había una vez un niño que no quería crecer

takababy

Para mi querido esposo Javier por su inagotable fe. Un especial agradecidimento a la lejana y siempre recordada ¡Melissa! 🙂

Había una vez un niño que no quería crecer. Un día cualquiera decidió que siempre quería ser un bebé. Por más que su mamá se esforzaba por hacerlo cambiar, el niño no era capaz de dejar de lado la mamadera y no quería desprenderse de sus pañales. Cuando le tocaba comer, con dificultad lograba masticar los alimentos y, para qué pensarlo si quiera, se rehusaba a alimentarse solo. Aunque entendía todo lo que sus padres le decían, no quería usar palabras, se comunicaba igual que los bebés: mediante sonidos y llantos. Cuando creía que nadie lo miraba, jugaba, hacía puzles, armaba y desarmaba sus juguetes; pero faltaba que notara la presencia de otra persona y lloraba frustrado dando a entender que no sabía cómo hacer nada solo. Mamá y papá ya no sabían qué hacer. Muchos les dijeron que le faltaba estar con otros niños de su edad, pero cuando lo intentaron por un tiempo, eso tampoco logró tener efecto. El niño interactuaba y jugaba con los demás pero su actitud permaneció exactamente igual. Otros les dijeron que lo ignoraran cuando actuara como bebé, y los padres, un poco al borde de la locura, también lo intentaron. Lo único que lograron con eso fue aumentar aún más los llantos del niño pero no consiguieron que cambiara su actitud ni un ápice.

Mamá y papá ya no sabían qué más hacer. Lo llevaron donde los mejores doctores, pero nadie encontraba nada inusual en el chico. Finalmente, papá decidió sacar el barco de cartón que había pintado con su hijo y se hicieron a la mar. Navegaron sin rumbo alguno, en silencio. En eso se apareció una gaviota y se acercó a los navegantes. Se posó en el hombre de papá y le susurró lo que nadie más que el niño sabía: “el pequeño no quiere crecer”, le dijo, “lo escuché un día mientras jugaba cerca de la ventana de su dormitorio”. Papá estaba asombrado. Jamás imaginó que el “problema” del niño fuese ese. “Pero, ¿por qué?” le preguntó papá al pájaro, pero ya era demasiado tarde, el ave se había marchado volando. Luego de algunos días, decidieron volver a tierra. Papá le contó a mamá lo que la gaviota le había dicho. Ambos pensaron en la situación y luego mamá dijo, “Debes emprender otro viaje con el niño, esta vez, vete volando como el ave, quizás ahí vuelvas a encontrar a la gaviota y te dé más respuestas”.

Papá, que quería mucho a mamá y siempre escuchaba lo que ella le decidía, le hizo caso. Preparó la nave espacial de plástico y se metió en ella con el niño. Accionaron el botón apropiado y comenzó la cuenta regresiva. 3,2,1 ¡Despegue! El niño no podía creer lo rápido que iban. Estaba fascinado con la nave espacial. Subieron cada vez más alto en el cielo. Repentinamente, papá se dio cuenta que en su nerviosismo había apretado demasiado el acelerador. Desde la ventana veía que la gaviota había quedado abajo. ¿Cómo regresarían ahora? Era demasiado tarde para pensar en eso. El cohete estaba saliendo de la órbita para adentrarse en el espacio. “¡Wow!” dijo papá mientras el niño pensaba lo mismo. Jamás habían visto un cielo tan negro y estrellado. Papá pensó parar en la luna para descansar un rato, pero el niño le indicó con su mano que siguieran un poco más lejos. Quería llegar a Marte. Papá decidió complacerlo y volaron durante muchas horas hasta llegar al destino. Se pusieron su traje espacial, sus cascos y sus botas y se bajaron en el planeta. Jugaron una tarde entera, pocas veces el niño había estado tan feliz en su vida. Cansado de tanta acción, se tiró en la rojiza tierra y rápidamente se quedó dormido. Papá se sentó a su lado, esperando que se despertara para que pudieran emprender el regreso a casa. En eso, apareció una extraña criatura. Papá jamás había visto algo así.

“Pero si es mi niño favorito de todo el planeta Tierra”.

“¿Quién eres tú?”, preguntó asustado papá.

“Soy el marciano. Bajo en las noches terrestres a jugar con el niño mientras está en su cuna. ¿Cómo va con su complot de no querer crecer?”

“¿Tú también lo sabes? Pero ¿cómo? Con nosotros no habla”.

“Por supuesto que no hablará con ustedes, de eso se trata el plan. Una noche, mientras lo visitaba, se veía triste. El pregunté qué le pasaba y me dijo que al parecer sus padres ya no lo querían porque lo habían regañado mucho ese día. Cuando le pregunté por qué había pasado eso me dijo que fue por ser el hermano mayor. En mi astucia e inteligencia marciana le di la solución a todos sus problemas: le expliqué que entonces no debía crecer. Si permanecía como un bebé y dejaba que todos sus hermanos crecieran, entonces siempre sería el más pequeño y mamá y papá siempre lo querrían.”

Papá, con paciencia infinita, le explicó al marcianito lo equivocado que estaba. Por supuesto que al ser el mayor el niño tenía obligaciones que sus hermanos pequeños, por su edad, no tenían, pero eso también le permitía tener privilegios que los demás niños no tenían. En una familia terrestre, cada persona tenía su rol respectivo. El marcianito escuchaba atento y mientras papá más hablaba más comprendía su confusión. ¡Debía remediar esta terrible situación de una vez!. Le dio las gracias a papá por toda la explicación y le prometió que haría todo lo posible por revertir el error. Pensativo, el marcianito se marchó a su hogar y el niño comenzó a despertar de su siesta. Papá y niño volvieron a casa. Mamá los abrazó y los mimo durante todo el día, es que simplemente los había extrañado demasiado. Papá no le dijo nada a mamá de la conversación con el marcianito, pero sí le explicó que sentía que el viaje había sido muy provechoso. Esa noche, mientras mamá dormía, papá caminó hacia la habitación del niño. Acercó su oído a la puerta y escuchó murmullos. Sabía que el marcianito había venido. Se fue a acostar feliz y a la mañana siguiente fue el primero en levantarse. Corrió a la habitación de su hijo y lo tomó en brazos.

“¡Buenos días papá!” gritó el pequeño.

“Buenos días hijo,” respondió el padre feliz.

Mamá que escuchaba todo desde su dormitorio no podía borrar la sonrisa de su rostro mientras escuchaba, incrédula, cómo el niño hablaba con su padre y comenzaba a comer por sí solo el delicioso sándwich que su padre le había preparado para el desayuno.

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