eficiencia

leche

No sé si habrá una ocupación tan poco eficiente como la de ser madre. Sólo imaginemos una escena de la rutina diario: levantarse. Desde que soy madre he tenido que olvidarme de los días en los que me demoraba 30 minutos en la ducha y entre 45 minutos y 1 hora en vestirme. Sí, me preocupaba de cada detalle. Del maquillaje, del acné, del color de mi pelo y de esos miles de millones de vellos indeseados con los que tantas mujeres tenemos que luchar a diario. Pues bien, adiós a mi rutina. En 15 minutos estoy duchada y vestida. A esas alturas ya escucho a mis chicos dando vueltas en sus cunas. Jugando, alegando, hablando en su idioma. Corro al primer piso (de acuerdo, mentira, no corro, pero intento no demorarme tanto) y mientras tomo desayuno parada voy preparando el de los nenes. Finalmente tengo dos mamaderas más el desayuno de Benito y un bocadillo para Agustín. Subo triunfante. Al ser el más pequeño, voy a ver primero a Francisco. Giro a manilla de la puerta y ¡¡puff! me llega de sopetón todo el olor a su humanidad inferior. Levanto las cortinas, abro la ventana y saco al bebé rápidamente. Lo apoyo en el mudador y comienza a llorar. Quiere su mamadera. No la quiere en 5 minutos más, tampoco en 1 minuto más. No, la quiere, es más, la necesita con todo su ser en ese preciso instante (extrañamente cuando estaba solo en su dormitorio jugaba feliz en la cuna). De acuerdo, le paso la mamadera mientras lo mudo. ¡Horror! Está cocido. Debo quitarle la leche (llantos despiadados se escuchan por todo el vecindario) y meterle el trasero en el agua. Finalmente, volvemos al mudador y lo puedo vestir mientras él succiona con ímpetu su mamadera. Dejo a mi hermoso hijo encima de una alfombra en el piso y voy a ver a Benito y Agustín. Entro sonriente, porque sí, amo ver a mis hijos. Pero mi sonrisa se desvanece a medida que mi nariz comienza a absorber lo que hay a su alrededor. Toco el pijama de Benito y está empapado con orina. Me acerco a Agustín y emana fuertes olores. Aguanto la respiración y raudamente abro la ventana. Asomo la cabeza al exterior y respiro profunda y largamente. Los chicos me miran… tienen hambre. De acuerdo, les cambio el pañal lo más rápido que puedo y finalmente pueden saborear su desayuno (y mi nariz vuelve a respirar con normalidad). Los visto y preparo un bolso con mudas. Estamos por bajar las escaleras cuando algo vuelve a llamar la atención de mi desgastada nariz. Quiero creer que el olfato me está jugando una mala pasada, que mi mente comienza a imaginar cosas. Pero el aroma es demasiado evidente. Ahora es el turno de Benito. Dejo mis bolsos y corro una vez más al mudador. Finalmente todo parece estar en orden. Bajamos las escaleras y cerramos la casa. En “sólo” 2 horas logro tener a los chicos arriba del auto listos para disfrutar el día. Ahhh qué delicia los recuerdos de aquellos días en que salir de la casa era tan sencillo como tomar la cartera. Pero mientras recorro la ciudad con mis tres fieles compañeros de viaje debo admitir que no cambiaría ni un minuto de la vida que tengo con ellos por nada. Hay días en que me canso, en que el sueño y esta enorme panza que me va creciendo me juegan malas pasadas y mi estado de ánimo flaquea, pero aún así hay algo que no logro olvidar jamás: amo a mis hijos y sólo junto a ellos logro ser quien soy: su madre.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: