¿unschool?

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Tengo la imagen idílica de la vida que tanto mi marido como yo queremos entregarle a nuestros hijos. Que sean parte real de la naturaleza, que no tengan necesidad de desprenderse de nada porque jamás se han aferrado al mundo material. Que crezcan en sabiduría, en alma y en corazón. Que sean felices y agradecidos. Que jamás dejen de maravillarse y de sorprenderse. Que disfruten lo sencillo ya que eso es lo valioso. Que no teman caerse ya que tendrán la certeza de poderse levantar. Y, lo más importante, que tengan a Dios presente en sus vidas siempre. Que no conozcan el significado de la palabra soledad porque no estará en ellos darle la espalda a Dios y a nuestra querida Madre Universal.

El cómo llevar a cabo este proyecto es lo que cuesta. Porque tanto mi marido como yo somos adultos. Hemos vivido toda nuestra vida insertos en la gran ciudad o en los parámetros que ésta exige. Nos aferramos a estupideces. Nos molestan tonteras que nos dejan enfrascados en nimiedades. Queremos salir de esa rutina por el bien de nosotros mismos, pero más importante aún, por el bien de los chicos.

Hay muchos planes y sueños que tenemos con respecto a eso. Entre ellos ha aparecido una nueva arista… el famoso “unschooling”. Es algo que en mi mente citadina se me aparece como radical y hasta descabellado. Pero hay un autor que todos quienes siguen esta tendencia citan una y otra vez: John Holt. Jamás se casó ni tuvo hijos, pero dedicó su vida a tratar el tema de la educación y a enseñarle a hijos de otros. Con la experiencia acumulada a través de los años, se dio cuenta que el lugar de los niños no está en los colegios si no que en sus casas, con sus padres. Es ahí donde se debe educar realmente. Pero fue aún más allá. Entendió que los niños, por naturaleza, tienen el instinto y el deseo innato de aprender. Si uno deja a un niño solo, éste aprenderá por si mismo todo lo que tiene que saber. Cuando realmente le interese y tenga una necesidad real de aprender los números, entonces lo hará. Y así sucesivamente con las letras, artes, historia, ciencia, etc. Los padres y el hogar en su totalidad tienen la función de servir de apoyo.

Pues me ha sucedido algo extraño con esto. No lo he hablado con mi marido aún porque me cuesta hilar bien las ideas. Está demasiado fresco. Quizás por lo mismo lo escribo. A pesar de encontrarlo una locura, he tenido la fascinación de leer del tema. Cuando logro romper los esquemas de mi mente, me ha fascinado. Le encuentro sentido. Me gusta. Siento que ahí está parte importante de lo que deseo para mis hijos. Que sean ellos. Que se desarrollen en las áreas que realmente les interesa. Mientras se encaminen hacia el Bien, dejarlos ser y que encuentren su equilibrio y sus pasiones dentro de sí mismos y no coartarlos por medio de un currículum, libros y datos memorizables que más temprano que tarde olvidarán. ¿Qué aprendí realmente del colegio? La verdad, nada. Mis pasiones las desarrollé en la privacidad de mi hogar (básicamente la literatura y todo lo que ella implica y en algún loco momento de auto-terapia me habré tirado para el lado de las artes). Pero no tengo grandes recuerdos de las clases a las que asistí y a las que sobreviví con calificaciones bastante decentes. Si había que estudiar, lo hacía. Eso jamás lo cuestioné. Pero tampoco me pregunté qué estaba aprendiendo de esas largas horas de estudio.

Lo que realmente me aportó el colegio fue darme cobijo y comprensión cuando no los sentía en mi hogar. Me permitió relacionarme con hermosas amistades y con algunos profesores que marcaron la diferencia porque se interesaron en mi como persona y no como alumna. Pero si uno lo piensa objetivamente, no es necesario ir al colegio para tener amigos. Por otro lado, es bastante antinatural encontrar esa necesidad de pertenencia en algún profesor y no en la familia.

¿Y si el día de mañana quieren ir a la universidad? Pues bien, la verdad es que creo en mis hijos. En sus capacidades y en su inteligencia. Si tienen el incentivo, podrán estudiar y tomar los llamados “exámenes libres”. Muchos lo han hecho, no serán mis hijos los primeros. Pero por ahora tengo esa intuición de quererlos dejar libres. Que vuelen donde tengan que volar. Y si algún día quieren aterrizar, ahí estaremos con mi marido para recibirlos y quererlos como siempre lo hemos hecho.

un arcoiris para los volantines

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Y ahora la historia de 5 hermanos, un mes de septiembre al sur del mundo y unos volantines que no encontraban su espacio en un cielo sin lluvia. Es que en Chile septiembre equivale a decir el mes de la patria. Mientras la mayoría de los adultos se desenfrenan comiendo y bebiendo alcohol, los niños participan de folclóricas actividades como bailes nacionales, colorear banderas, cantar cuecas y algunos juegos típicos como lo es encumbrar volantines.

Es aquí donde aparecen los 5 hermanos. Todos pequeños, todos hombres, y todos ansiosos por presenciar por primera vez el vuelo de los volantines. No se sabe bien por qué, pero esta hermosa práctica suele reservarse sólo para el mes de septiembre. ¿Será que el viento juega a favor? ¿Será que los primeros rayos de sol se asoman luego del duro invierno? O, ¿será simplemente que aquello que es especial se reserva para momentos importantes? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que los 5 hermanos sabían que tenían que esperar hasta septiembre para encumbrar volantines y que finalmente septiembre había llegado.

Sí, había llegado septiembre, pero la lluvia no quería irse. Corría el viento perfecto opacado por los cántaros de agua que no cesaban de caer del cielo. Los hermanos miraban por la ventana. Apuntaban sus volantines a su padre y agachaban con tristeza la cabeza cuando su papá les explicaba que no se podían encumbrar volantines con lluvia.

Pasaron los días. Pasaron las semanas. Llovía y llovía como sólo puede llover al sur del sur del mundo. Los niños siempre pegados a la ventana. Sus volantines en sus manos comenzaban a resquebrajarse de tanto que los apretaban. Pero las oscuras nubes no dejaban la ciudad. Llegó Fiestas Patrias. Nadie celebraba. Los adultos no podían hacer sus asados, los niños no podían jugar en los parques y los volantines se deterioraban por falta de uso. Los pequeños dejaron de mirar por la ventana. Ya no corrían en busca de sus volantines. Habían dejado de creer en su vuelo.

Llegó el último día de celebración nacional. El pasto aún guardaba el rocío de la lluvia. Pero el cielo había abierto sus brazos y el sol se asomaba. Un leve viento generaba un baile cantado en las hojas de los árboles.

El papá de los pequeños sonrío. Ahí estaba, el tímido arco iris que despedía a la incesante lluvia. Corrió a despertar a sus hijos y les entregó los volantines. Los niños, entre gritos y risas de alegría, fueron con su papá al jardín. Finalmente. Tomaron sus volantines y los lanzaron con furia hacia el cielo, pero éstos cayeron. Hicieron lo mismo una y otra vez sin éxito.

Los hermanos, cansados de no hallar la solución, fueron llorando donde papá. Al verles su tristeza, el padre decidió intentar algo nuevo. Afiló a los pequeños uno al lado del otro e hizo que con una mano sujetaran el hilo de sus volantines y que con la otra sostuvieran la mano del hermano que tenían al lado. Luego, ¡a correr! Los chicos se movieron con todas sus fuerzas. Poco a poco notaron que el volantín tiraba más y más fuerte. Cuando ya no podían sostenerlo con una sola mano, soltaron a su hermano y dándose vuelta quedaron maravillados. Ahí, en medio de la claridad del cielo estaban los 5 volantines. Bailando al ritmo del viento. Mostrando sus hermosos colores. Perdiéndose con el canto de la alegría de los niños. Pasaron las horas y llegó la noche. Los volantines estaban cansados. Los niños también. Los hermanos pararon el vuelo y dejaron descansar a sus nuevos amigos. Esa noche soñaron con volantines, con el viento y con papá que les susurraba al oído que no olvidaran que los volantines siempre los podrían acompañar cuando se apagara la lluvia y bailara el viento.

más mujer, mejor madre

mary

Me puse a leer un blog y a primera instancia, me sorprendió gratamente. Quien escribe, tiene chispa y, aunque admito que para mi gusto abusa de los garabatos, me agradó su ironía. No comparto con muchas de las ideas que leí en sus escritos, pero me hizo reír y creo que en parte eso es lo que dicha mujer busca con tanta sutileza del doble sentido. Si bien disfruté leyendo sus ocurrencias, algo me quedó dando vuelta. Incluso me llegó a molestar. En una parte habla sobre el tema de ser madre y tener que volver al trabajo después del post natal. Si bien admite extrañar a su hijo y el sentimiento de culpa que puedo entender que tantas madres sienten a la hora de dejar a sus hijos en manos de otras personas, sentí pena por sus palabras. Se nota que ama a su hijo pero cree que será mejor madre al no estar con él todo el día. Cree que será más “mujer” y más plena desarrollándose laboralmente en el área que escogió profesionalmente y que eso, indudablemente, hará que la relación con su hijo sea mejor y que su hijo la ame más porque conocerá a esa chica que ella era antes de tenerlo.

 No estoy diciendo que todas las mujeres deban quedarse en casa y no trabajar. Tampoco creo que la única manera de ser madre es estar con los niños todo el día. Y también entiendo que por diversas situaciones, hay mujeres que simplemente deben volver al trabajo. Lo que me apena de ella y de otras mujeres con las que he intercambiado palabras maternales, es el hecho de que sienten que es una locura quedarse en casa con los hijos. O, tal como dice esta “bloguera”, que son más felices y, por ende, mejores madres, al no tener a sus hijos cerca todo el día.

Cuando estaba esperando a mi primogénito me esmeré en leer cuanto pude para prepararme para el parto. Fui a clases especializadas en el tema, hice ejercicios que me ayudarían para el esperado día, tuve una matrona increíble que se dedica a promover el parto natural y compré cuanto “chiche” se puede encontrar para ayudarme a vivir ese momento. Pues bien, después de 4 hijos nacidos por vía vaginal puedo decir con soltura que el parto es sólo la puerta de partida. Las contracciones, el dolor, la vulnerabilidad y el inevitable quebrarse que implica traer un niño al mundo pasará a segundo (o quizás tercero o cuarto) plano una vez que tengas a tu hijo en brazos. Porque ahora sí que comienza el tango. El bebé no estará protegido en tu vientre. Escucharás sus llantos, sus caídas, sus alegatos de hambre y su desesperación cuando necesita amor. Y si Dios lo permite, ese pequeño irá creciendo. Y si pensabas que la cosa se ponía más fácil con los años, te equivocabas. Porque sus necesidades ahora serán más sofisticadas, tendrá más intereses, preguntará todo, querrá saberlo todo, estará pegado a quienes lo cuidan porque es a ellos a quienes más admira y quiere y de quienes quiere aprenderlo todo. Pero también será más independiente, te desafiará, intentará desobedecerte, pondrá a prueba tus límites.

Ayer estuve cerca de dos horas intentando tener 10 minutos para tomarme un café. No los tuve. Me tomé el café parada mientras andaba tras los chicos para que no se mandarán alguna embarrada (dícese de meterse en el basurero, golpear la lámpara del techo, tirarle la cola al gato, pegarse entre ellos, etc.). No todos los días son así y cuando tocan así tampoco es algo que dure todo el día. Pero habrán momentos en que parece que la locura no va a terminar nunca. En que uno querrá irse a encerrar a algún lado y simplemente dejar que los chicos vivan como monos. A veces uno involucionará y retrocederá a la edad de ellos. Y si algún pequeño está gritando, entonces uno gritará más fuerte para que vean que uno también puede entrar en su lógica. Y habrán días en que uno termina tan cansada, que no sabe cómo llega el momento en que están los niños durmiendo. Cierra los ojos y duda de todo. Duda de si se está haciendo lo correcto, de si se es una buena madre, de si el día de mañana los chicos lograrán encontrar la verdadera felicidad.

Es difícil ser padre. Quizás sea la pega más difícil del mundo. No me puedo imaginar con un desafío más acaparador y aterrador que este. De partida no depende 100% de nosotros ya que los niños son individuos que deben aprender a pensar y a desarrollarse por sí mismos. En segundo lugar, no creo que hagamos algo que nos importe tanto como el amor que tenemos por esos pequeños que pronto crecerán.

Lo que no puedo entender de personas como la escritora en cuestión, es qué les hace pensar que alguien que no sean ellos podrán educar y criar mejor a sus hijos que ellos mismos. ¿Cómo es posible que un extraño o incluso un familiar pueda tener la paciencia y amor de un padre? ¿Por qué le debe corresponder a otro conocer a nuestros hijos mejor que a nosotros mismos? ¿Qué pasa con la crianza cuando no está en manos de los padres? Incluso cuando se tienen personas con gran capacidad para amar a esos niños que no son de ellos, ¿qué genera esto realmente en los hijos? ¿Qué siente un niño cuando pasa gran parte de su día con un tercero que no es ni su padre ni su madre?

Tal como dije al principio, sé que hay madres y/o padres que simplemente deben trabajar. Lo que no justifico es cuando me dicen “es que así soy mejor madre/padre y me desarrollo mejor”. No, trabajar fuera de casa no te hace mejor madre/padre ni tampoco mejor persona. Amar a alguien no es un cuento de hadas. El verdadero amor no se vive en una nube, si no que en la tierra. Y duele y cuesta e implica un gran sacrificio y una entrega. Pero no es un sacrificio que genera arrepentimiento porque es por algo más grande que nosotros mismos. Sólo cuando logramos desprendernos de nosotros y de nuestras necesidades egoístas es que realmente estamos amando al otro. Muchos me han dicho que no viva sólo por mis hijos porque el día de mañana se irán. ¡Espero que así sea! Y que cuando llegue ese día se vayan felices, con la cabeza en alto y paso firme porque aunque jamás tendrán el futuro asegurado, sabrán qué es lo que realmente quieren de la vida y cómo llegar a esa meta. Luego viene la nefasta pregunta: ¿y qué será de tu vida después de eso? Pues mi jubilación. Si Dios nos da salud, seguir deleitándome con mi marido y seguir disfrutando de todo aquello que amo a su lado (dícese de la literatura, el vino, la buena comida, el cine, etc.). Después de todo, seguiré teniendo vida. Pero ahora les doy vuelta la pregunta… ¿qué pasará con esas personas que sólo han vivido para trabajar cuando llegue su jubilación?

 

homeschool concepción

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He hablado en otras ocasiones sobre el homeschool. Aunque con mi marido tenemos la convicción que es lo mejor que le podemos ofrecer a nuestros hijos, surge de vez en cuando el temor… el temor a lo desconocido, el temor frente a la incertidumbre de nuestros familiares, el temor ya que nadie en nuestro entorno ha tomado ni planea tomar esta decisión. En fin, a veces todo parece apuntar hacia el temor. Ese temor constante a veces nos hace flaquear y querer correr. No hemos dudado del camino escogido, pero la mente a veces se encarga de jugarnos malas pasadas y ponernos trabas donde no las existen.

En medio del tumulto de incertidumbres que se nos da al haber tomado la decisión de educar a nuestros hijos en casa, se nos asomó un respiro. Fuimos amablemente recibidos por la Señora Kathleen McCurdy en su casa en Concepción. Como ella misma se denomina, es la “abuela del homeschool en Chile”. Es una señora encantadora. Sólo con la expresión que emanan sus ojos deslumbra con su experiencia. Educó a sus cinco hijos en casa y explica que pocas cosas son tan gratificantes para un padre que ser partícipe de la adquisición de conocimiento de sus hijos.

Pero por ahora no hablaré directamente de la Señora McCurdy. Intuyo que su historia da para escribir varios libros. Quiero plasmar la experiencia y sentimientos que me dejó el encuentro con ella.

Fue como recibir una bocanada de aire que me permite respirar tranquila nuevamente. Un reafirmarme que efectivamente no es una locura. Que educar a los chicos no sólo es lo mejor que podemos hacer, si no que es totalmente asible. Es la tranquilidad de tener frente a mí la voz de la experiencia y que esa experiencia, a pesar de haber tomado cinco desenlaces distintos por los cinco hijos que tuvo, fue simplemente lo mejor para esa familia. Vi en la cara de la señora McCurdy la tranquilidad y la certeza de quien ha hecho lo correcto.

Quedan mil interrogantes. No sé qué ocurrirá mañana. No sé cómo terminará esta historia para mis hijos. Pero es lo natural. Nadie sabe cómo crecerán sus hijos, pero así como hay padres que dan lo mejor por llevar a sus hijos a tal o cual colegio, nosotros nos la jugamos por darles lo mejor posible educándolos en casa. Sé que como a cualquier padre, tendremos mil porrazos. Sé que habrá que ir aprendiendo y mejorando muchas cosas en el camino. Sé que a veces nos equivocaremos y quizás ni nos demos cuenta de nuestros errores. Pero, tal como nos aconsejó hoy la señora McCurdy, lo fascinante será ir “estudiando” y conociendo a nuestros hijos para ir educándolos de acuerdo a sus características individuales. Será un desafío enorme porque Dios sabe cuán distinto es cada niño por muy hermanos que sean. Pero algo en mi corazón me dice que ese ir aprendiendo de los chicos y conociéndolos será la base para tener una hermosa relación con ellos que, con todos sus altos y bajos, los ayudará a ser el tipo de persona que con mi marido aspiramos que sean.

Por ahora me queda rezar para que Cristo y Su madre iluminen nuestro andar como padres. También, agradecer a Dios por el increíble hombre que puso en mi camino para que fuera mi esposo y por los maravillosos hijos que tengo y que día a día me sorprenden. Y aunque a veces no logro entender bien qué hacemos en Concepción, agradezco estar aquí ya que gracias a ello hoy pudimos conocer a una mujer que no sólo educó a sus hijos en casa si no que se dedica a propagar y a ayudar a los padres que tienen ese mismo interés en estos confines del mundo.

Algunos links…

1. La página Web de la Sra. McCurdy: Organización Familia Escolar

2. Una antigua entrada respecto a la decisión de educar en casa: la entrega

¿el síndrome de einstein 2?

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Hace más de un año (específicamente marzo de 2013) escribí sobre el “Síndrome de Einstein” y sobre las características que Benito compartía con los chicos que el autor Thomas Sowell ha denominado “late talkers”. En ese entonces me devoraba la incertidumbre y el temor. Incertidumbre por no tener certeza si mi hijo tenía algún “problema” y temor por no saber si realmente estaba haciendo lo mejor por Benito. Mi marido siempre se mantuvo tranquilo y tenía la certeza que el pequeño hablaría cuando estuviera listo. Pues bien, debo admitir que para mí no era tan obvio y que incluso tenía pesadillas con las innumerables posibilidades de problemas que Google me señalaba que podía tener mi hijo o, en el mejor de los casos, soñaba con su voz imaginaria y despertaba llorando al darme cuenta que lo que había oído no era real.

Pero esa travesía no fue sólo dificultad. Como ya lo he dicho, siempre conté con el apoyo y sabiduría de mi paciente marido. Sus palabras, consuelos y tranquilidad eran mi respiro en los momentos de desesperación. En ese revuelo de emociones también me topé, aunque sólo fuera virtualmente, con otros padres que estaban atravesando por lo mismo. Aunque ni ellos ni yo teníamos respuesta a nada, era reconfortante escucharnos y saber que nuestros hijos no eran los únicos niños que sin padecer ningún trastorno conocido simplemente no hablaban.

El camino que Benito nos ha hecho atravesar como familia ha sido, a lo menos, interesante. Por lo mismo, quise hacer una actualización de cómo ha ido su evolución lingüística. Hoy tiene 4,5 años. Es un niño alegre y cariñoso. Tiene un vasto interés por aprender de todo lo que sus padres le muestren. Para dicha de su madre (y su padre también), tanto a él como a sus hermanos, les encanta la literatura.

¿Y el habla? Pues bien, pasado su 4to cumpleaños (marzo 2014), comenzó a soltar un poco la lengua. Aún está lejos de la norma para un chico de su edad. Pero es un niño que logra decir las cosas que realmente le importan. Habla de manera tranquila, sin presiones ni insistencias. Gracias a los consejos de mi marido, incluso ha desarrollado su propio lenguaje. Para asombro de nosotros, a ratos le da rienda suelta a su lengua y comienza a hablar en su dialecto personal. Sí, obviamente no le entendemos nada de nada. Pero el punto es que veo que se siente tranquilo siendo él. No tiene miedo a manifestarse frente a sus padres al punto de compartir con nosotros su mundo interior.

Finalmente se ha ido el temor y la incertidumbre que alguna vez me devoró. No es un tema si está al día o más atrás que los niños de su edad. Lo importante es que Benito es un niño sano. Después de todo, el fin no es que mis hijos sean iguales a los hijos del vecino. Lo que realmente quiero es que sean felices y que logren desarrollar todo su potencial de acuerdo a quienes son. Logrando eso, el resto viene por añadidura.

Por si a alguien le interesa, dejo el link de la entrada anterior sobre “late talkers” ya que entrega más detalle respecto a las características de estos niños. El link aquí.

el dolor

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Mirando hacia atrás, me doy cuenta que a los adultos les cuesta comunicarse con los niños cuando se trata del dolor. Quizás se deba a que muchas veces a los propios adultos nos cuesta abarcarlo y entenderlo. ¿Cómo le explicamos lo que se nos hace incomprensible a un niño? Con los años me he dado cuenta que uno de los grandes dilemas del dolor es encontrarle sentido. A veces ese sentido escapa a nuestro entendimiento. Ahí es cuando realmente cuesta aceptarlo. Pero si logramos dejarlo en manos de Dios, entonces el dolor siempre tendrá sentido y propósito.

Cuando perdí a mi madre y años después a mi abuelo, quienes me rodeaban trataron, con buen corazón, de consolarme diciéndome, “Dios sabe lo que hace”. No niego que la intención era buena. Pero a mis 10 años lo único que eso logró fue que Cristo se me apareciera como un ser lejano, incomprensible y cruel. ¡Cuán errada estaba! Por eso, he tratado de escribir un cuento pensando en mis hijos. Como madre, le pido a Dios día a día que libre a mis hijos del dolor, pero sea como sea, el dolor es inevitable a la condición humana y espero que cuando a mis hijos les toque sentirlo que no se rebelen ni permitan que la ira los domine. Me la juego porque serán capaces de abrir sus corazones y encontrarle el sentido a su sufrimiento así como Cristo fue capaz de sacrificarse por nosotros.

Pues bien, aquí unas palabras pensando en los hermosos chicos que Dios ha puesto en mi camino…

Benjamín y la Muerte

Benjamín perdió a sus padres un sábado en la tarde. Salieron en coche y nunca más volvieron. Cuando Benjamín supo la noticia, lloró por muchos días. Con el paso del tiempo la pena se transformó en dolor físico. Así, le fue dando paso a la rabia. Benjamín no podía entender por qué le había pasado “eso” a sus padres. No comprendía a la Muerte y la odiaba por eso.

La Muerte miraba a Benjamín desde la distancia y sentía pena por el niño. Por eso, un día se acercó a conversar con él.

“¿Me vienes a llevar a mí también?” le preguntó Benjamín enojado.

“Todavía no,” le contestó la Muerte, “vine a hacerte compañía.”

Benjamín no podía creer que la Muerte estuviera tan cerca de él. Arrebatado, le gritó que se fuera, que no quería su compañía si no la de sus padres. Le exigió a la Muerte que trajera de vuelta a su papá y a su mamá.

“No puedo…” le respondío con tristeza la Muerte. “Una vez que me llevo a alguien no tengo manera de traerlo de vuelta.”

“¿Por qué te llevas a la gente entonces?”

“Porque, desde que nacen, todos los seres vivos se encaminan hacia la muerte. Yo sólo guio un poco su camino cuando ese momento llega. Es algo inevitable. Pero eso no es lo importante, YO no soy lo importante. Lo que importa es lo que viene después.”

“¿Qué viene después?”

“Ahhhh, eso despende de Dios y de los hombres. Quienes han tenido un corazón noble suelen estar muy cerca de Dios. Los demás, aquellos que no han sabido amar, están muy lejos de Él.”

La Muerte y Benjamín hablaron mucho rato. Benjamín fue entendiendo lo que había pasado con sus padres. Pero aún había algo que no podía comprender.

“¿Por qué tuvieron que morir ahora? ¿Por qué no cuando yo fuera grande? ¿Por qué quiso Dios dejarme solo?”

La Muerte se quedó callada un momento. Quería responderle a Benjamín con la verdad.

“Iremos por parte mi querido amigo. Dios no te ha dejado solo.”

Benjamín quiso interrumpir a la Muerte, pero ésta no lo dejó.

“Déjame seguir… no estás solo. Jamás lo has estado y jamás lo estarás. Cuentas con la eterna compañía de Cristo, de la Virgen y, no lo olvides nunca, de tu Ángel de la Guarda. Si te sientes solo es porque no has abierto tu corazón. Dios siempre está ahí cuidándote y esperando a que le abras las puertas de tu interior. Déjalo acercarse y verás como nunca más sabrás lo que es la soledad.”

Benjamín no dijo nada. Sabía que la Muerte tenía razón. Sí, se sentía solo, eso era cierto. Pero por primera vez entendió que no fue Jesús quien lo abandonó, si no que fue él quien apartó a Dios de su vida.

“Pero ¿por qué tengo que pasar por esto? ¿Tan malo he sido que Dios me ha castigado?”

“Benjamín, Dios no te ha castigado. Si bien nadie es perfecto y has cometido tus errores como todos, Dios no está buscando hacerte sufrir en vano. Hay algo que quizás no entiendas ahora, pero te lo trataré de explicar. Tu dolor, como el de tantas personas en el mundo, tiene un sentido. Tu inocencia apagada por tu sufrimiento tiene de por sí el valor de la redención y se une a Cristo en la cruz. Cristo murió por los hombres. Si tú logras usar bien tu dolor, entonces te darás cuenta que puedes hacer mucho bien. Mi pequeño, se te viene un gran desafío, pero si logras aferrarte a Jesús con todas tus fuerzas, verás que saldrás caminando con la cabeza en alto, y, lo más importante, serás una persona feliz que está agradecida del precioso regalo que es la vida.”

“Prefiero volver al pasado y no saber nada de esto.”

“Lo sé. Nadie dice que es fácil. Sólo piensa en esto, lo más bello está en lo más difícil. No te rindas.”

Benjamín agachó la cabeza tratando de esconder sus lágrimas. Cuando volvió a levantar la vista la Muerte se había ido. Quiso enojarse. Quiso seguir sintiendo rabia. Pero de alguna forma ya no encontraba el espacio para esos sentimientos. Recordó las palabras de la Muerte. Era Jesús quien tocaba su puerta. ¿Le abriría? Dudó, no sabía si estaba listo. Pensó en sus padres, en lo que ellos hubiesen querido.

Dios le había dado libertad para que él tomará las decisiones libremente. Era hora de hacer buen uso de ese don. Dejó que Cristo entrara. Nunca más le cerró las puertas. ¿Fue la vida fácil para Benjamín desde ese momento en adelante? No. Fue dura, muy dura. Pero su alma y su corazón estaban en paz porque Benjamín sabía que contaba con el mejor apoyo posible: los brazos de Cristo y de Su madre.

aventura matrimonial

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Creo que demasiadas de nosotras soñábamos con ser princesas. Quizás no todas queríamos llevar corona en nuestras cabezas ni largos vestidos que envolvieran nuestros cuerpos. Pero anhelábamos ser tratadas como tales y encontrar a nuestro príncipe. Y ¿quién era ese príncipe tan anhelado? Pues un andante caballero que nos rescatara de todas nuestras pesadillas, que nos tratara con dulzura y, quizás lo más importante, que hiciera palpitar nuestro corazón a la velocidad de la luz.

Conozco a mi marido hace 9 años. Llevamos 5 años casados. Si Dios lo permite, espero que estos años sean sólo el comienzo de una larga vida juntos. A pesar del corto tiempo, plasmaré aquí algunas cosas que he aprendido en esta aventura matrimonial:

  1. El romanticismo y la dulzura no implican amor. Aunque deben ser pocas las personas que no disfrutan que las traten bien, lo cierto es que la vida no es color de rosa. Cuando más he sentido amor por mi marido ha sido en las ocasiones en que nos comunicamos sin trabas. Es ahí donde uno realmente ve al otro, lo encuentra, lo descubre una y mil veces y se enamora incansablemente de esa persona que tiene en frente.
  2. La otra persona no está a nuestro lado para salvarnos. No se le puede pedir al otro que nos libere de nuestros temores ya que ellos están asociados a nuestro pasado. Es uno mismo quien debe saber salir adelante. El otro puede ser nuestra compañía y apoyo, pero jamás nuestra salvación. Y en cuanto a las cicatrices que inevitablemente quedan, lo mejor que podemos hacer es aceptarlas y aprender a vivir con ellas. Hay cosas del carácter que uno no puede cambiar.
  3. Las palpitaciones aceleradas del corazón y las mariposas estomacales del enamoramiento inicial desaparecen. Pero queda otra cosa. Algo mejor. Queda el acostarse cada noche, mirar a la otra persona y agradecerle a Dios por ponerlo en nuestra vida. Queda la chispa de intentar atrapar el tiempo para que la vida junto al otro sea realmente hasta la eternidad. Queda ese sabor dulce de saber que la vida terrenal no será suficiente para amar al otro.
  4. Habrán momentos de crisis. Surgirá la duda. Uno de los dos, o ambos, querrán marcharse. Dará al impresión que el barco se hundirá. A veces incluso surgirá una atisbo de desesperanza. No habrá ganas de hablar. Se requiere paciencia, mucha paciencia. Distancia del otro y, sobre todo, de uno mismo. Tragarse el orgullo e intentar darle paso a la humildad. Escuchar al otro. Saber callar en el momento oportuno. Confiar en que Dios sabrá guiar a ambos para que nuevamente encuentren el rumbo. De a poco nos iremos acercando al otro hasta que un día, sin darnos cuenta cómo, volveremos a tener la certeza de que esa persona es la mejor persona posible para estar a nuestro lado.
  5. El amor no basta. Más bien, el amor estático no basta. El amor debe estar vivo y fortalecerse. Si bien el amor y el enamoramiento es el peldaño inicial, la vida matrimonial requiere trabajo y esfuerzo. La clave del amor en todo esto, es que cuando realmente se ama, hay una entrega, un salirse de uno mismo por el otro. Y eso hace que el otro sea nuestro incentivo para ser mejores personas, para trabajar en nuestros defectos y alimentar nuestras virtudes. Pero lo hermoso es que no lo hacemos por nosotros mismos, ese acto se hace simplemente por amor. Y habiendo dicho lo anterior, no puedo dejar de mencionar que cada día amo más a mi marido.
  6. No olvidarse de jugar. Por muy cliché que suene, todos llevamos un niño dentro. Y quienes no lo conozcan, entonces les recomiendo encontrarlo porque la vida sin ese(a) pequeño(a) es bastante lúgubre y sombría. Algunas de las cosas que más disfrutamos con mi marido es jugar: ya sea desde compartir nuestra pasión por el vino hasta jugar con los chicos y sus (¿o debería decir nuestros?) legos. Simplemente dejar que lo lúdico rompa la rutina de la vida “adulta”.
  7. Para terminar: la única manera de ser buenos padres es siendo buenos esposos. Lamentablemente he conocido algunos matrimonios que dejaron que los hijos fueran lo único que los unía. Se olvidaron del otro. Si el matrimonio flaquea, entonces la familia se desmorona. Por eso, ha sido fundamental conocer nuestros límites. Saber que no porque amamos a nuestros hijos, debemos permitir que nos arrebaten nuestra vida matrimonial. Al final del día, y por mucho que duela, los hijos deben emprender su rumbo. Lo que queda de esa agridulce partida es el matrimonio. Como dice el poeta K. Gibran:

“Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.”

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