el dolor

jesus

Mirando hacia atrás, me doy cuenta que a los adultos les cuesta comunicarse con los niños cuando se trata del dolor. Quizás se deba a que muchas veces a los propios adultos nos cuesta abarcarlo y entenderlo. ¿Cómo le explicamos lo que se nos hace incomprensible a un niño? Con los años me he dado cuenta que uno de los grandes dilemas del dolor es encontrarle sentido. A veces ese sentido escapa a nuestro entendimiento. Ahí es cuando realmente cuesta aceptarlo. Pero si logramos dejarlo en manos de Dios, entonces el dolor siempre tendrá sentido y propósito.

Cuando perdí a mi madre y años después a mi abuelo, quienes me rodeaban trataron, con buen corazón, de consolarme diciéndome, “Dios sabe lo que hace”. No niego que la intención era buena. Pero a mis 10 años lo único que eso logró fue que Cristo se me apareciera como un ser lejano, incomprensible y cruel. ¡Cuán errada estaba! Por eso, he tratado de escribir un cuento pensando en mis hijos. Como madre, le pido a Dios día a día que libre a mis hijos del dolor, pero sea como sea, el dolor es inevitable a la condición humana y espero que cuando a mis hijos les toque sentirlo que no se rebelen ni permitan que la ira los domine. Me la juego porque serán capaces de abrir sus corazones y encontrarle el sentido a su sufrimiento así como Cristo fue capaz de sacrificarse por nosotros.

Pues bien, aquí unas palabras pensando en los hermosos chicos que Dios ha puesto en mi camino…

Benjamín y la Muerte

Benjamín perdió a sus padres un sábado en la tarde. Salieron en coche y nunca más volvieron. Cuando Benjamín supo la noticia, lloró por muchos días. Con el paso del tiempo la pena se transformó en dolor físico. Así, le fue dando paso a la rabia. Benjamín no podía entender por qué le había pasado “eso” a sus padres. No comprendía a la Muerte y la odiaba por eso.

La Muerte miraba a Benjamín desde la distancia y sentía pena por el niño. Por eso, un día se acercó a conversar con él.

“¿Me vienes a llevar a mí también?” le preguntó Benjamín enojado.

“Todavía no,” le contestó la Muerte, “vine a hacerte compañía.”

Benjamín no podía creer que la Muerte estuviera tan cerca de él. Arrebatado, le gritó que se fuera, que no quería su compañía si no la de sus padres. Le exigió a la Muerte que trajera de vuelta a su papá y a su mamá.

“No puedo…” le respondío con tristeza la Muerte. “Una vez que me llevo a alguien no tengo manera de traerlo de vuelta.”

“¿Por qué te llevas a la gente entonces?”

“Porque, desde que nacen, todos los seres vivos se encaminan hacia la muerte. Yo sólo guio un poco su camino cuando ese momento llega. Es algo inevitable. Pero eso no es lo importante, YO no soy lo importante. Lo que importa es lo que viene después.”

“¿Qué viene después?”

“Ahhhh, eso despende de Dios y de los hombres. Quienes han tenido un corazón noble suelen estar muy cerca de Dios. Los demás, aquellos que no han sabido amar, están muy lejos de Él.”

La Muerte y Benjamín hablaron mucho rato. Benjamín fue entendiendo lo que había pasado con sus padres. Pero aún había algo que no podía comprender.

“¿Por qué tuvieron que morir ahora? ¿Por qué no cuando yo fuera grande? ¿Por qué quiso Dios dejarme solo?”

La Muerte se quedó callada un momento. Quería responderle a Benjamín con la verdad.

“Iremos por parte mi querido amigo. Dios no te ha dejado solo.”

Benjamín quiso interrumpir a la Muerte, pero ésta no lo dejó.

“Déjame seguir… no estás solo. Jamás lo has estado y jamás lo estarás. Cuentas con la eterna compañía de Cristo, de la Virgen y, no lo olvides nunca, de tu Ángel de la Guarda. Si te sientes solo es porque no has abierto tu corazón. Dios siempre está ahí cuidándote y esperando a que le abras las puertas de tu interior. Déjalo acercarse y verás como nunca más sabrás lo que es la soledad.”

Benjamín no dijo nada. Sabía que la Muerte tenía razón. Sí, se sentía solo, eso era cierto. Pero por primera vez entendió que no fue Jesús quien lo abandonó, si no que fue él quien apartó a Dios de su vida.

“Pero ¿por qué tengo que pasar por esto? ¿Tan malo he sido que Dios me ha castigado?”

“Benjamín, Dios no te ha castigado. Si bien nadie es perfecto y has cometido tus errores como todos, Dios no está buscando hacerte sufrir en vano. Hay algo que quizás no entiendas ahora, pero te lo trataré de explicar. Tu dolor, como el de tantas personas en el mundo, tiene un sentido. Tu inocencia apagada por tu sufrimiento tiene de por sí el valor de la redención y se une a Cristo en la cruz. Cristo murió por los hombres. Si tú logras usar bien tu dolor, entonces te darás cuenta que puedes hacer mucho bien. Mi pequeño, se te viene un gran desafío, pero si logras aferrarte a Jesús con todas tus fuerzas, verás que saldrás caminando con la cabeza en alto, y, lo más importante, serás una persona feliz que está agradecida del precioso regalo que es la vida.”

“Prefiero volver al pasado y no saber nada de esto.”

“Lo sé. Nadie dice que es fácil. Sólo piensa en esto, lo más bello está en lo más difícil. No te rindas.”

Benjamín agachó la cabeza tratando de esconder sus lágrimas. Cuando volvió a levantar la vista la Muerte se había ido. Quiso enojarse. Quiso seguir sintiendo rabia. Pero de alguna forma ya no encontraba el espacio para esos sentimientos. Recordó las palabras de la Muerte. Era Jesús quien tocaba su puerta. ¿Le abriría? Dudó, no sabía si estaba listo. Pensó en sus padres, en lo que ellos hubiesen querido.

Dios le había dado libertad para que él tomará las decisiones libremente. Era hora de hacer buen uso de ese don. Dejó que Cristo entrara. Nunca más le cerró las puertas. ¿Fue la vida fácil para Benjamín desde ese momento en adelante? No. Fue dura, muy dura. Pero su alma y su corazón estaban en paz porque Benjamín sabía que contaba con el mejor apoyo posible: los brazos de Cristo y de Su madre.

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