aventura matrimonial

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Creo que demasiadas de nosotras soñábamos con ser princesas. Quizás no todas queríamos llevar corona en nuestras cabezas ni largos vestidos que envolvieran nuestros cuerpos. Pero anhelábamos ser tratadas como tales y encontrar a nuestro príncipe. Y ¿quién era ese príncipe tan anhelado? Pues un andante caballero que nos rescatara de todas nuestras pesadillas, que nos tratara con dulzura y, quizás lo más importante, que hiciera palpitar nuestro corazón a la velocidad de la luz.

Conozco a mi marido hace 9 años. Llevamos 5 años casados. Si Dios lo permite, espero que estos años sean sólo el comienzo de una larga vida juntos. A pesar del corto tiempo, plasmaré aquí algunas cosas que he aprendido en esta aventura matrimonial:

  1. El romanticismo y la dulzura no implican amor. Aunque deben ser pocas las personas que no disfrutan que las traten bien, lo cierto es que la vida no es color de rosa. Cuando más he sentido amor por mi marido ha sido en las ocasiones en que nos comunicamos sin trabas. Es ahí donde uno realmente ve al otro, lo encuentra, lo descubre una y mil veces y se enamora incansablemente de esa persona que tiene en frente.
  2. La otra persona no está a nuestro lado para salvarnos. No se le puede pedir al otro que nos libere de nuestros temores ya que ellos están asociados a nuestro pasado. Es uno mismo quien debe saber salir adelante. El otro puede ser nuestra compañía y apoyo, pero jamás nuestra salvación. Y en cuanto a las cicatrices que inevitablemente quedan, lo mejor que podemos hacer es aceptarlas y aprender a vivir con ellas. Hay cosas del carácter que uno no puede cambiar.
  3. Las palpitaciones aceleradas del corazón y las mariposas estomacales del enamoramiento inicial desaparecen. Pero queda otra cosa. Algo mejor. Queda el acostarse cada noche, mirar a la otra persona y agradecerle a Dios por ponerlo en nuestra vida. Queda la chispa de intentar atrapar el tiempo para que la vida junto al otro sea realmente hasta la eternidad. Queda ese sabor dulce de saber que la vida terrenal no será suficiente para amar al otro.
  4. Habrán momentos de crisis. Surgirá la duda. Uno de los dos, o ambos, querrán marcharse. Dará al impresión que el barco se hundirá. A veces incluso surgirá una atisbo de desesperanza. No habrá ganas de hablar. Se requiere paciencia, mucha paciencia. Distancia del otro y, sobre todo, de uno mismo. Tragarse el orgullo e intentar darle paso a la humildad. Escuchar al otro. Saber callar en el momento oportuno. Confiar en que Dios sabrá guiar a ambos para que nuevamente encuentren el rumbo. De a poco nos iremos acercando al otro hasta que un día, sin darnos cuenta cómo, volveremos a tener la certeza de que esa persona es la mejor persona posible para estar a nuestro lado.
  5. El amor no basta. Más bien, el amor estático no basta. El amor debe estar vivo y fortalecerse. Si bien el amor y el enamoramiento es el peldaño inicial, la vida matrimonial requiere trabajo y esfuerzo. La clave del amor en todo esto, es que cuando realmente se ama, hay una entrega, un salirse de uno mismo por el otro. Y eso hace que el otro sea nuestro incentivo para ser mejores personas, para trabajar en nuestros defectos y alimentar nuestras virtudes. Pero lo hermoso es que no lo hacemos por nosotros mismos, ese acto se hace simplemente por amor. Y habiendo dicho lo anterior, no puedo dejar de mencionar que cada día amo más a mi marido.
  6. No olvidarse de jugar. Por muy cliché que suene, todos llevamos un niño dentro. Y quienes no lo conozcan, entonces les recomiendo encontrarlo porque la vida sin ese(a) pequeño(a) es bastante lúgubre y sombría. Algunas de las cosas que más disfrutamos con mi marido es jugar: ya sea desde compartir nuestra pasión por el vino hasta jugar con los chicos y sus (¿o debería decir nuestros?) legos. Simplemente dejar que lo lúdico rompa la rutina de la vida “adulta”.
  7. Para terminar: la única manera de ser buenos padres es siendo buenos esposos. Lamentablemente he conocido algunos matrimonios que dejaron que los hijos fueran lo único que los unía. Se olvidaron del otro. Si el matrimonio flaquea, entonces la familia se desmorona. Por eso, ha sido fundamental conocer nuestros límites. Saber que no porque amamos a nuestros hijos, debemos permitir que nos arrebaten nuestra vida matrimonial. Al final del día, y por mucho que duela, los hijos deben emprender su rumbo. Lo que queda de esa agridulce partida es el matrimonio. Como dice el poeta K. Gibran:

“Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.”

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1 Comment (+add yours?)

  1. blogpensa
    Aug 10, 2014 @ 10:26:18

    No hay mejor manera de ver la vida! Me encanta 😉

    Reply

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