¿unschool?

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Tengo la imagen idílica de la vida que tanto mi marido como yo queremos entregarle a nuestros hijos. Que sean parte real de la naturaleza, que no tengan necesidad de desprenderse de nada porque jamás se han aferrado al mundo material. Que crezcan en sabiduría, en alma y en corazón. Que sean felices y agradecidos. Que jamás dejen de maravillarse y de sorprenderse. Que disfruten lo sencillo ya que eso es lo valioso. Que no teman caerse ya que tendrán la certeza de poderse levantar. Y, lo más importante, que tengan a Dios presente en sus vidas siempre. Que no conozcan el significado de la palabra soledad porque no estará en ellos darle la espalda a Dios y a nuestra querida Madre Universal.

El cómo llevar a cabo este proyecto es lo que cuesta. Porque tanto mi marido como yo somos adultos. Hemos vivido toda nuestra vida insertos en la gran ciudad o en los parámetros que ésta exige. Nos aferramos a estupideces. Nos molestan tonteras que nos dejan enfrascados en nimiedades. Queremos salir de esa rutina por el bien de nosotros mismos, pero más importante aún, por el bien de los chicos.

Hay muchos planes y sueños que tenemos con respecto a eso. Entre ellos ha aparecido una nueva arista… el famoso “unschooling”. Es algo que en mi mente citadina se me aparece como radical y hasta descabellado. Pero hay un autor que todos quienes siguen esta tendencia citan una y otra vez: John Holt. Jamás se casó ni tuvo hijos, pero dedicó su vida a tratar el tema de la educación y a enseñarle a hijos de otros. Con la experiencia acumulada a través de los años, se dio cuenta que el lugar de los niños no está en los colegios si no que en sus casas, con sus padres. Es ahí donde se debe educar realmente. Pero fue aún más allá. Entendió que los niños, por naturaleza, tienen el instinto y el deseo innato de aprender. Si uno deja a un niño solo, éste aprenderá por si mismo todo lo que tiene que saber. Cuando realmente le interese y tenga una necesidad real de aprender los números, entonces lo hará. Y así sucesivamente con las letras, artes, historia, ciencia, etc. Los padres y el hogar en su totalidad tienen la función de servir de apoyo.

Pues me ha sucedido algo extraño con esto. No lo he hablado con mi marido aún porque me cuesta hilar bien las ideas. Está demasiado fresco. Quizás por lo mismo lo escribo. A pesar de encontrarlo una locura, he tenido la fascinación de leer del tema. Cuando logro romper los esquemas de mi mente, me ha fascinado. Le encuentro sentido. Me gusta. Siento que ahí está parte importante de lo que deseo para mis hijos. Que sean ellos. Que se desarrollen en las áreas que realmente les interesa. Mientras se encaminen hacia el Bien, dejarlos ser y que encuentren su equilibrio y sus pasiones dentro de sí mismos y no coartarlos por medio de un currículum, libros y datos memorizables que más temprano que tarde olvidarán. ¿Qué aprendí realmente del colegio? La verdad, nada. Mis pasiones las desarrollé en la privacidad de mi hogar (básicamente la literatura y todo lo que ella implica y en algún loco momento de auto-terapia me habré tirado para el lado de las artes). Pero no tengo grandes recuerdos de las clases a las que asistí y a las que sobreviví con calificaciones bastante decentes. Si había que estudiar, lo hacía. Eso jamás lo cuestioné. Pero tampoco me pregunté qué estaba aprendiendo de esas largas horas de estudio.

Lo que realmente me aportó el colegio fue darme cobijo y comprensión cuando no los sentía en mi hogar. Me permitió relacionarme con hermosas amistades y con algunos profesores que marcaron la diferencia porque se interesaron en mi como persona y no como alumna. Pero si uno lo piensa objetivamente, no es necesario ir al colegio para tener amigos. Por otro lado, es bastante antinatural encontrar esa necesidad de pertenencia en algún profesor y no en la familia.

¿Y si el día de mañana quieren ir a la universidad? Pues bien, la verdad es que creo en mis hijos. En sus capacidades y en su inteligencia. Si tienen el incentivo, podrán estudiar y tomar los llamados “exámenes libres”. Muchos lo han hecho, no serán mis hijos los primeros. Pero por ahora tengo esa intuición de quererlos dejar libres. Que vuelen donde tengan que volar. Y si algún día quieren aterrizar, ahí estaremos con mi marido para recibirlos y quererlos como siempre lo hemos hecho.

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