¿el síndrome de einstein 2?

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Hace más de un año (específicamente marzo de 2013) escribí sobre el “Síndrome de Einstein” y sobre las características que Benito compartía con los chicos que el autor Thomas Sowell ha denominado “late talkers”. En ese entonces me devoraba la incertidumbre y el temor. Incertidumbre por no tener certeza si mi hijo tenía algún “problema” y temor por no saber si realmente estaba haciendo lo mejor por Benito. Mi marido siempre se mantuvo tranquilo y tenía la certeza que el pequeño hablaría cuando estuviera listo. Pues bien, debo admitir que para mí no era tan obvio y que incluso tenía pesadillas con las innumerables posibilidades de problemas que Google me señalaba que podía tener mi hijo o, en el mejor de los casos, soñaba con su voz imaginaria y despertaba llorando al darme cuenta que lo que había oído no era real.

Pero esa travesía no fue sólo dificultad. Como ya lo he dicho, siempre conté con el apoyo y sabiduría de mi paciente marido. Sus palabras, consuelos y tranquilidad eran mi respiro en los momentos de desesperación. En ese revuelo de emociones también me topé, aunque sólo fuera virtualmente, con otros padres que estaban atravesando por lo mismo. Aunque ni ellos ni yo teníamos respuesta a nada, era reconfortante escucharnos y saber que nuestros hijos no eran los únicos niños que sin padecer ningún trastorno conocido simplemente no hablaban.

El camino que Benito nos ha hecho atravesar como familia ha sido, a lo menos, interesante. Por lo mismo, quise hacer una actualización de cómo ha ido su evolución lingüística. Hoy tiene 4,5 años. Es un niño alegre y cariñoso. Tiene un vasto interés por aprender de todo lo que sus padres le muestren. Para dicha de su madre (y su padre también), tanto a él como a sus hermanos, les encanta la literatura.

¿Y el habla? Pues bien, pasado su 4to cumpleaños (marzo 2014), comenzó a soltar un poco la lengua. Aún está lejos de la norma para un chico de su edad. Pero es un niño que logra decir las cosas que realmente le importan. Habla de manera tranquila, sin presiones ni insistencias. Gracias a los consejos de mi marido, incluso ha desarrollado su propio lenguaje. Para asombro de nosotros, a ratos le da rienda suelta a su lengua y comienza a hablar en su dialecto personal. Sí, obviamente no le entendemos nada de nada. Pero el punto es que veo que se siente tranquilo siendo él. No tiene miedo a manifestarse frente a sus padres al punto de compartir con nosotros su mundo interior.

Finalmente se ha ido el temor y la incertidumbre que alguna vez me devoró. No es un tema si está al día o más atrás que los niños de su edad. Lo importante es que Benito es un niño sano. Después de todo, el fin no es que mis hijos sean iguales a los hijos del vecino. Lo que realmente quiero es que sean felices y que logren desarrollar todo su potencial de acuerdo a quienes son. Logrando eso, el resto viene por añadidura.

Por si a alguien le interesa, dejo el link de la entrada anterior sobre “late talkers” ya que entrega más detalle respecto a las características de estos niños. El link aquí.

sistema solar

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Hace varias lunas que Benito anda intrigado con los planetas, las estrellas, el sol y la luna. El sistema solar ha logrado cautivar su atención. En verano logré visitar a mi hermano por una semana en Santiago. Aprovechando que el Planetario está nuevamente en circulación, llevé a los 2 chicos más grandes. Alucinaron (y yo también). Fue tanta la emoción que Benito lloraba. Agustín, con su carácter más fuerte, se dedicó a despedirse de los planetas con sus manitos mientras mi hermano lo abrazaba. La obsesión planetaria aumentó.

Hoy comenzó el día algo flojo. Agustín está haciendo de las suyas en las noches y con mi marido tenemos que levantarnos unas 4 veces durante la noche para que vuelva a su cama a dormir. Sí, somos de esos padres que no queremos terminar con los chicos amontonados en nuestra cama y nosotros sin privacidad, sin intimidad y, en fin, sin vida matrimonial. Así que salvo si alguno está enfermo, el dormitorio de los padres sólo abre sus puertas después de las 07:00 horas. Y claro, las levantadas en las noches nos están matando al punto de amanecer cansados. Pero ya dicen por ahí que todo pasa, supongo que esto también.

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Para no desviarme más, resumiré que ando como zombi. Mi creatividad prácticamente no existe y mi cabeza parece estar eternamente abombada. Para colmo, se nos ocurrió la brillante idea de, justo ahora, tratar de eliminar la mayor cantidad de televisión posible. A ratos, estoy simplemente acabada y no tengo energía para nada. Así andaba cuando decidí que algo teníamos que hacer. Mientras Pío dormía su siesta mañanera (quién como él) nos pusimos manos a la obra. Sacamos un pedazo de papel, colores, un libro que tiene National Geographic sobre el sistema solar y nos pusimos a dibujar. Agustín y Francisco daban vueltas por la casa mientras Benito disfrutaba viendo los planetas en el libro y coloreándolos en su papel. Luego les pusimos número, sus nombres y algunas de las numerosas lunas. Después de esa experiencia, Benito prácticamente puede identificar todos los planetas, entiende que algunos planetas están más lejos del sol que otros y que salvo los primeros dos planetas, todos los demás tienen más lunas que la Tierra. Sabe que Jupiter tiene una tormenta que ha durado por cientos de años y que Neptuno tiene una cicatriz de una gran tormenta que alguna vez tuvo.

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Después de eso, el pequeño quiso armar un puzle del sistema solar. Para rematar con su emoción, se las ingenió para disfrazarse de planeta. Logramos disfrutar gran parte del día con los ingenios planetarios. Benito le mostraba con orgullo a su padre su obra maestra. Una vez más, veo que a veces las mejores cosas son las que no están programadas.

los pintores

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Al parecer el verano terminó por enfadarse. Ayer comenzó el día con un calor infernal. Sólo estar en el exterior y uno sentía el aire estático y caliente. Pues bien, resulta que pasado medio día, llegó la “camanchaca”. Nunca había escuchado el término, pero justo habían dos penquistas en casa que me explicaron que en Concepción nunca hace mucho calor. Cuando las temperaturas son muy elevadas, arremete la famosa “camanchaca” con sus vientos costeros, su niebla y su frío. Adiós al calor. Adiós al sol. Hoy parece día de otoño.

Pero le daré el mérito que seguimos en pleno verano y que el calor pronto regresará. Siguiendo con esa tónica, otro clásico panorama exterior es pintar. Por más que he intentado que nuestra casa sea el paraíso para los chicos, aún no logro encontrar un lugar adecuado dentro de ella para que puedan expresar sus dotes artísticas libremente. Soy fan de la témpera y de los niños sucios, pero de alguna forma ese gusto no se me hace muy llamativo cuando se traslada a sillones, muros y mesas. Por eso, aprovecho que los chicos usen sus pinceles en el jardín cuando el tiempo lo permite.

Benito ya había tenido la experiencia de pintar, pero esta fue la primera vez para Agustín. El pequeño miraba a su hermano para saber qué hacer. Con atención seguía paso a paso lo que Benito le iba indicando y fue creciendo la obra de Agustín. Pero su carácter pudo más que el arte. En el par de minutos que me demoré en ir al baño, Agustín había dado vuelta las témperas y figuraba tomándose el agua donde los chicos limpiaban sus pinceles. No niego mi espanto cuando lo vi, pero de alguna forma me contuve y dejé que siguiera experimentando. No quedó mucho de las obras de arte, pero me gusta pensar que quedó bastante de la experiencia.

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No me gusta el verano. La sensación de calor simplemente no va conmigo. Extrañamente tampoco soy buena para arroparme. Se me hace macabro que el vestuario me quite movilidad. Prefiero pasar frío. De acuerdo, no seamos exagerados, no estoy hablando ni de morir calcinada ni de hipotermia… simplemente me refiero a un verano e invierno cualquiera.

En mi ideal, Concepción tiene el clima perfecto. Inviernos largos y lluviosos que invitan a la introspección, al silencio, a leer y a escribir. Pero lo cierto es que hoy, gracias a Dios, mi vida no sólo vale por mí si no que vale por esos cuatro porotos que me siguen a todas partes. Y claro, ahí el clima penquista no es de mucha ayuda. Los niños están demasiados meses encerrados mirando con ansias cuando salen los pocos rayos de sol invernal para jugar en el jardín. Para colmo, la humedad siempre está presente para apagar cualquier intento de fiesta exterior.

Así queda en evidencia la alegría de mis chicos cuando llega el verano. Días de parques, plazas, jardín y agua. Embarrarse, correr y gritar libremente… está bien, seré sincera una vez más, no todo es jauja en verano. Hay más días de los que quisiera admitir en que el sol brilla y los chicos no están de lo más entretenidos. Pero si uno tiene paciencia y disposición se puede hacer mucho. Y como quiero intentar revertir en algo mi rechazo a estos días de verano, trataré de sacar provecho del sol y dedicaré algunas entradas a hablar sobre las actividades que los niños han podido hacer gracias a este caluroso clima.

Por ahora me limitaré a escribir sobre el agua. No conozco niño que no le guste jugar con ella y en esta casa mis hijos no son una excepción. No tenemos piscina, así que los chicos calmaron el calor con un par de envases de helados vacíos que llenaron del tan preciado líquido. ¡Partió la entretención! Los chicos estuvieron más de dos horas lavando sus juguetes (creían estar en un servicio de lavados de automóviles), hicieron moldes de tierra, regaron las plantas y se salpicaron agua entre ellos. Tuvieron una tarde increíble. Fue tanto así, que aunque siempre me mantengo cerca, no pidieron estar con su mamá en todo ese tiempo. Una bendición, ¿no?

¡jugar!

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Cualquier madre con mediano sentido común sabe que tener un hijo es la bendición más grande que uno puede tener. Es un regalo que Dios ha puesto en nuestro camino con el fin de amarlo siempre reconociéndolo como alguien distinto a uno. Bien es sabido que tener familia es un trabajo, un esfuerzo por el que uno lucha día a día sin menospreciar las enormes gratificaciones que ello conlleva. A la vez, si uno pone el mínimo de tiempo con los hijos, rápidamente se dará cuenta que en gran medida hay que recordar lo que es jugar. Volver a ser niño. Sentarse en el suelo, armar historias y mundos fantásticos y, aunque a veces cueste, saber relajarse. Entender que los niños son, bueno, niños. Que para ellos las reglas no están establecidas como lo están para uno. Que si uno quiso jugar al barco pirata pero resulta que el niño decidió que el barco era en realidad una nave espacial, entonces hay que dejarse guiar por el pequeño.

Gracias a mis hermosos chicos he recuperado la niñez que la vida no me permitió completar. Sí, en reiteradas ocasiones aflora mi sentido adulto y me canso de los juegos, pero hay algunas entretenciones que simplemente no me logran aburrir. Una de ellas son los lego. Cuando pequeña jamás tuve legos. Sabía de su existencia, pero en realidad fue mi marido quien me introdujo en el fascinante mundo de esas pequeñas y maravillosas piezas plásticas. Hoy alucino con la línea “Duplo” y, para deleite mío, a los chicos también les encantan. Pueden armar y desarmar (lamentablemente cuando son muy pequeños el “desarmar” generalmente termina en frustración porque no pueden “armar” nuevamente, pero con el tiempo van aprendiendo la destreza necesaria y sienten una enorme gratificación cuando logran dominar el juego) y crear lo que ellos quieran. Casas, autos, cohetes, barcos, árboles, en fin, la imaginación es el límite. Con los chicos podemos estar fácil una hora o más jugando con estos fascinantes pedazos plásticos.

Otra actividad que disfrutamos con los chicos son las historias. Generalmente nuestras mañanas implican estar al menos unos buenos 40 minutos leyendo cuentos, poniéndoles efectos especiales con sonidos y relacionándolos con los juguetes que tienen en casa. En otras ocasiones las lecturas son más calmadas (esas son las que en estos instantes le gustan a Agustín y que admito me derriten el corazón). El pequeño se sienta entre mis piernas y apoya su cabecita en mi cuerpo y comenzamos a leer. Cuando logro verle el rostro me sorprende lo concentrado que está escuchando y viendo los dibujos. Realmente vale la pena leer los mismos cuentos una y otra vez cuando uno percibe cuánto lo disfrutan los chicos.

Para terminar, simplemente mencionaré el colorear o pintar. No conozco niño que no lo disfrute. Las diferencias de caracteres afloran en esta manualidad. Benito quiere que yo le dibuje los objetos que él me atrae; en muy pocas ocasiones toma él los colores y le da rienda suelta a su creatividad. Al principio me afligía un poco esta situación, pero luego algo me hizo recordar que yo era igual. Me encantaba ver cómo los adultos lograban plasmar objetos en el papel a partir de simples líneas (mis padres eran bastante buenos para el arte, y para quienes viven en Chile, una de las pocas cosas que me gustaban del profesor Rosa era cuando dibujaba en su atril). Agustín por su parte anda “robando” crayolas y tengo que correr detrás de él para no encontrarme con una extraña sorpresa en algún muro de la casa. También debo tener máxima precaución con el suelo, ya que si el gateador de Francisco pilla algún lápiz de color, inmediatamente lo toma en sus manos para echárselo a la boca.

Si alguien me preguntara qué es lo que hace más feliz a mis hijos, diría sin dudar que jugar con sus padres. A veces pueden jugar solos o entre ellos, pero las veces en que los he visto rebosar de alegría ha sido cuando mi marido o yo nos sentamos con ellos y jugamos prestándoles el 100% de nuestra atención (eso implica dejar de lado el celular o cualquier distracción “adulta”). No siempre es fácil entrar en el mundo lúdico. En ocasiones falta imaginación, ánimo, energía, juventud, etc. Pero nadie dijo que tener hijos fuera jauja. Dicen por ahí que los niños crecen más rápido de lo que uno quisiera y con mis pocos años de maternidad encima me atrevo a confirmar esa afirmación. El día de mañana no quiero que recuerden el hogar como un lugar pulcro, ordenado y limpio. Quiero que recuerden que sus padres estuvieron ahí con ellos, que los amaron incondicionalmente, que jugaron y se rieron con ellos, que aún cuando estaban cansados o con otras obligaciones supieron dejar todo de lado porque sabían que los hijos son lo más importante. Todo lo demás intento que se vaya solucionando en el día a día.

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Recuerdo que mi niñez fue bastante solitaria. Si bien es cierto que tenía (y gracias a Dios aún tengo) dos hermanos, jamás compartimos mucho nuestros mundos. Siendo ellos hombres y yo la única mujer y más encima la menor, simplemente no coincidíamos en nuestros juegos. Tengo uno que otro vago recuerdo de mi hermano del medio jugando conmigo o, cuando ya era más grande, los tres jugando “La gran capital” hasta que el mismo hermano del medio se desesperaba porque iba perdiendo y lanzaba lejos el tablero que nos había acompañado durante días. Pero esos recuerdos los siento como excepciones que disfrutaba al máximo cuando se daban. Lo que si tengo como una constante es estar sentada sola en el piso de mi dormitorio jugando con mis muñecas. Inventando mundos, historias y dramas que dejarían chico hasta a Corín Tellado. Sí, había momentos en que me sentía sola o en que me aburría de mis propias historietas, pero generalmente lograba pasar el día entretenida jugando. Lo que no logro percibir es desde qué edad son esos recuerdos.

Hoy veo a mis hijos y los dos más pequeños (Agustín de 21 meses y Francisco de 10 meses) logran entretenerse gran parte del día. Hay momentos en que necesitan a su madre, y por supuesto que ahí trato de estar (dentro de lo que una casa, 3 hijos y un embarazo me permiten), pero también puedo confiar en que no requieren que su madre esté todo el día con ellos. Sin embargo Benito, de 3 años, es otra historia. Cuando quiere puede jugar solo o con Agustín, pero lo cierto es que es extremadamente dependiente de su madre. No puedo echarle la culpa a él, seguramente se ha dado porque siendo el primero y yo viniendo de la familia que vengo, lo he sobreprotegido con creces. Es un niño encantador, con un corazón de oro y con una gran capacidad para percibir las cosas. Pero si su madre no está 100% pendiente de él, se transforma. Se pone irritable, llora, pelea, hace destrozos. Cualquier cosa para llamar la atención. He intentado retarlo, castigarlo, hablarle calmadamente e ignorarlo. Lo único que algo me ha servido es el ignorarlo (digo más o menos porque en ocasiones sirve y en otras el llanto simplemente no cesa). Para colmo, su frustración se traspasa a los más pequeños. Finalmente termino con tres niños llorando sin que ninguno tenga un motivo real para hacerlo.

He aquí mi confesión: en mi desesperación he recurrido a la televisión. Nada contra ver una serie o una película de vez en cuando, pero en el último tiempo he pegado a mis chicos a la pantalla. Me ha permitido tener algo de tiempo para mí, tenerlos a ellos tranquilos y hacer las cosas que se requieren para al menos mantener una casa decentemente. Pero ayer mi marido se dio cuenta que la situación se está saliendo de las manos. Los chicos no están siendo niños. Francisco es el que más se salva porque al ser tan pequeño no tiene tanta capacidad de concentración. Agustín de vez en cuando se aburre y sale al jardín a explorar (cosa que debería estar haciendo gran parte del día). Benito por su parte, comienza a perder la capacidad de imaginar. Pide una y otra vez las mismas películas. Al sabérselas de memoria, ya no las mira. Pero de alguna forma explota si se las cambio (cosa que igual hago para que no se quede pegado con lo mismo). Para colmo, cuando juega lo que hace es imitar lo que ve en la TV. Sí, se ha transformado en un problema. Quiero revertir la situación. Mi marido me ha dicho que deje más de lado la casa, la verdad es que no sé si pueda hacer eso (objetivamente hago lo mínimo para que la casa pueda seguir funcionando), pero lo que sí puedo hacer es ingeniármelas para encontrar nuevas actividades para que los chicos hagan.

Indagando en el oráculo (a.k.a. Google), encontré algunas ideas que proponen otras madres de familias numerosas (debo admitir cierta vergüenza al ver que hay mujeres que tienen el doble o más de hijos que yo y parecen no colapsar, pero bueno, cada quien tiene su carácter).

He aquí algunos descubrimientos que puedo agregar a los que ya había escrito en otra ocasión (para revisar el antiguo post, ver aquí):

  1. Que los chicos escriban un libro. De acuerdo, esto con suerte lo podría hacer Benito a estas alturas ya que los otros dos están demasiado pequeños. Pero quizás podrían inventar una historia con dibujos hechos por ellos o con recortes de revistas. Habrá que intentarlo.
  2. Actuar un libro. La idea me parece fascinante, pero me falta que al menos uno de ellos hable. De lo contrario, quizás se pueda reemplazar si la mamá (ejem, YO), actúa y ellos me imitan.
  3. Comprarles libros con audio. Nunca lo he hecho, pero sí les leo bastante durante el día, especialmente a Agustín que ha descubierto hace poco el encanto de la literatura.
  4. Hacer una casa club (en el jardín o en la casa). Esta idea me gustó mucho. Creí que los chicos disfrutarían mucho metiéndose en una carpa casera. La verdad es que a Francisco le encantó, Benito simplemente la miró y mi querido Agustín fue corriendo para abalanzarse sobre ella (tiene una fascinación por las sábanas, almohadas, plumones, colchones y todo lo relacionado con el dormir… no puede evitar NO tirarse encima).
  5. Hacer una obra de teatro con títeres o peluches. Genial, aunque nuevamente, por la edad y la falta de lenguaje, tendré que ingeniármelas yo. Pero sé que lo disfrutarán.
  6. Hacer un picnic o una fiesta de té en la casa o en el jardín. ¡Sí!
  7. Que jueguen con plasticina. ¡Genial!
  8. Que ayuden a hacer las labores de la casa. Con Benito es con el único que por ahora me funciona. Aunque al poco rato empieza a limpiar a su manera, admito que lo disfruta.
  9. ¡Bailar!
  10. Que hagan obras de arte. Nada mejor los Picassos infantiles. Hoy me auto-regalé el primer cuadro de Benito hecho con plumones (siempre usa crayolas o témpera).
  11. Invitar a un amigo o amiga de los chicos.
  12. Cambiar los muebles de sus dormitorios de posición, dejando que ellos decidan el orden de éstos.
  13. Que hagan cosas con cajas de cartón (pueden ser castillos, barcos, naves espaciales, etc.)
  14. Esconderles cosas y que tengan que ir a buscarlas haciéndoles un mapa escrito o con dibujos si no saben leer. TENGO que intentarlo.
  15. Que ayuden a cocinar. La idea me parece genial, pero aún no logro encontrar algo en lo que puedan ayudar siendo tan pequeños, más que mal, la cocina está llena de peligros.
  16. Que no hagan nada. Entiendo el punto. La vida no es jauja y es bueno que ellos aprendan a tener iniciativa propia… sólo pido la paciencia que no tengo para no colapsar en el intento.

Esto es lo que he encontrado por ahora. Seguiré buscando, indagando, leyendo y preguntando. Porque bueno, con los chicos, uno puede partir con la idea de hacer algo determinado y resulta que ese algo termina en cualquier cosa menos en lo que debía ser. Admito que a veces me frustro un poco con eso, pero todo el malestar se disipa cuando veo lo bien que lo están pasando ellos. Después de todo, esto de las actividades es para que ellos se entretengan y, si se puede, aprendan compartiendo.

había una vez un niño que no quería crecer

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Para mi querido esposo Javier por su inagotable fe. Un especial agradecidimento a la lejana y siempre recordada ¡Melissa! 🙂

Había una vez un niño que no quería crecer. Un día cualquiera decidió que siempre quería ser un bebé. Por más que su mamá se esforzaba por hacerlo cambiar, el niño no era capaz de dejar de lado la mamadera y no quería desprenderse de sus pañales. Cuando le tocaba comer, con dificultad lograba masticar los alimentos y, para qué pensarlo si quiera, se rehusaba a alimentarse solo. Aunque entendía todo lo que sus padres le decían, no quería usar palabras, se comunicaba igual que los bebés: mediante sonidos y llantos. Cuando creía que nadie lo miraba, jugaba, hacía puzles, armaba y desarmaba sus juguetes; pero faltaba que notara la presencia de otra persona y lloraba frustrado dando a entender que no sabía cómo hacer nada solo. Mamá y papá ya no sabían qué hacer. Muchos les dijeron que le faltaba estar con otros niños de su edad, pero cuando lo intentaron por un tiempo, eso tampoco logró tener efecto. El niño interactuaba y jugaba con los demás pero su actitud permaneció exactamente igual. Otros les dijeron que lo ignoraran cuando actuara como bebé, y los padres, un poco al borde de la locura, también lo intentaron. Lo único que lograron con eso fue aumentar aún más los llantos del niño pero no consiguieron que cambiara su actitud ni un ápice.

Mamá y papá ya no sabían qué más hacer. Lo llevaron donde los mejores doctores, pero nadie encontraba nada inusual en el chico. Finalmente, papá decidió sacar el barco de cartón que había pintado con su hijo y se hicieron a la mar. Navegaron sin rumbo alguno, en silencio. En eso se apareció una gaviota y se acercó a los navegantes. Se posó en el hombre de papá y le susurró lo que nadie más que el niño sabía: “el pequeño no quiere crecer”, le dijo, “lo escuché un día mientras jugaba cerca de la ventana de su dormitorio”. Papá estaba asombrado. Jamás imaginó que el “problema” del niño fuese ese. “Pero, ¿por qué?” le preguntó papá al pájaro, pero ya era demasiado tarde, el ave se había marchado volando. Luego de algunos días, decidieron volver a tierra. Papá le contó a mamá lo que la gaviota le había dicho. Ambos pensaron en la situación y luego mamá dijo, “Debes emprender otro viaje con el niño, esta vez, vete volando como el ave, quizás ahí vuelvas a encontrar a la gaviota y te dé más respuestas”.

Papá, que quería mucho a mamá y siempre escuchaba lo que ella le decidía, le hizo caso. Preparó la nave espacial de plástico y se metió en ella con el niño. Accionaron el botón apropiado y comenzó la cuenta regresiva. 3,2,1 ¡Despegue! El niño no podía creer lo rápido que iban. Estaba fascinado con la nave espacial. Subieron cada vez más alto en el cielo. Repentinamente, papá se dio cuenta que en su nerviosismo había apretado demasiado el acelerador. Desde la ventana veía que la gaviota había quedado abajo. ¿Cómo regresarían ahora? Era demasiado tarde para pensar en eso. El cohete estaba saliendo de la órbita para adentrarse en el espacio. “¡Wow!” dijo papá mientras el niño pensaba lo mismo. Jamás habían visto un cielo tan negro y estrellado. Papá pensó parar en la luna para descansar un rato, pero el niño le indicó con su mano que siguieran un poco más lejos. Quería llegar a Marte. Papá decidió complacerlo y volaron durante muchas horas hasta llegar al destino. Se pusieron su traje espacial, sus cascos y sus botas y se bajaron en el planeta. Jugaron una tarde entera, pocas veces el niño había estado tan feliz en su vida. Cansado de tanta acción, se tiró en la rojiza tierra y rápidamente se quedó dormido. Papá se sentó a su lado, esperando que se despertara para que pudieran emprender el regreso a casa. En eso, apareció una extraña criatura. Papá jamás había visto algo así.

“Pero si es mi niño favorito de todo el planeta Tierra”.

“¿Quién eres tú?”, preguntó asustado papá.

“Soy el marciano. Bajo en las noches terrestres a jugar con el niño mientras está en su cuna. ¿Cómo va con su complot de no querer crecer?”

“¿Tú también lo sabes? Pero ¿cómo? Con nosotros no habla”.

“Por supuesto que no hablará con ustedes, de eso se trata el plan. Una noche, mientras lo visitaba, se veía triste. El pregunté qué le pasaba y me dijo que al parecer sus padres ya no lo querían porque lo habían regañado mucho ese día. Cuando le pregunté por qué había pasado eso me dijo que fue por ser el hermano mayor. En mi astucia e inteligencia marciana le di la solución a todos sus problemas: le expliqué que entonces no debía crecer. Si permanecía como un bebé y dejaba que todos sus hermanos crecieran, entonces siempre sería el más pequeño y mamá y papá siempre lo querrían.”

Papá, con paciencia infinita, le explicó al marcianito lo equivocado que estaba. Por supuesto que al ser el mayor el niño tenía obligaciones que sus hermanos pequeños, por su edad, no tenían, pero eso también le permitía tener privilegios que los demás niños no tenían. En una familia terrestre, cada persona tenía su rol respectivo. El marcianito escuchaba atento y mientras papá más hablaba más comprendía su confusión. ¡Debía remediar esta terrible situación de una vez!. Le dio las gracias a papá por toda la explicación y le prometió que haría todo lo posible por revertir el error. Pensativo, el marcianito se marchó a su hogar y el niño comenzó a despertar de su siesta. Papá y niño volvieron a casa. Mamá los abrazó y los mimo durante todo el día, es que simplemente los había extrañado demasiado. Papá no le dijo nada a mamá de la conversación con el marcianito, pero sí le explicó que sentía que el viaje había sido muy provechoso. Esa noche, mientras mamá dormía, papá caminó hacia la habitación del niño. Acercó su oído a la puerta y escuchó murmullos. Sabía que el marcianito había venido. Se fue a acostar feliz y a la mañana siguiente fue el primero en levantarse. Corrió a la habitación de su hijo y lo tomó en brazos.

“¡Buenos días papá!” gritó el pequeño.

“Buenos días hijo,” respondió el padre feliz.

Mamá que escuchaba todo desde su dormitorio no podía borrar la sonrisa de su rostro mientras escuchaba, incrédula, cómo el niño hablaba con su padre y comenzaba a comer por sí solo el delicioso sándwich que su padre le había preparado para el desayuno.

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