a los chicos. Con todo lo que los amo, en ocasiones simplemente quiero estar sola. Y luego se aparece uno, dos o todos ellos con alguno de sus numerosos encantos. Puede ser Agustín que viene corriendo a darme un abrazo. O Benito que me mira con sus ojitos pensativos y me tira un beso en el aire. En otras ocasiones es Francisco quien se acerca arrastrándose como una cuncunita para terminar riéndose a mi lado. Cuando más me deleitan es cuando los veo a los tres jugando juntos, riendo y disfrutando la vida. Esas imágenes son más que suficientes para disipar mis ansias de soledad.

Recuerdo que cuando era pequeña mi madre se me hacia perfecta. A pesar de que a veces teníamos nuestras diferencias, no había absolutamente nada que hubiese cambiado en ella. Me pregunto cuántas veces puede perdonarle un hijo los errores a su madre. Cuando lo pienso desde la perspectiva mía, me atrevo a asegurar que estoy dispuesta a olvidar infinitas veces las faltas que mis pequeños puedan cometer, pero creo que desde los ojos de un hijo las cosas no son así. Como hijo uno espera que los padres sean sabios, maduros, y, a fin de cuentas, adultos. Quizás la verdadera sabiduría esté en reconocer los errores, en atreverse a pedir disculpas, en amarlos admitiendo que somos humanos y que por más que lo intentemos seguiremos cometiendo faltas y torpezas. Mi abuelo era un hombre duro y tozudo que veía sólo lo que él quería ver. Sin embargo, en los momentos en que más lo quise y en que más lo admiré fue cuando se acercaba silencioso y cabizbajo a pedirme disculpas por alguna injusticia que había cometido contra mí. Me sentía agradecida de que fuese capaz de admitir sus culpas ante una niña. Yo no soy mi abuelo ni mis hijos son yo, pero algo se puede aprender de eso. Antes de partir el día con los chicos me doy unos minutos para estar sola, agradecerle a Dios por todo lo que me ha dado y le pido que me de la fuerza y el amor que necesito para darle lo mejor a mis hijos. Y como Él siempre escucha, cuanto más sinceramente se lo pido, aún cuando ningún día es perfecto, más fácil es quererlos y hacer de cada día una aventura.

el juego

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Hay algo indudable: a los niños les gusta jugar. Mediante el juego conocen el mundo, adquieren conocimiento y obtienen nuevas destrezas. Para ellos el juego es, bueno, juego. Lúdico, sin trabas, sin reglas ni orden. En el juego son 100% ellos mismos. No existen los miedos ni las obligaciones. La creatividad y la imaginación son los únicos límites. Muchas veces, quizás más de las que me gustaría admitir, el juego implica “meter las manos en la masa”. Correr, gritar, caerse, golpearse, llorar, ensuciarse. Mientras ellos hacen de las suyas, yo los miro. Pienso en todos los infinitos peligros a los que son expuestos. Todas aquellas posibles enfermedades gastrointestinales que pueden agarrar debido al sinnúmero de objetos que se meten en sus bocas. Infecciones de toda índoles. Golpes que pueden terminar en machucones, esguinces, sangramientos. Los miro y respiro profundo. Debo dejarlos ser. Soy algo obsesionada con el orden y la limpieza, no me es fácil hacerme un lado. Debo morderme la lengua para no gritarles una y otra vez que tengan cuidado o que no hagan tal y cual cosa. Debo amarrar mis manos para no tomarlos en brazos y sacarlos de ahí. Debo anclar mis piernas para no ir corriendo tras ellos y asegurarme, en mi estúpida obsesión, que no están haciendo nada peligroso. Sufro. No lo puedo negar. Sufro como loca. Se me viene a la mente la el cuadro “El grito” de Edvard Munch. Finalmente, después de lo que parece un tiempo infinito, se aburren y vuelven a mi lado. Me cuesta reconocerlos tras el barro y la mugre que llevan pegados a sus cuerpos. Están helados debido al agua que se ha ido enfriando en sus pequeños cuerpos. “¡Genial! ¡Se agarrarán un catarro!” pienso sin decir palabra. Luego les miro sus caritas. Esas sonrisas que no logran desprender de sus rostros. Ahí está todo lo que necesito. Sólo ahí entiendo que ni el peor de los resfriados puede superar a la alegría de mis chicos siendo niños. Sonrío con ellos, aunque sé que la próxima vez volveré a sufrir hasta que nuevamente llegue ese momento en que logro mirar la dicha en sus ojos por haber ido a jugar libremente.

el berrinche

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Hoy no fue un buen día. Lo peor fue la despedida. Agustín y Benito me armaron un berrinche de los mil demonios. Traté de calmarlos con buenas palabras y con amor. Cuando eso no funcionó usé la ira. Tampoco obtuve respuesta. Finalmente los dejé en su cuna sin cepillarles los dientes (cosa que al menos Benito disfruta enormemente) y sin el rezo de la noche (otra instancia que los chicos aman). Duele. Es cierto, hay días en que quizás no doy todo de mí, pero hay veces en que doy todo lo que puedo dar y no es suficiente. Y no es porque yo sea una mala madre o porque los chicos sean malos hijos. Simplemente hay días así y todos nos vamos a dormir con desazón y con ganas que llegue el próximo día para ir corriendo a darnos abrazos y regalonearnos.

Cuando me tocan ocasiones como estas tengo que controlarme. Por instinto iría corriendo al dormitorio de los chicos y los colmaría de besos y de amor. Pero si lo hiciera: ¿qué mensajes les estoy dando? Probablemente creerán que está bien o que es aceptable hacer berrinches cuando hay que realizar ciertas obligaciones. Los amo demasiado como para engañarlos así. Mientras los chicos tienen que ir aprendiendo el sentido de responsabilidad y respeto, yo debo ir sacando mi doctorado en paciencia y en comunicación infantil. Así, todos seguimos aprendiendo. 🙂

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