los pintores

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Al parecer el verano terminó por enfadarse. Ayer comenzó el día con un calor infernal. Sólo estar en el exterior y uno sentía el aire estático y caliente. Pues bien, resulta que pasado medio día, llegó la “camanchaca”. Nunca había escuchado el término, pero justo habían dos penquistas en casa que me explicaron que en Concepción nunca hace mucho calor. Cuando las temperaturas son muy elevadas, arremete la famosa “camanchaca” con sus vientos costeros, su niebla y su frío. Adiós al calor. Adiós al sol. Hoy parece día de otoño.

Pero le daré el mérito que seguimos en pleno verano y que el calor pronto regresará. Siguiendo con esa tónica, otro clásico panorama exterior es pintar. Por más que he intentado que nuestra casa sea el paraíso para los chicos, aún no logro encontrar un lugar adecuado dentro de ella para que puedan expresar sus dotes artísticas libremente. Soy fan de la témpera y de los niños sucios, pero de alguna forma ese gusto no se me hace muy llamativo cuando se traslada a sillones, muros y mesas. Por eso, aprovecho que los chicos usen sus pinceles en el jardín cuando el tiempo lo permite.

Benito ya había tenido la experiencia de pintar, pero esta fue la primera vez para Agustín. El pequeño miraba a su hermano para saber qué hacer. Con atención seguía paso a paso lo que Benito le iba indicando y fue creciendo la obra de Agustín. Pero su carácter pudo más que el arte. En el par de minutos que me demoré en ir al baño, Agustín había dado vuelta las témperas y figuraba tomándose el agua donde los chicos limpiaban sus pinceles. No niego mi espanto cuando lo vi, pero de alguna forma me contuve y dejé que siguiera experimentando. No quedó mucho de las obras de arte, pero me gusta pensar que quedó bastante de la experiencia.

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¡espuma!

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Siguiendo con los panoramas de verano… Me cuesta salir de casa. Gracias a Dios tengo los medios para movilizarme con los 4 chicos, pero la verdad es que aún no se me hace tan fácil ni cómodo debido a que Pío está muy pequeño (cumplirá 6 meses en febrero). Mi marido trabaja así que tampoco puedo pedirle que falte a sus labores para que nos acompañe en aventuras fuera de casa. Básicamente las salidas las dejamos para algunos fines de semana o cuando tenemos visitas.

En el día a día me encuentro en casa con los chicos. Como toda madre sabe, eso puede ser un poco complicado cuando se tienen niños que lo único que quieren es experimentar nuevos y emocionantes sucesos. Intento hacer lo que se pueda con lo que tengo. Y ahí es donde el calor vuelve a darme una mano (¿seré muy mal agradecida por no querer al verano a pesar de todos sus beneficios?).

En invierno uno baña a los niños lo justo y lo necesario. No deben estar mucho rato dentro del agua porque sus cuerpecitos se pueden enfriar. Y cuando los sacamos de la tina, lo hacemos a la velocidad de la luz para que el cambio de temperatura no les haga daño (o al menos eso dicen que hay que hacer, admito que quizás soy demasiado despreocupada en este último punto). Pero en verano, ahhhh, la cosa cambia. Largos de baños de espuma acompañados de los juguetes adecuados. Para felicidad mía, mis hijos también tienen la opción de acompañarse entre ellos. Los baño de a dos. La espuma por sí sola basta para darles varios minutos de entretención. Luego, los juguetes… y más encima la amistad que comparten entre ellos. Eso es suficiente para que estén bastante rato entretenidos sin mayores preocupaciones para esta madre. Por supuesto que no les saco los ojos de encima (sentido común: están en un espacio con agua), pero mientras los chicos estén felices, también lo estoy yo. Y todos nos relajamos.

No exagero cuando digo que los peques han pasado casi una hora metidos en la tina. Cuando las temperaturas están sobre los 25 C no me tengo que preocupar de la temperatura del agua ni que ellos estén pasando frío. Los dejo disfrutar y jugar. Eso sí, debo advertir, dos inconvenientes: el piso del baño quedará hecho una piscina y, para terminar, la salida de la tina será una batalla campal. Los niños se entretienen tanto, que después no quieren salir. En ocasiones se producen algunas discusiones familiares subidas de tono (yo tratando de hacerlos entrar en razón mientras ellos gritan por sacarlos del agua), pero nada que un buen beso de buenas noches no pueda solucionar.

días de sol

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No me gusta el verano. La sensación de calor simplemente no va conmigo. Extrañamente tampoco soy buena para arroparme. Se me hace macabro que el vestuario me quite movilidad. Prefiero pasar frío. De acuerdo, no seamos exagerados, no estoy hablando ni de morir calcinada ni de hipotermia… simplemente me refiero a un verano e invierno cualquiera.

En mi ideal, Concepción tiene el clima perfecto. Inviernos largos y lluviosos que invitan a la introspección, al silencio, a leer y a escribir. Pero lo cierto es que hoy, gracias a Dios, mi vida no sólo vale por mí si no que vale por esos cuatro porotos que me siguen a todas partes. Y claro, ahí el clima penquista no es de mucha ayuda. Los niños están demasiados meses encerrados mirando con ansias cuando salen los pocos rayos de sol invernal para jugar en el jardín. Para colmo, la humedad siempre está presente para apagar cualquier intento de fiesta exterior.

Así queda en evidencia la alegría de mis chicos cuando llega el verano. Días de parques, plazas, jardín y agua. Embarrarse, correr y gritar libremente… está bien, seré sincera una vez más, no todo es jauja en verano. Hay más días de los que quisiera admitir en que el sol brilla y los chicos no están de lo más entretenidos. Pero si uno tiene paciencia y disposición se puede hacer mucho. Y como quiero intentar revertir en algo mi rechazo a estos días de verano, trataré de sacar provecho del sol y dedicaré algunas entradas a hablar sobre las actividades que los niños han podido hacer gracias a este caluroso clima.

Por ahora me limitaré a escribir sobre el agua. No conozco niño que no le guste jugar con ella y en esta casa mis hijos no son una excepción. No tenemos piscina, así que los chicos calmaron el calor con un par de envases de helados vacíos que llenaron del tan preciado líquido. ¡Partió la entretención! Los chicos estuvieron más de dos horas lavando sus juguetes (creían estar en un servicio de lavados de automóviles), hicieron moldes de tierra, regaron las plantas y se salpicaron agua entre ellos. Tuvieron una tarde increíble. Fue tanto así, que aunque siempre me mantengo cerca, no pidieron estar con su mamá en todo ese tiempo. Una bendición, ¿no?