arrebatos

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Los niños requieren atención de sus padres. Todos los días. Todo el día. Son unas pequeñas máquinas insaciables que sólo logran estar en paz cuando reciben todo el amor y el cuidado que sus pequeños cuerpos demandan. Por decirlo lisa y llanamente: la demanda en estos casos es infinita. Y los amo por eso. Amo que al más mínimo problema sientan que su madre es su refugio, que cuando algo les duele un beso mío puede sanarlo casi todo. Me encanta acurrucarlos en mis brazos y sentir sus corazones latiendo fuerte contra el mío cuando los abrazo.

Pero tengo un solo problema: son cuatro. Cuatro chicos que necesitan que su madre les preste toda la atención del mundo. Cuatro pequeños que no están dispuestos aún a entender que el mundo no gira en torno a ellos. Por eso, a veces enloquezco. Y ellos también. Por razones humanamente obvias no puedo cumplir con todas sus exigencias. Por razones humanamente entendibles ellos no logran captar eso y se frustran. Para liberar esa frustración, se ponen violentamente destructivos. Comienzan a volar los juguetes. Los empujones se ponen más fuertes y las lágrimas caen cual cascada de sus ojos. Debo admitir que mi temperamento no ayuda mucho. Soy arrebatada. Impulsiva. Iracunda e irritable. Mala combinación para estar criando y educando niños. O al menos eso creen algunos. La verdad es que aunque trato de controlarme, ser así también me ayuda a entenderlos más a ellos. No olvidemos que los niños son en gran parte emoción, así que al menos puedo sentir cierto grado de empatía aún cuando estoy pegando el grito al cielo.

Pero volviendo al tema de la demanda infinita de los niños, con mi marido tratamos de brindarles atención personalizada a nuestros pequeños y valiosos clientes. Dentro de lo que podemos, cada cierto tiempo, al menos uno de los dos está a solas con alguno de los chicos. Hace unos días Javier salió con Benito y Francisco. Pío dormía su siesta por lo que, como pocas veces, me quedé en casa sola con Agustín.

Agustín es la alegría del hogar. Tiene unos ojos chispeantes que cautivan a cualquiera. Su sonrisa emula a un rayo de sol y tiene un corazón enorme. Es el más expresivo y cariñoso de los chicos. Donde vaya anda pendiente de buscar flores para regalármelas. Si no encuentra flores, es capaz de traerme pasto o piedras. Lo que sea, con tal de obsequiarle amor a su mamá. Pero para equilibrar las cosas, esa misma intensidad de ternura que tiene, también la tiene para ser arrebatado, desobediente, travieso e impaciente. Me he dado cuenta que últimamente está pidiendo más atención y al no obtenerla con facilidad, abundan las intensidades negativas. Es un desafió enorme que se me ha presentado. Por un lado, quiero que Benito avance en sus deseos de ir aprendiendo, pero, por otro lado, no quiero que Agustín (y los demás pequeños) sienta que nadie le presta atención. El dilema es que no le puedo pedir a Agustín que se interese por las mismas cosas que Benito. ¿Qué se hace? Actividades distintas. De acuerdo, pero en la práctica me he percatado que al ser tan pequeños, necesitan supervisión continua, y no es tan fácil guiar actividades paralelas sin que uno de los dos se desconcentre y quiera meter las manos en lo que está haciendo su hermano.

De más está decir que traté de sacarle provecho a los valiosos minutos que tuve para estar a solas con Agustín. Sacamos papel y témpera para dedos. Traté de presentarle los colores primarios (siendo el rojo su favorito) y luego lo dejé que él guiara el barco. Me pedía, con su clásica impaciencia, que le pintara las manitos una y otra vez. Y lo vi disfrutar. Se deleitaba no sólo por lo que sus manos iban creando si no que también porque hace mucho tiempo que no lograba tener mi atención en un 100%. De hecho, cuando llegó Francisco, inmediatamente le cambió el carácter y volvió a ser Agustín el destrozón.

Dicen que todos los días se aprende algo nuevo en la vida. No sé si es tan literal, pero claramente aquí hay una lección. Una tarea pendiente que tenemos con mi marido. No nos podemos dejar estar. Los chicos necesitan tiempo a solas con sus padres y, de alguna forma, nos las tenemos que ingeniar para darles eso. Creo que los pros de tener una familia numerosa son superiores a los pros de tener una pequeña. Pero como todos sabemos, la vida no es perfecta. Como padres lo único que realmente tratamos cada día, es de darles lo mejor a nuestros hijos. Lamentablemente a veces lo que tenemos para dar no es lo más apropiado, pero confiamos en que Dios nos sabrá ir iluminando para que al menos les quede en algún remoto rincón de sus recuerdos el sentimiento de que todo lo que hicimos siempre fue con amor.

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