días de sol

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No me gusta el verano. La sensación de calor simplemente no va conmigo. Extrañamente tampoco soy buena para arroparme. Se me hace macabro que el vestuario me quite movilidad. Prefiero pasar frío. De acuerdo, no seamos exagerados, no estoy hablando ni de morir calcinada ni de hipotermia… simplemente me refiero a un verano e invierno cualquiera.

En mi ideal, Concepción tiene el clima perfecto. Inviernos largos y lluviosos que invitan a la introspección, al silencio, a leer y a escribir. Pero lo cierto es que hoy, gracias a Dios, mi vida no sólo vale por mí si no que vale por esos cuatro porotos que me siguen a todas partes. Y claro, ahí el clima penquista no es de mucha ayuda. Los niños están demasiados meses encerrados mirando con ansias cuando salen los pocos rayos de sol invernal para jugar en el jardín. Para colmo, la humedad siempre está presente para apagar cualquier intento de fiesta exterior.

Así queda en evidencia la alegría de mis chicos cuando llega el verano. Días de parques, plazas, jardín y agua. Embarrarse, correr y gritar libremente… está bien, seré sincera una vez más, no todo es jauja en verano. Hay más días de los que quisiera admitir en que el sol brilla y los chicos no están de lo más entretenidos. Pero si uno tiene paciencia y disposición se puede hacer mucho. Y como quiero intentar revertir en algo mi rechazo a estos días de verano, trataré de sacar provecho del sol y dedicaré algunas entradas a hablar sobre las actividades que los niños han podido hacer gracias a este caluroso clima.

Por ahora me limitaré a escribir sobre el agua. No conozco niño que no le guste jugar con ella y en esta casa mis hijos no son una excepción. No tenemos piscina, así que los chicos calmaron el calor con un par de envases de helados vacíos que llenaron del tan preciado líquido. ¡Partió la entretención! Los chicos estuvieron más de dos horas lavando sus juguetes (creían estar en un servicio de lavados de automóviles), hicieron moldes de tierra, regaron las plantas y se salpicaron agua entre ellos. Tuvieron una tarde increíble. Fue tanto así, que aunque siempre me mantengo cerca, no pidieron estar con su mamá en todo ese tiempo. Una bendición, ¿no?

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