los pintores

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Al parecer el verano terminó por enfadarse. Ayer comenzó el día con un calor infernal. Sólo estar en el exterior y uno sentía el aire estático y caliente. Pues bien, resulta que pasado medio día, llegó la “camanchaca”. Nunca había escuchado el término, pero justo habían dos penquistas en casa que me explicaron que en Concepción nunca hace mucho calor. Cuando las temperaturas son muy elevadas, arremete la famosa “camanchaca” con sus vientos costeros, su niebla y su frío. Adiós al calor. Adiós al sol. Hoy parece día de otoño.

Pero le daré el mérito que seguimos en pleno verano y que el calor pronto regresará. Siguiendo con esa tónica, otro clásico panorama exterior es pintar. Por más que he intentado que nuestra casa sea el paraíso para los chicos, aún no logro encontrar un lugar adecuado dentro de ella para que puedan expresar sus dotes artísticas libremente. Soy fan de la témpera y de los niños sucios, pero de alguna forma ese gusto no se me hace muy llamativo cuando se traslada a sillones, muros y mesas. Por eso, aprovecho que los chicos usen sus pinceles en el jardín cuando el tiempo lo permite.

Benito ya había tenido la experiencia de pintar, pero esta fue la primera vez para Agustín. El pequeño miraba a su hermano para saber qué hacer. Con atención seguía paso a paso lo que Benito le iba indicando y fue creciendo la obra de Agustín. Pero su carácter pudo más que el arte. En el par de minutos que me demoré en ir al baño, Agustín había dado vuelta las témperas y figuraba tomándose el agua donde los chicos limpiaban sus pinceles. No niego mi espanto cuando lo vi, pero de alguna forma me contuve y dejé que siguiera experimentando. No quedó mucho de las obras de arte, pero me gusta pensar que quedó bastante de la experiencia.

días de sol

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No me gusta el verano. La sensación de calor simplemente no va conmigo. Extrañamente tampoco soy buena para arroparme. Se me hace macabro que el vestuario me quite movilidad. Prefiero pasar frío. De acuerdo, no seamos exagerados, no estoy hablando ni de morir calcinada ni de hipotermia… simplemente me refiero a un verano e invierno cualquiera.

En mi ideal, Concepción tiene el clima perfecto. Inviernos largos y lluviosos que invitan a la introspección, al silencio, a leer y a escribir. Pero lo cierto es que hoy, gracias a Dios, mi vida no sólo vale por mí si no que vale por esos cuatro porotos que me siguen a todas partes. Y claro, ahí el clima penquista no es de mucha ayuda. Los niños están demasiados meses encerrados mirando con ansias cuando salen los pocos rayos de sol invernal para jugar en el jardín. Para colmo, la humedad siempre está presente para apagar cualquier intento de fiesta exterior.

Así queda en evidencia la alegría de mis chicos cuando llega el verano. Días de parques, plazas, jardín y agua. Embarrarse, correr y gritar libremente… está bien, seré sincera una vez más, no todo es jauja en verano. Hay más días de los que quisiera admitir en que el sol brilla y los chicos no están de lo más entretenidos. Pero si uno tiene paciencia y disposición se puede hacer mucho. Y como quiero intentar revertir en algo mi rechazo a estos días de verano, trataré de sacar provecho del sol y dedicaré algunas entradas a hablar sobre las actividades que los niños han podido hacer gracias a este caluroso clima.

Por ahora me limitaré a escribir sobre el agua. No conozco niño que no le guste jugar con ella y en esta casa mis hijos no son una excepción. No tenemos piscina, así que los chicos calmaron el calor con un par de envases de helados vacíos que llenaron del tan preciado líquido. ¡Partió la entretención! Los chicos estuvieron más de dos horas lavando sus juguetes (creían estar en un servicio de lavados de automóviles), hicieron moldes de tierra, regaron las plantas y se salpicaron agua entre ellos. Tuvieron una tarde increíble. Fue tanto así, que aunque siempre me mantengo cerca, no pidieron estar con su mamá en todo ese tiempo. Una bendición, ¿no?

¡jugar!

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Cualquier madre con mediano sentido común sabe que tener un hijo es la bendición más grande que uno puede tener. Es un regalo que Dios ha puesto en nuestro camino con el fin de amarlo siempre reconociéndolo como alguien distinto a uno. Bien es sabido que tener familia es un trabajo, un esfuerzo por el que uno lucha día a día sin menospreciar las enormes gratificaciones que ello conlleva. A la vez, si uno pone el mínimo de tiempo con los hijos, rápidamente se dará cuenta que en gran medida hay que recordar lo que es jugar. Volver a ser niño. Sentarse en el suelo, armar historias y mundos fantásticos y, aunque a veces cueste, saber relajarse. Entender que los niños son, bueno, niños. Que para ellos las reglas no están establecidas como lo están para uno. Que si uno quiso jugar al barco pirata pero resulta que el niño decidió que el barco era en realidad una nave espacial, entonces hay que dejarse guiar por el pequeño.

Gracias a mis hermosos chicos he recuperado la niñez que la vida no me permitió completar. Sí, en reiteradas ocasiones aflora mi sentido adulto y me canso de los juegos, pero hay algunas entretenciones que simplemente no me logran aburrir. Una de ellas son los lego. Cuando pequeña jamás tuve legos. Sabía de su existencia, pero en realidad fue mi marido quien me introdujo en el fascinante mundo de esas pequeñas y maravillosas piezas plásticas. Hoy alucino con la línea “Duplo” y, para deleite mío, a los chicos también les encantan. Pueden armar y desarmar (lamentablemente cuando son muy pequeños el “desarmar” generalmente termina en frustración porque no pueden “armar” nuevamente, pero con el tiempo van aprendiendo la destreza necesaria y sienten una enorme gratificación cuando logran dominar el juego) y crear lo que ellos quieran. Casas, autos, cohetes, barcos, árboles, en fin, la imaginación es el límite. Con los chicos podemos estar fácil una hora o más jugando con estos fascinantes pedazos plásticos.

Otra actividad que disfrutamos con los chicos son las historias. Generalmente nuestras mañanas implican estar al menos unos buenos 40 minutos leyendo cuentos, poniéndoles efectos especiales con sonidos y relacionándolos con los juguetes que tienen en casa. En otras ocasiones las lecturas son más calmadas (esas son las que en estos instantes le gustan a Agustín y que admito me derriten el corazón). El pequeño se sienta entre mis piernas y apoya su cabecita en mi cuerpo y comenzamos a leer. Cuando logro verle el rostro me sorprende lo concentrado que está escuchando y viendo los dibujos. Realmente vale la pena leer los mismos cuentos una y otra vez cuando uno percibe cuánto lo disfrutan los chicos.

Para terminar, simplemente mencionaré el colorear o pintar. No conozco niño que no lo disfrute. Las diferencias de caracteres afloran en esta manualidad. Benito quiere que yo le dibuje los objetos que él me atrae; en muy pocas ocasiones toma él los colores y le da rienda suelta a su creatividad. Al principio me afligía un poco esta situación, pero luego algo me hizo recordar que yo era igual. Me encantaba ver cómo los adultos lograban plasmar objetos en el papel a partir de simples líneas (mis padres eran bastante buenos para el arte, y para quienes viven en Chile, una de las pocas cosas que me gustaban del profesor Rosa era cuando dibujaba en su atril). Agustín por su parte anda “robando” crayolas y tengo que correr detrás de él para no encontrarme con una extraña sorpresa en algún muro de la casa. También debo tener máxima precaución con el suelo, ya que si el gateador de Francisco pilla algún lápiz de color, inmediatamente lo toma en sus manos para echárselo a la boca.

Si alguien me preguntara qué es lo que hace más feliz a mis hijos, diría sin dudar que jugar con sus padres. A veces pueden jugar solos o entre ellos, pero las veces en que los he visto rebosar de alegría ha sido cuando mi marido o yo nos sentamos con ellos y jugamos prestándoles el 100% de nuestra atención (eso implica dejar de lado el celular o cualquier distracción “adulta”). No siempre es fácil entrar en el mundo lúdico. En ocasiones falta imaginación, ánimo, energía, juventud, etc. Pero nadie dijo que tener hijos fuera jauja. Dicen por ahí que los niños crecen más rápido de lo que uno quisiera y con mis pocos años de maternidad encima me atrevo a confirmar esa afirmación. El día de mañana no quiero que recuerden el hogar como un lugar pulcro, ordenado y limpio. Quiero que recuerden que sus padres estuvieron ahí con ellos, que los amaron incondicionalmente, que jugaron y se rieron con ellos, que aún cuando estaban cansados o con otras obligaciones supieron dejar todo de lado porque sabían que los hijos son lo más importante. Todo lo demás intento que se vaya solucionando en el día a día.

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Recuerdo que mi niñez fue bastante solitaria. Si bien es cierto que tenía (y gracias a Dios aún tengo) dos hermanos, jamás compartimos mucho nuestros mundos. Siendo ellos hombres y yo la única mujer y más encima la menor, simplemente no coincidíamos en nuestros juegos. Tengo uno que otro vago recuerdo de mi hermano del medio jugando conmigo o, cuando ya era más grande, los tres jugando “La gran capital” hasta que el mismo hermano del medio se desesperaba porque iba perdiendo y lanzaba lejos el tablero que nos había acompañado durante días. Pero esos recuerdos los siento como excepciones que disfrutaba al máximo cuando se daban. Lo que si tengo como una constante es estar sentada sola en el piso de mi dormitorio jugando con mis muñecas. Inventando mundos, historias y dramas que dejarían chico hasta a Corín Tellado. Sí, había momentos en que me sentía sola o en que me aburría de mis propias historietas, pero generalmente lograba pasar el día entretenida jugando. Lo que no logro percibir es desde qué edad son esos recuerdos.

Hoy veo a mis hijos y los dos más pequeños (Agustín de 21 meses y Francisco de 10 meses) logran entretenerse gran parte del día. Hay momentos en que necesitan a su madre, y por supuesto que ahí trato de estar (dentro de lo que una casa, 3 hijos y un embarazo me permiten), pero también puedo confiar en que no requieren que su madre esté todo el día con ellos. Sin embargo Benito, de 3 años, es otra historia. Cuando quiere puede jugar solo o con Agustín, pero lo cierto es que es extremadamente dependiente de su madre. No puedo echarle la culpa a él, seguramente se ha dado porque siendo el primero y yo viniendo de la familia que vengo, lo he sobreprotegido con creces. Es un niño encantador, con un corazón de oro y con una gran capacidad para percibir las cosas. Pero si su madre no está 100% pendiente de él, se transforma. Se pone irritable, llora, pelea, hace destrozos. Cualquier cosa para llamar la atención. He intentado retarlo, castigarlo, hablarle calmadamente e ignorarlo. Lo único que algo me ha servido es el ignorarlo (digo más o menos porque en ocasiones sirve y en otras el llanto simplemente no cesa). Para colmo, su frustración se traspasa a los más pequeños. Finalmente termino con tres niños llorando sin que ninguno tenga un motivo real para hacerlo.

He aquí mi confesión: en mi desesperación he recurrido a la televisión. Nada contra ver una serie o una película de vez en cuando, pero en el último tiempo he pegado a mis chicos a la pantalla. Me ha permitido tener algo de tiempo para mí, tenerlos a ellos tranquilos y hacer las cosas que se requieren para al menos mantener una casa decentemente. Pero ayer mi marido se dio cuenta que la situación se está saliendo de las manos. Los chicos no están siendo niños. Francisco es el que más se salva porque al ser tan pequeño no tiene tanta capacidad de concentración. Agustín de vez en cuando se aburre y sale al jardín a explorar (cosa que debería estar haciendo gran parte del día). Benito por su parte, comienza a perder la capacidad de imaginar. Pide una y otra vez las mismas películas. Al sabérselas de memoria, ya no las mira. Pero de alguna forma explota si se las cambio (cosa que igual hago para que no se quede pegado con lo mismo). Para colmo, cuando juega lo que hace es imitar lo que ve en la TV. Sí, se ha transformado en un problema. Quiero revertir la situación. Mi marido me ha dicho que deje más de lado la casa, la verdad es que no sé si pueda hacer eso (objetivamente hago lo mínimo para que la casa pueda seguir funcionando), pero lo que sí puedo hacer es ingeniármelas para encontrar nuevas actividades para que los chicos hagan.

Indagando en el oráculo (a.k.a. Google), encontré algunas ideas que proponen otras madres de familias numerosas (debo admitir cierta vergüenza al ver que hay mujeres que tienen el doble o más de hijos que yo y parecen no colapsar, pero bueno, cada quien tiene su carácter).

He aquí algunos descubrimientos que puedo agregar a los que ya había escrito en otra ocasión (para revisar el antiguo post, ver aquí):

  1. Que los chicos escriban un libro. De acuerdo, esto con suerte lo podría hacer Benito a estas alturas ya que los otros dos están demasiado pequeños. Pero quizás podrían inventar una historia con dibujos hechos por ellos o con recortes de revistas. Habrá que intentarlo.
  2. Actuar un libro. La idea me parece fascinante, pero me falta que al menos uno de ellos hable. De lo contrario, quizás se pueda reemplazar si la mamá (ejem, YO), actúa y ellos me imitan.
  3. Comprarles libros con audio. Nunca lo he hecho, pero sí les leo bastante durante el día, especialmente a Agustín que ha descubierto hace poco el encanto de la literatura.
  4. Hacer una casa club (en el jardín o en la casa). Esta idea me gustó mucho. Creí que los chicos disfrutarían mucho metiéndose en una carpa casera. La verdad es que a Francisco le encantó, Benito simplemente la miró y mi querido Agustín fue corriendo para abalanzarse sobre ella (tiene una fascinación por las sábanas, almohadas, plumones, colchones y todo lo relacionado con el dormir… no puede evitar NO tirarse encima).
  5. Hacer una obra de teatro con títeres o peluches. Genial, aunque nuevamente, por la edad y la falta de lenguaje, tendré que ingeniármelas yo. Pero sé que lo disfrutarán.
  6. Hacer un picnic o una fiesta de té en la casa o en el jardín. ¡Sí!
  7. Que jueguen con plasticina. ¡Genial!
  8. Que ayuden a hacer las labores de la casa. Con Benito es con el único que por ahora me funciona. Aunque al poco rato empieza a limpiar a su manera, admito que lo disfruta.
  9. ¡Bailar!
  10. Que hagan obras de arte. Nada mejor los Picassos infantiles. Hoy me auto-regalé el primer cuadro de Benito hecho con plumones (siempre usa crayolas o témpera).
  11. Invitar a un amigo o amiga de los chicos.
  12. Cambiar los muebles de sus dormitorios de posición, dejando que ellos decidan el orden de éstos.
  13. Que hagan cosas con cajas de cartón (pueden ser castillos, barcos, naves espaciales, etc.)
  14. Esconderles cosas y que tengan que ir a buscarlas haciéndoles un mapa escrito o con dibujos si no saben leer. TENGO que intentarlo.
  15. Que ayuden a cocinar. La idea me parece genial, pero aún no logro encontrar algo en lo que puedan ayudar siendo tan pequeños, más que mal, la cocina está llena de peligros.
  16. Que no hagan nada. Entiendo el punto. La vida no es jauja y es bueno que ellos aprendan a tener iniciativa propia… sólo pido la paciencia que no tengo para no colapsar en el intento.

Esto es lo que he encontrado por ahora. Seguiré buscando, indagando, leyendo y preguntando. Porque bueno, con los chicos, uno puede partir con la idea de hacer algo determinado y resulta que ese algo termina en cualquier cosa menos en lo que debía ser. Admito que a veces me frustro un poco con eso, pero todo el malestar se disipa cuando veo lo bien que lo están pasando ellos. Después de todo, esto de las actividades es para que ellos se entretengan y, si se puede, aprendan compartiendo.

había una vez dos hermanos…

grito

*Para Benito, Agustín y Francisco, quienes aún en su silencio llenan mis días de alegría… y un especial agradecimiento a mi queridísima amiga y comadre Maga por la idea.

Había una vez dos hermanos que no querían hablar. Habían logrado tal cercanía que se comunicaban entre ellos mediante sonidos y gestos que articulaban de la misma manera. Sus padres, desesperados, intentaron de todo para incentivarlos a hablar. Les leían muchos libros, les hablaban todo el día, les cantaban y se aseguraron de enseñarles nuevas palabras con la esperanza de que alguna de ellas les fuera a caer en gracias e intentaran decirla. Pero nada funcionaba.

Entonces los padres tomaron decisiones aún más drásticas. Pensaron que dándoles un gran impacto la cosa cambiaría. Los llevaron a la luna, a recorrer el mundo en bote, a sumergirse en las profundidades del mar, a volar como las aves, y, cuando nada de eso parecía tener efecto, les hicieron una gran fiesta sorpresa. Pero no lograron disipar el silencio de los hermanos.

Los pequeños dejaron de ser tan pequeños pero sus labios seguían sellados. De alguna extraña forma los chicos lograban hacerse entender, incluso con personas que no los conocían tan bien. La situación comenzó a ser insostenible, pero los padres, sin saber qué hacer, decidieron darles un tiempo. El padre tenía la certeza en su corazón que sus hijos hablarían cuando estuvieran listos, pero la madre no era tan optimista. Simplemente no podía imaginar el día en que los chicos fueran a hablar. Mamá estaba tan acostumbrada a percibir el silencio de sus hijos que en su cabeza no le cuadraba que algún día fuera a escuchar la voz de los pequeños.

En las noches la madre soñaba que escuchaba la voz de sus hijos. Cuando despertaba y se daba cuenta que todo había sido una ilusión, sentía cierta pena no porque no amara a sus pequeños, si no por la incertidumbre que le causaba la situación de la mudez. A veces lloraba, sintiendo vergüenza por la duda que la invadía ya que sabía que debía estar agradecida por los maravillosos hijos que tenía.

El más pequeño de los niños no se daba cuenta de la preocupación de sus padres, pero el mayor a veces percibía lo que sus padres sentían. En esos escasos momentos miraba fijamente a sus padres e intentaba pronunciar algo, pero no lograba articular palabra. Cansados, los padres decidieron no presionarlos más.

Pasaron las semanas, los meses y los años. El mayor tenía 3 años y el menor casi 2. El hogar, que había sido un lugar lleno de risas y anécdotas, comenzó a apagarse. Los niños no hablaban por lo que la madre no tenía con quién conversar. Papá trabajaba gran parte del día así que tampoco él podía aportar con sus palabras. Nació el tercero de los pequeños y sus padres no se cuestionaron si hablaría o no, daban por hecho que sería mudo como sus hermanos. Ahora la cosa se ponía más oscura: los chicos ya no lograban hacerse entender. Sus padres, desgastados con la situación, tampoco intentaban comprenderlos. El silencio comenzó a incomodar a la familia. Los hermanos estaban más sensibles por lo que lloraban constantemente. Cansada, mamá se puso aún más silenciosa. Cuando las cosas parecían no tener vuelta atrás, el mayor de los niños se dio cuenta que tenía que hacer algo. Si nadie hablaba en casa entonces el silencio sería lo único que tendrían. Desesperado, comenzó a gritar “AAAAAAAAAAA”. Su madre lo miró sin entender. Al ver que no tenía respuesta, siguió con la “B”… y así con todo el abecedario. Sorprendida hasta los huesos, la madre no dijo nada, pero empezó a cantar esperando que su hijo se le uniera. Felices, los chicos imitaron a su madre y se pusieron a cantar con ella. No lograron terminar la canción cuando los hermanos mayores comenzaron a hablar como loros parlanchines. Desde ese día, los niños jamás volvieron a ser mudos, es más, nadie recuerda los días de su inagotable silencio. Sus padres los miran y no logran recordar cómo era la vida cuando sus hijos no hablaban. Es que hoy, simplemente no hay quién los haga guardar silencio. Y así, la dulce voz de los chicos ha llenado el hogar del más hermoso sonido y de las risas más contagiosas. Aunque dicen por ahí que las estrellas, siempre tan asiduas al silencio, sólo salen en las noches. Ahí cuidan a los pequeños y los contemplan mientras duermen profunda y silenciosamente.