aventura en pañales

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Después de más de un año de planificación y tratando de que todas las aristas se alineen de manera correcta (para que al final nos diéramos cuenta que nunca encajarán todas las piezas por lo que o tomábamos la decisión o la dejábamos pasar), en marzo comenzaremos nuestra aventura.

Nos despedimos de la vida que siempre hemos tenido y nos embarcaremos con los cinco chicos a recorrer por tierra nuestro país y, quizás, otros lugares. En medio, sigue viento en popa el tema de educar en casa. Por lo que dicen los entendidos cambiamos el concepto de “homeschool” por el de “road school”.

Siguen dando vueltas las incertidumbres y temores de lo que hemos decidido hacer. ¿Qué haremos cuando se enfermen los chicos? ¿Cómo lavaremos la ropa de siete personas? ¿Cómo seguiremos con el aspecto más formal de la educación de los niños? ¿Cómo es dormir en la mitad de la nada? Y, no menos importante, ¿cuál es la sensación de, literalmente, tirar con nuestro auto nuestro nuevo hogar? A fin de cuentas, ¿cómo es vivir sin tener un lugar fijo donde llegar?

A pesar de lo anterior, creemos en lo maravilloso de esta experiencia para los chicos, para nosotros como matrimonio, y para todos como familia. Hemos leído innumerables testimonios de familias que lo hacen o que lo han hecho. Los beneficios son absurdos. Conocer otros lugares, otras realidades, relacionarse con personas de toda índole, disfrutar realmente de la naturaleza en su totalidad. Sentir que cada día es uno totalmente distinto al anterior. Aprender a vivir de manera más simple y valorar lo importante opacando lo nimio. Atreverse a ir hacia lo desconocido. Ser capaz de salir de diversas e impensables dificultades. Poder hacer todo eso, juntos, como familia… simplemente es una bendición y un regalo que no somos capaces de dejar escapar.

Algunas personas que nos quieren han manifestado sus propios fantasmas intentando demostrarnos que lo que queremos hacer es una absurdo:

  1. “¡Los asaltarán!” Como si el riesgo de ser asaltado no existiera más en las grandes ciudades que en las afueras… y, también tomemos en consideración que dentro de lo posible tomaremos las medidas para quedarnos en lugares denominados “seguros”.
  2. ¿Qué harán si los chicos se enferman? Aunque como padres esto siempre es una preocupación (pensemos en esos botiquines absurdamente gigantes que preparamos cuando vamos de vacaciones con los chicos), haremos lo mismo que hacemos acá. Cuidarlos, darles medicamente cuando lo requieran y, en última instancia si la cosa no anda bien, llevarlos a urgencia o pedir hora a algún doctor si el tema no requiere atención inmediata. Aunque la familia nos trata de visitar y ayudar cuando pueden, lo cierto es que en el día a día nos hemos tenido que batir solos. Y así como en otras ocasiones los cinco peques se han enfermado y hemos tenido que llevarlos al doctor, lo mismo será ahora. Obvio que está la incertidumbre dado que estaremos en lugares menos familiares, pero no olvidemos que la gente se enferma en todo el mundo. Salvo que sea una enfermedad catastrófica, creo que simplemente hay que atreverse.
  3. “¿Y la educación de los chicos?” Pues ya encontraremos una “rutina”. Pero saquémosle provecho al tema de que se están educando en casa.
  4. “No los veremos.” Creo que ahí la gente se equivoca. Quizás hasta nos veamos más. La diferencia será en que el lugar de encuentro irá cambiando. Un beneficio para todos ¿no?
  5. “¿De qué vivirán?” Sin ahondar en detalles, espero que al menos entiendan que nosotros, más que nadie, tomamos en consideración que nos corresponde cuidar, educar y amar a cinco niños. Si no tuviéramos el tema del dinero medianamente cubierto para darles el cuidado necesario a los chicos (y digo medianamente porque uno puede perder hasta un trabajo convencional de nueve a cinco) no haríamos esto.
  6. ¿De qué sirvió todo el esfuerzo que hicieron para llegar hasta donde están? Hay algo que los economistas llaman el “costo hundido”. Pues esto es algo así. Lo sacrificado hacia atrás o el esfuerzo por llegar hasta lo de hoy, es algo del pasado. No podemos aferrarnos a eso para tomar decisiones sobre el futuro. De manera complementaria, también se puede decir que, por muy cliché que suene, todo lo que hicimos nos ayudó a madurar y darle vida a esta decisión y a este nuevo proyecto (que de pasada nos tiene absurdamente emocionados y ansiosos).

Aunque como tantos nos han dicho, no va a ser perfecto (nada lo es). Lo cierto es que curiosamente el desafío más grande para darle vida a este proyecto no ha sido el proyecto en sí, si no el tener que afrontar los obstáculos que nos han dado algunas de nuestras personas cercanas. Varios nos han apoyado y se han alegrado por nosotros, pero son los menos. Si bien entendemos que es su manera de manifestar el amor y preocupación que nos tienen a nosotros y a los niños, también ha sido difícil asumir que nuestra felicidad se ve opacada ante los ojos de algunos de los que nos importan.

Después de muchas conversaciones entre nosotros y con Dios, tomamos una decisión. Si ustedes tuvieran la oportunidad de vivir uno de sus sueños, ¿lo hacen o lo dejan ir por los temores o lo poco convencional que pueda ser?

la muerte

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La muerte. Me golpeó la cara a los diez años. Mi primer recuerdo de tenerla cerca fue a los nueve cuando tuve una vaga intuición de que la gente se moría y me dio pánico pensar que existía la remota posibilidad de quedarme sola en el mundo. Benito tiene 5 años y desde que estaba en el vientre que le vengo hablando de la muerte. Hace ya un tiempo que ya no soy yo la que habla del tema si no que él me pregunta a mí. A ratos notaba que sopesaba lo que era que alguien muriera y lo veía acongojado. Para Pascua les ponemos videos a los chicos sobre la muerte y resurrección de Cristo y Benito hace un par de años que lagrimea con las imágenes.

Hace unas dos semanas murió una perrita que vivía en la cuadra. Era una perra callejera, no pertenecía a ninguna casa, pero, de alguna forma, parecía que el barrio entero se preocupaba de ella: le daban comida y agua. Le construyeron una casa y hace poco incluso le habían remodelado esa casa con pintura y frazadas nuevas. Las veces en que salía a caminar con los chicos, el animalito nos acompañaba como si fuera nuestra mascota.

Cuando Benito supo de su muerte se quedó mirando en silencio y luego, como un grito incontrolable, se lanzó a llorar con toda su pequeña y hermosa humanidad. Entendió que jamás vería a la perrita de nuevo. Mi marido intentó explicarle que era normal sentir dolor cuando moría un ser al que le teníamos cariño. Lo trató de consolar diciéndole que aún estaba nuestro gatito para que lo cuidara y que tratara de recordar los momentos bellos vividos con la perrita. Pensé que Benito estaría con desazón un tiempo y lo encontré válido y sano.

Pero el fallecimiento de la perrita abrió la puerta de la materialidad de la muerte. La muerte dejó de ser algo abstracto y Benito pudo verla a la cara. La perrita ya no esta aquí. Cada vez que Benito sale a caminar ve la casa vacía del animal y recuerda que murió. También entendió que mi madre murió cuando yo era niña y, lo que es más, comprendió que yo, su madre, también puedo morir. Un día se aferró a mí llorando diciéndome que me iba a morir. Y sí, le dije, me iba a morir… y él también, al igual que todos los seres vivos.

¿Por qué me he empecinado en que la muerte esté presente en la vida de mis hijos? No es por un afán morboso ni sádico, es más bien porque los amo:

  1. Cristo falleció en la cruz. Por amor Jesucristo se sacrificó y murió. ¿Dolió? Por supuesto que sí, es cosa de ver las llagas en Su cuerpo y la sangre brotando de Su frente. Y su madre, la Virgen María, con una espada atravesando su corazón. Pero Cristo vence a la muerte y ahí está la esperanza. Si permitimos que Cristo esté en nuestras vidas y nos aferramos a la infinita misericordia de Dios, todos tenemos la posibilidad de salvarnos. Ese mensaje quiero que les quede grabado a mis hijos: en su mente pero, más importante aún, en su corazón.
  2. La muerte es algo natural y no quiero que los tome de sorpresa. A todos nos tocará irnos de este mundo. El día en que alguno de mis hijos se tope con la muerte de un ser querido quiero que sufran todo lo que tengan que sufrir, pero también quiero que se levanten y que no le cierren las puertas a Cristo por estar atravesando un dolor que, si no es bien explicado, puede ser incomprensible.
  3. Como he dicho, mi madre falleció antes que mis hijos pudieran conocerla. Quiero que sin verla la conozcan y recen por ella. Y así, que también recen por todas las personas que quieren.

Hay culturas en que la muerte se presenta como algo obvio. De donde vengo yo, no es así. Es algo tabú. A los niños no se les habla de “esas cosas”. Sin divinizar la muerte, creo que lo más sano es hablar de ella. Así como muchos padres se han dado cuenta que es bueno hablarles (prudentemente) a los hijos respecto a la sexualidad y el respeto al cuerpo, creo que también es necesario que nuestros hijos sepan que la muerte llega: a grandes y pequeños también. No podemos librar a nuestros hijos del sufrimiento, lo único que podemos hacer es prepararlos de la mejor manera posible para afrontarlo.

es que a mi hijo le gusta el jardín…

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De acuerdo. Lo entiendo. Queremos ver a nuestros hijos felices. Queremos que tengan una infancia idílica. Queremos que nada les duela. Los queremos ver reír, jugar y vivir una vida sin preocupaciones. Sí, habría que ser una bestia para no desear eso para los hijos.

Me he topado con más de un padre o madre a quien, al decirle que nuestra opción es la educación en casa, para las antenas y dispara, casi atacando, diciendo que ellos jamás podrían hacer eso porque sus hijos aman el jardín infantil (pre-kínder o kínder). Y en cierta forma, lo entiendo. Yo también quiero ver a mis hijos felices. También deseo darles lo mejor del universo. Y sí, su felicidad es mi meta última en cuanto a ser madre se refiere. Pues bien. Habiendo aclarado eso, ¿de dónde sacan los padres que los hijos tienen la capacidad de elegir lo mejor? Si mi hijo cree que es entretenido empujar a su hermano por la escalera, ¿lo dejaré hacerlo? O si cree que no hay nada que lo haga más feliz que saltar de un camarote al otro, ¿también lo permitiré? Los niños son niños. Por supuesto que son personas dignas de todo el respeto del mundo. Merecen ser amadas y valoradas como cualquier otro ser humano. Pero son niños. No les podemos pedir a ellos que elijan lo mejor. No es justo para ellos. Los niños merecen vivir su niñez de manera pura. Y para ello necesitan de sus padres. Son los padres quienes deben elegir lo mejor para sus hijos. Es lo que los padres, como padres deben hacer y es lo que los hijos, como hijos, desean. No sé si les ha tocado conocer a niños o adultos que en su niñez no tuvieron límites. Personas a las que les fue permitido hacer lo que quisieran. La verdad, el panorama no es muy prometedor. Generalmente son personas con falta de autoestima, carentes de cariño, buscando satisfacer ese vacío en los peores lugares.

Nuestros hijos nos necesitan. Aunque se enojen, nos “disparen” con sus armas invisibles, griten o pataleen, lo cierto es que se sienten seguros cuando les ponemos límites. Los niños tienen la necesidad de saber que sus padres o cuidadores saben lo que están haciendo y que les pueden brindar la seguridad y el soporte emocional que ellos no son capaces de darse por sí mismos debido a lo pequeños que son.

No estoy diciendo que el homeschool sea para todos. Pero no me vengan con la excusa de que no pueden optar por esa opción porque sus hijos disfrutan ir al jardín infantil o al colegio. Dejemos que los niños sean niños. Resguardemos su inocencia y su seguridad. Permitámosle apoyarse 100% en sus padres y darles la tranquilidad de que aunque a veces no estén de lo más contentos que sientan la certeza de que efectivamente los padres están haciendo lo mejor por ellos. Ya tendrán la madurez para tomar sus propias decisiones, mientras tanto, no les tiremos más carga de la que les corresponde.

soñar

Hay algo peligroso en el amor incondicional entre una madre y su hijo. Cuando conocemos a los nuestros, vamos descubriendo sus virtudes, aquello que los mueve, sus pasiones. Pero también somos cómplices de sus carencias. Como madre, me esfuerzo en que mis hijos sean cada día mejores personas. Que luchen por abandonar sus defectos y que se realicen en los dones que Dios les ha dado.

El camino, aunque hermoso, carece de facilidad. Como en toda relación, a la vez que voy conociendo a los míos, ellos también me van descubriendo a mí. Son los que están a mi lado las 24 horas. Me observan en mis mejores y en mis peores momentos. Conocen lo bueno y lo malo que hay en mí. Frente a ellos no puedo usar máscaras ya que de usarlas sería tan absurdo como intentar esconderme de mi misma. Me han visto actuar con mi mayor fortaleza, pero también en los instantes más vulnerables.

Falta darnos un respiro. No por cansancio hacia el otro, no por aburrimiento, no por desazón. Si no, simplemente, por una necesidad lúdica. No puedo contentarme con dejarlos ser. Son mis hijos. Soy su madre. Si el rol de una madre no es educar y guiar a sus hijos, entonces creo estarme perdiendo en un ininteligible laberinto. Si alguno de mis hijos no cree en sí, entonces yo creeré por él a tal punto, que mantendré la esperanza que eventualmente él también creerá. Y si se cae, le tenderé la mano. Y si quiere cerrarme la puerta, la golpearé con tal fuerza que si no la abre, la derrumbo. Porque no estoy dispuesta a rendirme ante ninguno de ellos. Los amo y en ese amor lo que más aspiro es que estén cerca de Dios. Teniéndolo a Él no les faltará nada. Pero en esa batalla por su felicidad, a veces hay que saber detenerse. Dedicarse a la contemplación del momento, del otro y de los demás. Dejarse llevar aunque sea unos instantes por los sentimientos. Hablar. Volverse a reencontrar. Abrazarse. Mirar las nubes e imaginarse historias. Soñar.

educar en casa: la opción ausente en la actual reforma educacional

il_340x270.719458582_qj6tEsta es la primera entrada que escribimos con mi marido. No sé si vendrán otras a futuro, pero me alegra que la primera sea respecto a un tema que aborda a toda la familia: la educación de los hijos.

Muchas veces creemos que ante problemas de fondo su solución es directamente proporcional a la magnitud de aquellos. En el caso de la educación, si bien hay bemoles en lo que se ha planteado y discutido hasta la saciedad, lo cierto es que prevalece en el ciudadano medio y ante todo en los padres que la mejora de la educación es una labor tan grande y difícil de realizar que el pesimismo e incluso conformismo son frecuentes de escuchar en conversaciones de sobremesa. Por ejemplo: la educación es muy costosa, pero es lo mejor que podemos dar a nuestros hijos. Este modo de afrontar la educación de los hijos es anteponer a la respuesta que se busca otro problema ajeno al problema original, ya que lo urgente no es lo mismo que lo importante. ¿Qué es más importante? Que seamos propiamente padres y madres, lo cual incluye asumir el compromiso de su educación. De lo contrario, es propio asumir que no queremos ser padres, ya sea porque privilegiamos más nuestra carrera profesional, el pago de deudas, los intereses personales, etc. O, como tanto ocurre en nuestra sociedad, dejamos la educación en manos de niñeras. Ser padre y madre no es un trabajo o una actividad que tiene fecha de término y por la cual se recibe una remuneración. Porque se es padre y madre somos primaria y propiamente educadores de nuestra extensión más íntima: nuestros hijos.

Pues bien, qué pasa si ante esos mismos padres les planteamos el hecho que sí es factible educar en casa. No me extrañaría que la argumentación insista en anteponer lo urgente por sobre lo importante. La necesidad de los cónyuges de recibir ingresos, el deseo del niño o niña de ir al colegio, el capricho de algunas madres o padres de simplemente tener unas horas solos, la imposibilidad de saber todas las materias que les imparten a los niños en colegio, la falta de infraestructura, la supuesta poca sociabilización, y un largo etcétera que sintetizo en la siguiente pregunta: ¿qué tanto aman a sus hijos? El amor implica donar, o mejor dicho, donarse por quienes amamos. Educar implica un acto de amor. Y eso incluye también reconocer que somos limitados, que efectivamente no podemos saberlo todo. Más aún, educar no tiene que ver con cuánto sabemos, sino para qué educamos. Los grandes maestros no son quienes ostentan la erudición, sino quienes saben encaminar, encauzar nuestras vidas. ¿No es lo más propio que un hijo pida consejo a sus padres antes situaciones importantes? Creo, honestamente, que la pregunta que planteo incide en mirarse a uno mismo –o mejor aún, mirarse en el esposo(a)- y experimentar el miedo, el saber que educar es una tarea tan importante que muchos no se sienten capaz de realizarlo. ¿No es acaso similar lo que experimentamos cuando estamos prontos a contraer matrimonio?: ¿nos amaremos todos los días del mismo modo que ahora?, ¿qué pasará con la relación ante el nacimiento de nuestro primer hijo?, ¿cómo lo voy a cuidar?, ¿qué debo hacer? La humildad se cruza con la gratuidad de los hijos que se nos han dado como base propicia para reconocer la natural inclinación que debe surgir de todo padre y madre por educar a sus propios hijos. Educar es acoger con disposición solícita, reconociendo quiénes somos, pero dispuestos a darnos por completo.

Pero el mundo no piensa así, ni tampoco fomenta este tipo de reflexiones. En efecto, la concepción moderna en la cual vivimos, marcadamente instrumentalista, nos ha hecho creer que los hijos deben entrar lo más tempranamente posible al mundo en el cual se irán a desenvolver. Nuevamente, lo urgente por sobre lo importante. Los tiempos se articulan de tal manera que urge por mandar a nuestros hijos fuera del hogar. Cuál una confusa idea de un proceso entendido como progreso. ¿Cuánto tiempo destinamos a nuestra familia, a nuestros hijos de los 7 días de la semana? Paradójicamente el tiempo que dedicamos a nuestras tareas profesionales es inversamente proporcional al tiempo dedicado a nuestros seres más queridos.

Que los hombres seamos seres sociales, para vivir unos con otros, que necesitemos de otros para desarrollarnos, no implica que la preparación y formación sea ajena al hogar. Al contrario, la familia es el primer núcleo social, y por ello mismo, el punto de partida debe estar en el hogar y luego, como consecuencia de lo primero, se producirá de manera gradual la natural inserción en círculos más amplios. La familia es parte de la sociedad y no una realidad ajena a ella. Educar en casa es cuestionar al mundo en el que vivimos y fomentar que las actividades se adecuen a quienes somos y no al revés.

En verdad, educar en casa no es una reforma, ni tampoco una revolución en la educación. Creo que no hay caso feliz de una revolución que llegó a feliz término. Es lo que desde tiempos previos al modelo formal de educación que conocemos se hizo en quienes buscaron educar a sus hijos. De entre los muchos casos, dos interesante y hoy casi olvidados que vale la pena recordar: Marcela Paz, quien fue durante varios años educada en casa por tutores, y el segundo caso, Tomás Moro quien educó a sus hijos.

¿Qué relación hay entre Marcela Paz y Tomás Moro? Muy simple, educar en casa es un fenómeno amplio, de vasto alcance, universal, tal como lo es la familia. En tiempos donde el discurso se ha centrado en debates desgastados, ideológicamente parciales, donde el peligro de una uniformidad amenaza la sana singularidad de cada núcleo familiar, es bueno escuchar a la historia y preguntarnos qué tan dispuestos estamos como padres a asumir el desafío de educar a nuestros hijos. El problema no está en la institución llamada “colegio”, sino en la institución llamada “familia”. La crisis de la educación es en el fondo una crisis de la familia.

Probablemente, no todas las familias puedan cumplir con el tiempo, ambiente y el apoyo para llevar a cabo dicha tarea. Pese a ello, es una opción que ya varias familias a lo largo de Chile de manera silenciosa han iniciado, apelando a lo más simple: ser padre y madre.

feliz cumpleaños

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Querido Benito:

Hoy cumples cinco años. Un 5 de marzo de 2010 a las 9:45 a.m. me hiciste mamá. Llegaste al mundo lentamente pero sin llanto. Cansado tú y cansados tus padres. Recuerdo haberme perdido en tus brillantes ojitos de marciano. Por todo eso, no puedo hacer menos que darte las gracias.

Gracias por inundar cada rincón de mi corazón con tu amor, con tus abrazos y tus besos. Gracias por no dejarme abatir pues cada vez que estoy de mal humor o cansada te acercas y diciéndome “MaJupiter…” me traes de vuelta a lo importante. Gracias por enseñarme el significado de ser madre y por guiarme en las numerosas ocasiones en que me he equivocado como mamá. Gracias por permitir que tu padre y yo seamos niños de nuevo. Gracias por enseñarme que a las personas se les ama por lo que son y no por lo que uno quisiera que fueran. Gracias por mostrarme que los parámetros de lo normal no implican nada y que lo importante es la felicidad de las personas. Gracias por salirte del molde y asustarme por eso, pues debido a ello tuve que aprender a conocerte y pude darme cuenta de la magnífica persona que eres.

Gracias por tu paciencia infinita y por tu enorme capacidad de amar. Cada vez que ha llegado un hermano a casa tú, a tu corta edad, has asumido a la perfección el rol de hermano mayor. Cuidando no sólo al recién nacido, si no que a todos tus hermanos. Les has dado amor, cariño y les has enseñado cuando ellos así lo han necesitado.

Gracias por las infinitas veces en que me has perdonado. Me he caído una y mil veces en la tarea más importante y valiosa de todas: ser madre. Y tú, con tu amor inmensurable, siempre me has acogido en tus brazos pequeñitos y me has sabido perdonar cuando así te lo he pedido. Aunque puedo pasar la vida entera agradeciéndote, para terminar, te pido disculpas por todas las veces en que he fallado sin darme cuenta de mi error. Te quiero con más fuerza de lo que las palabras pueden decir. Con tu llegada al mundo cambiaste mi condición de solitaria para siempre. Por eso, siempre estaré agradecida.

Feliz cumpleaños mi niño hermoso.

Te quiere siempre,

MamáJupiter

cinco hijos…

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1, 2, 3, 4 y 5. Sí, tengo cinco hijos. Cinco hijos HOMBRES. No, ninguna mujer, todos hombres. Ya he escrito en otras ocasiones sobre el tema, pero es que realmente sorprende el descaro de las personas. Sé que no es común encontrar familias con más de 1 ó 2 hijos. Sé que es aún más extraño tener cinco hijos y que todos sean del mismo sexo. Sí, sé que todo eso es extraño, muy MUY extraño. Pues bien, eso no da derecho alguno a los comentarios, preguntas y expresiones faciales de ciertas personas. Hay algo que se llama sentido común y ese sentido común nos dice que a las personas hay que tratarlas con respeto. Esto de las listas está de moda, así que escribiré la mía. Aquí va, las 7 atrocidades más grandes que me han dicho por estar casada y tener cinco maravillosos niñitos.

  1. “¡Uyyyy! ¿Cuándo llega la niñita?” o “El sexto seguro que es mujer”.

Vamos por partes. ¿Quién le da derecho a desconocidos para opinar respecto al sexo de mis hijos? ¿Son menos persona por ser todos hombres? ¿Los quiero menos? Y, ¿qué pasa si NO estoy buscando una niñita? Siendo sincera, no me puedo imaginar mi vida con otra fémina en mi casa. Estoy acostumbrada a la dinámica varonil y sólo pensar en una mujer se me hace, bueno, algo bizarro. Además, ¿quién dice que voy a tener otro hijo? Eso es algo que se discute entre mi marido y yo… a puerta cerrada.

  1. “¡Pero si son tantos y tan chicos! Me saco el sombrero.”

Lo sé, tener hijos no es fácil. Más aún cuando se les quiere educar y enseñar todo en casa. Pero ¿a qué va eso de sacarse el sombrero? ¿Acaso es un sacrificio tener hijos? No soy masoquista. Si fuera tan terrible criar niños como dice la gente, entonces nadie se estaría reproduciendo. Por supuesto que la dinámica es distinta cuando se tiene un hijo a cuando se tienen cinco. Pero dudo que uno sea más “fácil” que el otro. Gracias a Dios tengo a todos mis hijos sanos (cosa que lamentablemente muchas familias no pueden afirmar). Y, por si fuera poco, a medida que se van teniendo más hijos, la cosa se va haciendo más fácil (porque uno adquiere más experiencia y porque los mismos chicos se van acostumbrando a tener más hermanos y ayudan en lo que pueden).

  1. “¿Se estaban cuidando?” O “¿Alguno llegó sin que lo buscaran?” O, peor aún, “¿Conocen los métodos anticonceptivos?”

¡¿Enserio?! Estamos hablando de COMPLETOS DESCONOCIDOS haciendo estas aberrantes preguntas. En primer lugar, SÍ estábamos conscientes de la alta posibilidad de embarazo cuando quedamos esperando a cada uno de nuestros hijos… y si no fuera así, pues tampoco corresponde que responda a esa estupidez. Como “multípara” que soy, suelo andar con varios si no todos mis hijos cuando salgo. ¿Cómo se tienen que sentir los chicos cuando escuchan semejantes pavadas? ¿Culpables de ser tantos? ¿Culpables de haber nacido?

Y sí, conozco los métodos anticonceptivos disponibles. Pero, si no los conociera, ¿voy a dejar que un extraño me explique de qué se tratan?

A veces creo que las personas simplemente no piensan lo que dicen.

  1. “A ti te tocan y quedas embarazada.”

¿Qué tengo que decir ante eso? ¿Acaso las personas creen que uno es una máquina de reproducción? Incluso se siente algo sucio, como si esas personas se metieran a la cama con mi marido y conmigo. No hay respuesta ante esa estupidez. Sí, Dios nos brindó el hermoso regalo de la fertilidad. Sé que hay muchas personas que luchan día a día con la esperanza de tener un hijo. Pero no porque tenga cinco hijos mis embarazos o yo valemos menos. La espera de cada uno de los chicos fue una experiencia única y, a su manera, maravillosa. No me vengan a hablar de mis embarazos como si por ser muchos pasan a ser nimiedades.

  1. “¿Cuántos hijos quieren tener?”

No tengo la respuesta a eso. Cuando me casé con mi marido no nos pusimos un número determinado de hijos como quien se puede proponer una meta. Hemos dejado que Dios nos vaya guiando y queremos que eso siga siendo así. En todo caso, volviendo a lo del sentido común, ¿por qué tengo que planificar mi familia con desconocidos?

  1. “Bueno, así terminas la tarea más rápido.”

Como si tener hijos fuera tan nefasto que necesito un premio de consuelo. Si supieran cuánto me aterro cada vez que me golpea el paso del tiempo y veo cuánto han crecido mis hijos. No quiero que termine rápido la “tarea”. Al contrario, quiero vivirla y disfrutarla al máximo. El día de mañana espero que mis hijos tengan la autonomía para hacer su vida por sí solos, pero eso no quiere decir que cada vez que piense en ese día no se me haga un nudo en la garganta.

  1. “Da lo mismo cuántos hijos uno tenga. Al final, uno siempre queda sola.”

Lo lamento. Realmente siento lástima por las personas que piensan o viven así.

No tengo hijos para que sean mis compañeros. Sé que llegará un día en que se irán y harán su vida de manera independiente. Es más, espero que así sea. Ahora si la relación con tus hijos es tan mala que sientes un abandono absoluto de parte de ellos, pues bien, quizás no quieran tu compañía porque no se supo alimentar el amor entre los padres y los hijos de manera apropiada. Cuando los hijos son indiferentes o, peor aún, rechazan a sus padres, es que algo pasó que llevó a esa situación. Si algo así me llegara a pasar, espero tener el coraje de afrontar mi responsabilidad frente a ese hecho.

Esos son algunos de los comentarios más increíbles que me han dicho. Quizás hayan más dando vueltas en el tintero pero no puedo recordarlos. Pero como no toda esperanza en la humanidad está perdida, también hay hermosas palabras que he recibido respecto al sentido de la familia que ya tendré tiempo de transcribir.

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